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Derian Passaglia, escritor rosarino: «La experiencia es algo que se construye con la imaginación»

“De la guantera del Torino, Archie Reiton sacó una edición vieja de la revista Picante. Era del año anterior, del verano anterior, y los bordes ajados, las hojas dobladas y húmedas, el descolorido de las bikinis y las tangas fluorescentes le hacían acordar lo vieja que era la revista, y que solo él sabía que estaba ahí». Así empieza Chicos de la calle (Blatt & Ríos), segunda novela del escritor rosarino Derian Passaglia después de El alma de las colinas (Blatt & Ríos), sobre un grupo de jóvenes poetas que parten en busca de Juan L. Ortiz a través de los paisajes entrerrianos.

Derian Passaglia es autor de Chicos de la calle  (Blatt & Ríos). Foto: gentileza.

Chicos de la calle transcurre en Harlem, aunque sus personajes, vinculados a la venta de droga en su barrio, son argentinos. Podrían ser de Buenos Aires o Rosario. Passaglia es docente de Lengua y Literatura en los primeros años del secundario, para chicos de 12 y 13 años con quienes comparte cuentos de Mariana Enriquez y otras lecturas, y de quienes dice aprender y sorprenderse a cada paso.

–¿Y algunas de esas cosas las tomás para lo que vas escribiendo?

–Sí, completamente. Antes era más reacio. Ahora me voy soltando mucho más en ese sentido, antes separaba en forma no muy natural el trabajo de lo que escribía, no quería que se “contaminaran” los textos. Después me fui abriendo un poco, vivo la mayor parte de mi vida en las aulas desde hace diez años, es mi trabajo, a veces sueño con que tengo que aprobar a los chicos. ¿Cómo no va a penetrar eso en lo que estoy escribiendo?

Inspiración

Passaglia dice a Clarín que se guia en gran medida por los nombres para la creación de sus personajes. Archie Reiton está tomado de una marca de ropa infantil en su ciudad de origen, Rosario.Tribilín, como llamó a una chica trans, surgió de “un reel en Instagram de una transexual que se llamaba así”.

En la misma línea de nombres involuntariamente asociados a la historia del cómic, Rico salió de uno de los personajes del libro En busca de respeto. Vendiendo crack en Harlem (Siglo XXI) del antropólogo Philippe Bourgois, que sirvió como gran fuente de inspiración para Chicos de la calle. “Para escribir me sirvió mucho ese libro”, cuenta.

“Es genial. El tipo vive en uno de los barrios chetos de Nueva York; está fascinado porque unas cuadras más allá empieza el Harlem. Con su familia -la esposa y una beba recién nacida- se va a vivir al Harlem, porque quiere estudiar a los negros de la zona. Ese libro me fascinó, me encantó cómo describe el auto; es antropología, pero parece una novela”, expresa, y cuenta que, para escribirlo, Bourgois se fue a vivir a uno de los edificios de convivencia, con el fin de recopilar testimonios de distintos latinos.

–¿Cómo fue trabajar con los límites entre la realidad y lo imaginado?

–En definitiva, se trata de una novela; una construcción imaginaria. Por más que a veces querramos meternos en el libro, pensar que esto le pasó a tal persona, a tal personaje conocido, está construyendo un sentimiento, está construyendo algo. Y para lograrlo hay que generar una distancia elaborada, que se construye mediante palabras. Mi intención en parte era que esta construcción estuviese a la vista, porque existen otros libros sobre esta misma temática, los chicos de la calle. Yo saqué el título de la novela de (Pier Paolo) Pasolini, Ragazzi di vita, (Chicos de la vida), que fue traducido como Muchachos de la calle y como Chavales del arroyo. A mí me gustaba el primero. Buscaba un título genérico, algo poético: son chicos de la calle, y listo.

–¿La idea era generalizar el tema, tomarlo de una manera universal?

–Son chicos, tanto en Harlem como en Rosario, no hay tantas diferencias. En definitiva, es el mismo sistema, la misma forma. Lo que cambia es el escenario, pero en todos los lugares del mundo esto se da de la misma manera. Quise universalizarlo y a la vez mostrar un poco que es ficticio: escribir sobre chicos de la calle es lo más real que puede haber en materia de literatura realista, más allá de las ramas autobiográficas. Si la intención es representar al menos en parte lo social está este tópico, que es muy común. Yo pensaba también en (Charles) Dickens, un escritor que me encanta. Él creó el género de “chicos de la calle”, en alguna medida. Mientras escribía estudiaba el tema mentalmente y pensaba ‘Ah, viene de Dickens, Passolini, y ahora de César González, también, que está de moda’. Los que escriben sobre chicos en la calle siempre son realistas, intentan mostrar algo que está pasando en la realidad. Y bueno, yo no. Simplemente, me gusta la literatura. Si bien veo lo que pasa: a los 14 años volviendo a mi casa vi a un tipo degollado. Pero no quiero mostrar eso de una manera directa, sino de una forma que tenga que ver con la literatura.

–¿Existe como una obligación moral, de alguna manera? ¿Que no se produce con otros temas?

–Sí, creo que es así. Por un lado, algo moral, una posición que asume el escritor: ‘yo estoy denunciando algo, yo estoy llevándoles a ustedes, lectores, algo que no vieron o de lo que no tienen ni idea’. A mí no me interesa la posición de escritor; soy un pibe que lee, escribe y nada más. No estoy de acuerdo con quienes dicen ‘Mirá, mi libro no es ficción, no es literatura, no lo construí. Es la realidad, es lo que pasa’. No es así, vos lo construiste, estuviste ahí no sé cuántos años, cuantos meses.

–¿Se podría decir que la idea Chicos de la calle surgió de un libro de otra región y se mezcló con la historia local de la que tenías ganas de hablar?

–Todo lo que escribo surge de otros libros. Intento ver siempre la experiencia real inmediata a través de libros. Me gusta más la imaginación. Lo real también es imaginación, es parte de lo que uno piensa, construye y elabora. La experiencia es algo que se construye con la imaginación; me parece que eso es algo muy potente. Puede llevar a lugares que nunca se habían pensado. Yo le doy más importancia a la imaginación. Partió de ese libro y de muchas películas de negros que yo venía viendo, en especial de los 90. Ya estaba en mi imaginación ese lugar, al que nunca viajé, y escribí una novela sobre un lugar que no conozco. Siempre me acuerdo de una frase de Borges que dice que para escribir algo mágico, sobrenatural, hay que llevarlo a un lugar exótico, ambientarlo en la India, por ejemplo, porque ahí va a parecer verosímil. En un lugar exótico, lo mágico, lo extraordinario, parece verosímil. Para mí Harlem es exótico. Lo mismo sucedió con mi primer libro, El alma de las colinas: escribí sobre Entre Rios sin conocer la provincia. Son tres poetas que van a buscar a Juan L. Ortiz en ese territorio.

Derian Passaglia es autor de Chicos de la calle  (Blatt & Ríos). Foto: gentileza.

–¿De entrada pensaste el libro como una sucesión de escenas?

–Lo construí a través de escenas, como momentos. Parecería ser toda una continuidad, pero son como cortes. Me interesa estar directamente en el lugar. Y una manera de estar es ir a los pequeños detalles, a los objetos, las cosas más concretas: una pared de ladrillo en un edificio o un callejón. La novela empieza ahí, en un callejón. Es lo más yanqui que yo me puedo imaginar. También hay referencias a tradiciones argentinas, esa es la joda del libro, ahí me sale lo rosarino. Lo fui mezclando. Eso fue lo que más me motivó también: que fuese algo reconocible para mí. Porque si bien me resultaba exótico el lugar, quería estar de alguna forma dentro del libro. Entonces aparecen envoltorios de Biznikke, por ejemplo. Y la revista Picante, que en parte está inspirada en la Para ti.

El lenguaje de las películas

Passaglia cuenta que al involucrarse con el tema del libro sentía como si volviese a ver las películas de los 90 que pasaban en TV cuando era chico. “En Buenos Aires era Telefé, en Rosario era Canal 5 y canal 3, el 13”, dice.

“Yo crecí viendo La Roca, Con Air, cuando leía los diálogos tenía esa sensación de estar viendo esas películas traducidas, ese lenguaje de traducción de las películas que veía siempre y que todavía veo, porque a veces busco películas traducidas a propósito para tener la experiencia de ser un chico de nuevo. Me encanta ver las de Adam Sandler, por ejemplo. Me llevan de nuevo a esa época, a la infancia. En Rosario a veces nos juntamos con mis amigos, y sabemos los diálogos enteros. La idea era un poco también esa, revivir ese lenguaje de películas noventeras y ochenteras que veía en la tele”.

En la novela los personajes hablan indistintamente de “tú” o de “vos”. Cuenta Passaglia: “Esa era otra cosa que me motivaba, no crear un sistema sino guiarme por el oído, por cómo me sonaba. Me gusta mucho leer poesía, que tiene que ver en gran medida con el oído. El diálogo es eso, cómo se habla. Y cierra con un ejemplo de otra forma de expresarse: el rap. “Uno de los capítulos del libro está inspirado en una escena de la película Haz lo correcto (1989) de Spike Lee, que transcurre en una pizzería. El narrador a veces se pone a rapear, eso también me divertía, que se pintara por momentos con un corcho negro. Era en parte como adoptar ese tono negro, que no es el de un gringo”.

–¿Tuviste algún problema por emplear la palabra negro en tiempos de corrección política?

–No, porque yo soy así. Nací en un contexto así, entonces no tengo ningún problema. Por ahí esos dramas son más provenientes de otra clase, con culpa, con sistemas que ya los tienen aprendidos desde que eran chicos. Pero yo nací en otro contexto, con otra cultura, jugando a la pelota en la calle.

Derian Passaglia básico

  • Nació en la zona sur de Rosario en 1988. Desde los 19 años vive en Buenos Aires.
  • En 2023 publicó El alma de las colinas (Blatt & Ríos).

Chicos de la calle, de Derian Passaglia (Blatt & Ríos)

Redacción

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