Las expectativas eran muy altas después de que Hollywood sufriera unos graves incendios hace pocos meses, que hicieron tambalearse la viabilidad de la edición de este año, pero sobre todo ante los primeros Oscars bajo el terror Trump. Y se ha notado. Solo dos excepciones han roto un silencio vergonzoso sobre la nueva situación política en los Estados Unidos de América. Darryl Hanna pidiendo ayuda para Ucrania y el triunfo de No Other Land, que ha permitido ver sobre el escenario a un palestino (no de Gaza) y un judío pidiendo el fin del genocidio. El resto ha sido un poco menos divertido que otras veces, tal vez por la imposibilidad de hacer bromas sobre según qué. Sintomático el silencio sobre los dos protagonistas nominados de The Apprentice, película perfecta para aplicar aquello del ‘eso no se toca’ que decía aquél. En Hollywood hay mucho judío y mucho demócrata, y ahora mismo eso no se conjuga muy bien, y porque por encima de ellos han aparecido unos payasos en la farándula mediática con un poder devastador mucho peor que el incendio que sufrieron en Los Ángeles.
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