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La Matanza

Donde la ciudad respira: la trama invisible del sonido

El conurbano bonaerense no es solo un lugar que se puede ver, sino que es un espacio que se puede escuchar e, incluso, reconocer solo por su geografía sonora. Esta nota es un viaje por las obras de distintos directores de cine que capturaron este territorio auditivo y le dieron visibilidad a una voz que estaba silenciada.

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Con el 64 por ciento de la población total de la provincia, el conurbano de Buenos Aires abarca desde las urbes más pobladas hasta los centros rurales más herméticos. Es un lienzo vivo que construye una voz singular.

Ya en su génesis, es tierra de nadie y de todos al mismo tiempo: descendientes de pueblos originarios, inmigrantes y migrantes internos formaron un entramado cultural que, con el transcurso de los años, se transformó en uno de los más ricos y enigmáticos del país. El anillo que se pliega sobre la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a través de sus hijas e hijos, retrata sus memorias, legados y andanzas, sirviéndose muchas veces del llamado séptimo arte: el cine.

Michael Chion, francés, compositor de música y crítico de cine, postuló en los 90 que las películas se «audioven», es decir, que la imagen y el sonido hacen simbiosis, se transforman mutuamente. Dentro de los sonidos, Chion destacó uno en particular: el sonido-territorio, producto de un conjunto de elementos sonoros que interactúan entre sí y permiten que la localización narrativa deje de ser un interrogante para pasar a convertirse en un lugar particular.

En el cine, un espacio tan multicultural como el conurbano bonaerense no solo es representado de forma fiel en su aspecto visual, sino que los directores juegan con su sonido. Si cerrases los ojos y te permitieras únicamente oír, podrías reconocerlo.

La voz de un territorio

En el mapa sonoro del conurbano bonaerense se alza, por sobre las tramas, la voz del territorio, que se impone y no solo acompaña la historia, sino que la encarna, se vuelve protagonista.

El ruido de una amoladora que retumba en el silencio de la calle; el ladrido de un perro que se escucha en la lejanía; el canto de las calandrias, que armonizan como si hubieran ensayado un centenar de veces la misma melodía. No hay ni una sola voz humana. El trote de caballos, que galopan al compás de un tambor hecho de tierra y asfalto; el ladrido de otro perro que se propaga como un eco en una cueva; y el canto de un zorzal que se funde con el rasguido de una guitarra. No hay voces, hay un territorio que susurra incluso antes que sus habitantes.

En la construcción de su universo cinematográfico, José Celestino Campusano, director oriundo del partido de Quilmes, decide comenzar dos de sus películas, Vikingo (2009) y Fango (2012), con la ausencia de palabras, porque para entender las historias primero es necesario oírlas. Los escenarios se presentan como una pieza sonora particular, alejada de la metrópoli caótica: hay silencios en los barrios que se rompen con estruendosos caños de escape; con el chatarrero y su inentendible lenguaje -que solo comprenden los que allí habitan-; y con los disparos que a nadie parecen llamarle la atención. ¿Será lo cotidiano?

Vikingo (2009), José Celestino Campusano.
Vikingo (2009), José Celestino Campusano.

En su película Corralón (2017), Eduardo Pinto, nacido en Moreno, retoma la ausencia de lenguaje verbal para dar comienzo al filme, y es a través de la cotidianidad del sonido de una calle cualquiera, en un lugar cualquiera, que puede situar la localización conurbana. La voz del territorio se proyecta en las herramientas que serruchan la mañana, la radio que hace eco en los suburbios, los aplausos para llamar en una casa cuando no hay timbre y en el pregón metálico de los megáfonos de las avionetas de publicidad que llenan cada hogar.

El entramado sonoro es una obra en sí misma, es disruptivo, busca descolocar e interrumpir. Lo hace con los personajes, con los silencios: es un golpe seco, corta el aire con su presencia, como el chirrido del tren cuando está por llegar a la estación, proyectando el caos del que es parte, con pasos, conversaciones, discusiones, insultos, vendedores ambulantes que se alzan sobre todos los demás.

Corralón (2017), de Eduardo Pinto.
Corralón (2017), de Eduardo Pinto.

El cine destaca los contrastes entre las clases sociales que forman parte de este suelo: en las altas, la voz del conurbano se hace chiquita, es un susurro, está aislada en espacios privados y amplios, pero cerrados a toda perturbación. Solo una anormalidad puede alterar el orden y la pulcritud. En cambio, en los sectores populares, la voz es estridente, casi no deja lugar al silencio, que se llena con música que retumba en las paredes, risas por doquier, cohetes que impactan hasta en el espectador y jaurías que esparcen su llamado por cada rincón. Estos son los elementos con que el director Benjamín Naishtat compuso el cuadro sonoro de Historia del miedo (2014).

Historia del miedo (2014), de Benjamín Naishtat.
Historia del miedo (2014), de Benjamín Naishtat.

Cada una de estas películas —como todas las que existen— es una porción de las y los habitantes que le dan vida a este lugar. Son quienes permiten llevar a la pantalla algo tan particular como un territorio que siempre fue relegado, visto casi como un vertedero, y mostrarlo como cuna de obras de arte necesarias de ver, en una reivindicación de lo que fue expropiado: la propia voz conurbanense.

Porque es a través de estos filmes que el conurbano te presta sus oídos para que escuches sus días, sus noches, sus relatos y vivencias. Te lo comparte para que lo entiendas y siempre lo recuerdes.

Texto: Camila Bandera

Esta nota fue escrita en el marco del Taller de Gráfica VI de la Licenciatura en Comunicación Social de la UnLaM.

Redacción

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