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El francés que escapó del tiempo: Siffre, el aventurero que vivió largos meses en cuevas y sin saber la hora

Las circunstancias extremas, con los riesgos que conllevan, sirven para conocer aun más al cuerpo humano. A eso se abocó Michel Siffre durante la Guerra Fría. Con tan solo 23 años decidió vivir dos meses aislado en una cueva, con la luz natural y el tiempo (tal cual lo conocemos) no más que en el recuerdo.

Este geólogo fallecido en 2024 en la ciudad francesa Niza— se interesó desde pronta edad por la espeleología, el estudio de las cavidades naturales del subsuelo.

A los 12 años ya estaba en tema. No solo nutrió su saber, sino que empezó a motivarse por lo que años después transitaría una soledad entre libros, escritos personales y paredes oscuras.

El primer experimento en el frío de los Alpes

Un año después de que el soviético Yuri Gagarin se convirtiera en el primer humano en viajar al espacio, el francés tomó el camino contrario. En la frontera franco-italiana eligió un sitio subterráneo de los Alpes para emprender el experimento donde su única fuente de energía fue una linterna.

En 1962 se aisló en una cueva para investigar la percepción del tiempo sin referencias externas. Foto: Archivo

En las ocho semanas del desafío de 1962, Siffre comió y durmió a pedido de su propio cuerpo, sin convenciones u horarios marcados. No obstante, el entorno no era precisamente cómodo: la temperatura llegaba a los -0,5 °C con un 98 % de humedad.

Mientras tanto, un equipo tomaba nota en la entrada del abismo Scarasson. Estas personas no tenían permitido comunicarse con el joven —ubicado a 110 metros de profundidad—, sino que era al revés. Siffre les decía por llamado cuándo se despertaba, cuándo comía, y cuándo se estaba a punto de ir a dormir.

De esta manera, el muchacho permitía dar a conocer su estado sin que le fuera revelado el tiempo. No saber la hora se convirtió en rutina. Sin embargo, del otro lado tomaban registro con relojes, lo que a posteriori permitió hacer comparaciones.

El resultado de los ciclos de sueño-vigilia sin referencia temporal

Este experimento científico derivó en una particular averiguación sobre el reloj interno de los seres humanos en condiciones de encierro. Y el detalle fue que semejante contexto no hizo variar demasiado al ritmo circadiano.

El experimento puso énfasis en el ritmo circadiano. Foto Archivo

Los ritmos circadianos son los cambios físicos, mentales y conductuales basados en un ciclo aproximado de 24 horas. Este patrón surge del significado de las palabras en latín que une, que son circa (alrededor) y dies (día).

Así y todo, Siffre sintió que su azotadora estadía había transcurrido mucho más lento. De hecho, cuando uno de los vigilantes le avisó por teléfono sobre el final exitoso del proyecto, el veinteañero pensó que le estaban mintiendo. Psicológicamente creía que recién iba por la mitad.

De todas maneras, el tiempo que tuvo entre dos despertares fue muy regular, “cercano a las 24 horas y 30 minutos”, sentenció Siffre al diario Le Monde en 2017.

Es decir que, incluso privado de su entorno habitual, no vio interrumpido su ritmo vital. “Dormía unas 8 horas y tenía 16 horas de actividad. Pero si el período de actividad era más largo, el descanso se reducía proporcionalmente, y viceversa”, especificó el francés.

El geólogo ingresó a la primer cueva a los 23 años. Foto: Philippe Desmazes / AFP

“Mi experimento demostró que los humanos, al igual que los mamíferos, también tienen un reloj biológico”, sintetizó a la revista Cabinet Magazine en 2008. Aquello le valió conversaciones con referentes de la cronobiología como el biólogo Franz Halberg.

Al margen del explorador, tres investigadores recibieron el Premio Nobel por entender el funcionamiento del ritmo circadiano. Se trata de los estadounidenses Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young, galardonados en 2017 por sus descubrimientos.

El regreso a la oscuridad

Hasta los 85 años, Siffre se mostró firme en los resultados de sus observaciones. Sobre su confinamiento atemporal dejó como legado el libro Expériences hors du temps.

Incluso fue financiado por la NASA y el Ministerio de Defensa de Francia, organismo que por entonces estaba desarrollando su programa de submarinos nucleares.

Es que el ejército de su nación se preguntaba si era posible duplicar el estado de vigilia de un soldado. Asimismo, la agencia espacial estadounidense buscaba descubrir las repercusiones de las misiones de larga duración en ambientes hostiles.

Siffre en su tercera y última aventura bajo tierra (1999). Foto: Philippe Desmazes / AFP

Diez años después del hito de 1962, cumplió el objetivo de vivir más de seis meses en la Cueva de Medianoche cerca de Del Río, en Texas.

A casi 135 metros de la entrada, dispuso de alimentos congelados y 3.000 litros de agua. Las condiciones habían mejorado siendo que se diseñó una pieza para mantener unos 20 °C, informó radiofrance en su podcast Voyage au centre de la terre.

En el segundo experimento vio satisfechas importantes comodidades. Foto: Archivo

Esa larga vivencia del otro lado del Atlántico le provocó fuertes emociones. La mayor compañía que tuvo fueron sus pensamientos ya que los libros que llevó se llenaron de moho. No pudo leer a Platón como lo hizo la primera vez.

Aunque sí hubo una presencia que odió hasta la muerte, al menos al principio.

Eran los ratones. Les tendió trampas hasta acabar con buena parte de ellos. Sin embargo, al quinto mes del experimento empezó a desear compañía. Así fuera con los animales que tanto le molestaban.

Al escuchar el andar de este roedor se alegró muchísimo. Lo llamó Mus y logró atraparlo, algo que dejó plasmado en sus notas.

“Oigo pequeños chillidos de angustia. Mus yace de lado. El borde del plato que baja parece haberle golpeado la cabeza. Lo miro con creciente dolor. Los susurros se apagan. Está quieto. La desolación me abruma”, escribió Siffre, según rescató el profesor estadounidense James M. Deem.

El tercer aislamiento, en tierra natal

Por otra parte, el espeleólogo replicó con voluntarios el desafío subterráneo de su juventud.

Igualmente se sometió a la lejanía total del mundo por tercera vez. Lejos parecía la profunda depresión que padeció a los 33 años con lo ocurrido en Estados Unidos. En esa oportunidad hasta se había dicho que aventurarse fuera del tiempo no una, sino dos veces, “era imperdonable”.

Pero cuando se enteró que el astronauta John Glenn regresaría al espacio a los 77 años, eligió sumar a sus antecedentes una experiencia adicional —esta vez de dos meses—, en noviembre de 1999. Fue en la caverna Clamouse, al sur de su país natal, en la que entró en el nuevo milenio con nadie mas que sí mismo y la novela Los Tres Mosqueteros.

Redacción

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