Mientras en el puzle birmano se empieza a levantar la polvareda sobre los daños del terremoto en seis provincias -seguramente, muchas más víctimas mortales que el millar reconocido- en la vecina Tailandia queda claro que la muerte está peor repartida. A pesar de que el miedo -ahora de baja- era ayer viernes difuso, la tragedia se ha concentrado casi entera bajo los cascotes de un solo edificio en construcción. Treinta plantas que se desplomaron como un castillo de naipes en Chatuchak, Bangkok, a pesar de que el epicentro del seísmo se encontraba a más de mil kilómetros, cerca de Mandalay, la segunda ciudad birmana.
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