La tarde del 25 de junio de 1978 marcó un antes y un después en la historia del deporte nacional. Tras el pitazo final del árbitro italiano Sergio Gonella, la Selección Argentina se consagraba campeona del mundo por primera vez al vencer a Países Bajos por 3 a 1 en tiempo suplementario.
En medio del estruendo de un estadio Monumental colmado, el arquero Ubaldo Matildo Fillol se desplomó de rodillas en su área, abrumado por la emoción del logro obtenido. A pocos metros, el defensor Alberto Tarantini se acercó para fundirse en un abrazo que quedaría grabado para siempre.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Sin embargo, la escena sumó un tercer protagonista inesperado que transformó una celebración deportiva en una obra de arte visual. Víctor Dell’Aquila, un joven que había perdido ambos brazos en un accidente ferroviario años atrás, saltó al campo de juego y se unió al festejo de los jugadores.
El fotógrafo Ricardo Alfieri, enviado especial de la mítica revista El Gráfico, fue el único profesional que logró encuadrar el instante exacto. Su lente captó el momento en que las mangas vacías del buzo de Dell’Aquila parecían rodear los hombros de los futbolistas en un gesto eterno.
Alfieri describió la situación años después en el libro El Gráfico: 100 años, destacando que no buscaba la técnica perfecta, sino la emoción pura. El reportero gráfico comprendió de inmediato que esa placa superaba la crónica del partido para convertirse en un símbolo de resiliencia.
Hitos y símbolos de la Selección Argentina en la final del Mundial 78
La imagen fue publicada originalmente bajo el título «El Abrazo del Alma», una denominación que caló hondo en la cultura popular. La fotografía no solo retrataba la gloria deportiva, sino que exponía la capacidad del fútbol para unir realidades diversas bajo un mismo sentimiento de orgullo.

Para la sociedad de la época, la figura de Dell’Aquila representaba la superación frente a la adversidad. El joven de San Francisco Solano se convirtió en un héroe anónimo cuya presencia en el césped del Monumental desafió la seguridad del evento para cumplir el sueño de todo un país.
Fillol recordó en su autobiografía, El Pato, que en ese momento no fue consciente de quién se había acercado. El arquero relata que sintió una energía especial, una calidez que iba más allá del contacto físico, entendiendo luego que esa presencia era el pueblo mismo abrazándolos.
La técnica de Alfieri fue fundamental para la posteridad de la pieza. Utilizando una cámara Nikon y una velocidad de obturación precisa, logró congelar el movimiento de las prendas y la expresión de alivio de Tarantini, quien cerraba los ojos mientras disfrutaba del éxito alcanzado.
El impacto de la fotografía trascendió las fronteras argentinas, siendo premiada internacionalmente por su composición y mensaje humanista. Los especialistas en periodismo gráfico coinciden en que es la imagen más representativa de la historia de los mundiales por su carga emocional.
Fuentes documentales de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina destacan que esta obra cambió la forma de cubrir los festejos. Ya no bastaba con seguir la pelota; el enfoque se desplazó hacia las reacciones humanas que ocurren en los márgenes de la competencia.
Víctor Dell’Aquila mantuvo un vínculo cercano con los protagonistas a lo largo de las décadas. En diversas entrevistas para el archivo histórico de la revista El Gráfico manifestó que aquel día no sintió su discapacidad, sino una fuerza interior que lo impulsó a correr hacia la gloria.

El contexto político de 1978 añade una capa de complejidad al análisis histórico de la imagen, pero la potencia visual del abrazo logró mantenerse como un hecho estético independiente. La foto se despojó del ruido exterior para centrarse en la fraternidad de tres figuras anónimas.
La primera estrella de la Selección Argentina cuenta con miles de registros fílmicos, pero ninguno posee la síntesis narrativa del trabajo de Alfieri. La imagen funciona como un recordatorio constante de que el fútbol profesional se nutre, en última instancia, del sentimiento del hincha.
“Mucha agua mata planta”, la nueva frase del Pipa Benedetto que encendió las redes
Hoy, la fotografía del «Abrazo del Alma» se exhibe en museos deportivos y galerías de arte como un testimonio de la identidad nacional. Es el punto de encuentro entre el sacrificio del deportista de élite y la pasión incondicional de quien vive el juego desde la tribuna popular.
La historia detrás de la imagen confirma que los grandes hitos no solo se construyen con goles o tácticas defensivas. A veces, la hazaña más grande ocurre en un segundo de lucidez creativa de un fotógrafo que sabe mirar donde otros solo ven el caos de un festejo desenfrenado.

