Cuando las primeras noticias del desembarco de Hernán Cortés llegaron a la capital del Imperio Azteca, Montezuma II convocó a sus consejeros: ¿qué actitud debían tomar antes estos inesperados visitantes?
Algunos eran de la idea, bastante fundamentada por cierto, de echarlos de sus tierras de manera inmediata, algo que vista la abismal diferencia de fuerzas entre el Imperio y los pocos centenares de intrusos, no era tan difícil. Otros veían en estos invasores, seres dotados de poderes sobrenaturales, absolutamente vestidos de metal poseedores de tecnologías jamás imaginadas por ellos, como esas bestias grandes (caballos)y esos objetos que escupían rayos y truenos asesinos .
¿Y si en lugar de bárbaros invasores, eran dioses, y su barbudo jefe, era Quetzalcóatl, el dios que volvía a su tierra? Entre estas dos posturas, el emperador hizo, lo que hacen en general los políticos: decidió no decidir. Entonces le envió objetos de regalo para impresionarlos con la magnificencia de su reino y les prohibió que se dirigiesen a la capital.¿qué fue lo que ocurrió? Cortés se quedó con los dones y con la capital.
De esta misma manera se han comportado en las ultimas tres décadas los responsables políticos de las democracias occidentales, en relación a los conquistadores digitales de estos tiempos, inclinándose ante los rayos y los truenos de Internet, las redes sociales y la inteligencia artificial, a cambio de una selfie con estos depredadores, con la esperanza que su cercanía les de un poco de brillo.
Así arranca “La hora de los depredadores” del sociólogo y asesor político Giuliano da Empoli. Pareciera que el antídoto contra esta enfermedad altamente contagiosa que es la adoración de estos seres ungidos, no existe, y que todo los métodos utilizados para combatirla hayan servido para volverlos más poderosos, semejante a lo lo que ocurrió con el capitalismo, que todo lo absorbía fortaleciéndolo, hasta que sin darnos cuenta fue deglutido por este nuevo formato ego porno tecno para el que aún no tenemos definición.
La romantización y la continuidad de ese gran relato revolucionario, tan carismático como inofensivo que fue el Mayo Francés, fue lo mejor que le pudo pasar a los sucesivos y cada vez más evolucionados depredadores, que hoy todopoderosos y fascinados consigo mismos, se auto perciben infinitos.
Enfrentarlos a lo Bob Dylan, con sus temas que denuncian las grandes desigualdades e injusticias sociales es absolutamente inútil, como las marchas y la movilización de aquel mayo parisino en 1968, que terminó con su enemigo, De Gaulle, arrasando en las urnas y con la capitulación definitiva de la política en manos de las finanzas (final de Bretón Woods, 1971).
Música para los oídos de estos nuevos conquistadores para los cuales la desigualdad es lo que corresponde en un mundo de inapelables ganadores y merecidos perdedores. Quizás sería oportuno resucitar a Frank Zappa, a Foster Wallace, a Kurt Cobain, a Peter Greenaway y a Pierpaolo Pasolini, brutales e intransigentes exponentes de la complejidad y la perversión del poder, que saben que el mundo se arrastra entre vicios y carencias para poder avanzar.
Al fin y al cabo, desde Edipo y Medea hasta los archivos Epstein, nada cambió en los bajos instintos de la humanidad , salvo que los actores se volvieron cobardes y vulgares;ya no una tragedia griega,solo miseria humana filmada con celulares. A los nuevos dioses e iluminados no les duelen los derechos , sino la carne. Coqueteamos con Terminator pero a duras penas llegamos a Jurassic Park.

