Durante la campaña de las municipales de 1991 nos encargaron al ya fallecido escritor y periodista Joan Barril y a mí un reportaje sobre el municipio de Ascó y las ventajas pecuniarias de albergar dos centrales nucleares. A Joan le bastaron un carajillo en el oportuno bar Núcleo, un acelerado paseo por sus calles y un pregón anunciando cursillos gratis de tenis para retratar incisivamente la opulencia de un pueblo (1.600 habitantes) que con el dinero de la central ni siquiera ha sabido frenar la despoblación que atenaza las Terres de l’Ebre. En cambio, con un presupuesto superior a los 18 millones, Ascó disfruta de un equipo de fútbol en Primera Catalana –como Sant Cugat, Tortosa, Martorell o Viladecans– e incluso llegó a competir en Tercera División. Dos campos de fútbol, uno de ellos de hierba, pista de atletismo y un equipamiento polideportivo codiciado por el entorno y más allá. Además de una televisión local por cable.

Ascó, como otros pueblos de la Ribera d’Ebre, se habría convertido en un secarral si no fuera por los suculentos ingresos de la nuclear. No es de extrañar que, a finales de febrero, el Consell Comarcal, bajo la presidencia de ERC, aprobara por unanimidad aplazar el cierre de las plantas y reclamara una moratoria para la instalación de renovables en la zona. Por lo pronto, el Ayuntamiento de Ascó ha modificado sus planes urbanísticos para frenar la implantación de eólica y fotovoltaica, según un informe de Renovem-nos publicado por el compañero Antonio Cerrillo. Dos complejos atómicos mejor que cuatro molinos de viento. Los segundos también producen kilovatios, pero no euros a raudales.
Dos complejos atómicos mejor que cuatro molinos de viento
El dinero procedente de Ascó y Vandellòs funciona de comodín. Además de los impuestos directos, la Generalitat percibe los Fondos de Transición Nuclear que, en teoría, deberían aprovechar los municipios circundantes para adaptarse a la futura clausura de las centrales. Es decir, mitigar el impacto económico y laboral. Unos fondos que, con el tiempo, han perdido su función inicial para convertirse en un batiburrillo que igual sirve para arreglar piscinas, comprar mesas y sillas para fiestas o reducir la plaga de jabalíes y conejos. Batea constituye un ilustrativo ejemplo. Su alcalde y parlamentario, Joaquim Paladella (PSC), anunció en plena campaña de las municipales del 2023 la apertura de una fábrica de pantallas led que emplearía a 20 personas. La planta, ubicada en una nave propiedad del mismo Ayuntamiento, fue inaugurada en junio del 2025 por el conseller Miquel Sàmper. La inversión rondó el millón de euros, 800.000 provenientes de estos fondos. La factoría, hoy en día, aún sigue cerrada por la venta de la matriz. Dicen que la diferencia entre gestión pública y gestión privada se explica en el póquer. Jugando con lentejas ajenas se lanzan órdagos y faroles. Con el dinero propio, una retirada a tiempo evita la quiebra.



