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El Gorro (Parte II)

Por Pavla Ochoa /

A mediados de la década del ’90, hacer rock en Moreno era sembrar semilla en una tierra fértil que vibraba al ritmo de las barriadas populares que querían hacerse escuchar entre tanto ruido. El Gorro volvía al ruedo con nuevxs integrantes y una única certeza: seguir tocando.

La primera vez que lxs volví a ver fue en la Plaza San Martín, en una tocata que realizaron con La Purga. Fue un recital no cargado de emociones, porque no solo presencié el regreso de la banda que me gustaba, sino que entre lxs músicxs del grupo de reggae que veía por primera vez, estaba en los teclados unx compañerx de mis días de jardín infantes, Hugo Ayala, quien a meses de ese recital se sumaría a la banda de reggae morenense «Mozambique»

Hablé un rato con él sobre momentos compartidos en nuestra niñez en el barrio La Perlita y, entre risas, escuché atentamente los cambios en las capas sonoras de las canciones de El Gorro, que se desprendían de los equipos del escenario ubicado frente a la farmacia Odeón. De la anterior formación solo quedaba Pepe y el Osito. Al guitarrista y saxofonista se le sumaron Martín Leguizamón en guitarra, Agustín Morbelli en batería y Pablo Rizzi en el bajo. 

Al toque se va Pablito Rizzi y se sumaba al bajo Santiago Schoeder, que venía de tocar con el baterista en «Pepino Roto«. Esto generó que la base rítmica y melódica, tenga resultados efectivos desde el primer momento, así me lo recordó el propio Schoeder: «El primer día de ensayo salió uno de los hit mas importantes de la banda que era Uweke. Llegué a la sala y estaba Martín en guitarra, Agus en su bata enchufó el bajo y arrancamos haciendo una base improvisada y el Oso empezó a tirar una letra y así, simplemente, se convirtió en el primer hit que en cada recital la gente pedía que lo hagamos de vuelta «.

Todo lo que fue saliendo en la sala de ensayo se plasmó en el primer recital de este nuevo equipo que debutó en el recital que brindaron en el bar de lxs hermanxs  Daniel y Fabián Campanari, integrantes de El Rastrillo, que se llamaba «La Clave» y estaba ubicado en Alem 620 en Moreno Centro.

Ahí, entre la gente amontonada, la banda transpiró cada acorde. Ahí estaba  la semilla de una nueva lírica en las letras y unos compases menos al servicio de lo que requería la canción.  Al hilo, se les sumaron Fernando Juan en teclados y Aníbal Hernando en trompeta. Ambxs le dieron un aire renovador y transformador a las canciones, con texturas de armonías y arreglos que hicieron cambiar la esencia sonora del grupo. 

Los instrumentos de vientos y el teclado hicieron que se trabaje con tenacidad en los arreglos de cada canción que iba surgiendo en los ensayos. También, comenzaron a pensar lo integral de cada show. Empezó a aparecer la bandera detrás de lxs integrantes con el nombre de la banda para quien lxs viera por vez primera se entere de quienes estaban tocando en el escenario. A tener vestuario para ideas conceptuales que se les iban ocurriendo y mantener una política de difusión esencial, la pegatina de afiches en las calles céntricas morenenses y afiches artesanales con la técnica del collage que dejaban en lugares específicos como la casa de instrumentos Melody

Cada presentación explotaba de gente y se convertía en una fiesta. A las presentaciones del Fek-67 Bis y La Clave, se les sumó las del bar «Brújula», que estaba en la sede de la vieja FM Moreno 90.1 y teatros: Marechal y Terrafirme (cuando estaba ubicado en Belgrano y Mitre). En estos dos lugares la transformación artística comenzó a tener otros vuelos. Así me lo recordó por mensajes de WhatsApp el guitarrista y vocalista de la banda: «Hicimos giras en la costa, teatros en Moreno y comenzó a irnos a ver un poco más de gente. Todo era un poco más organizado. Hacíamos escenografía, teníamos luces, vestuario. Teníamos un poco más repartido los roles. Todo estaba más repartido en las tareas porque éramos bastantes y eso hacía que todo sea más liviano»

Ese imaginario creativo colectivo los llevó a vertirse de monjas, personajes de Titanes en El Ring y salir tocando con pañales de bebé, entre otras ocurrencias que materializaron en cada tocata. 

En 1999, El Gorro volvió a ingresar a un estudio de grabación y bajo la producción de Gabriel Nicola, que había sido quien grabó el CD de Blanca Flor «Santo Remedio». Ahí, bajo su coordinación, plasmaron 12 canciones en un trabajo que titularon «A Punto»

Esta vez, a diferencia de su primer cassette que tenía al rock y el blues como expresión artística, el nuevo sonido le daba lugar al reggae y a la canción, que fueron creando colectivamente en cada ensayo. Era tan imponente el cambio que solo sobrevivieron y  reversionaron  dos viejos temas: «Nos volveremos a encontrar» y «El Compadrito».

En esos días, fui a varios lugares donde se presentaba el grupo. El recital que más disfruté fue el que hicieron cerca de mí casa, en la sede del Movimiento Cultural Solidario El Brote.

Ese orgullo barrial lo volví a tener cuando en un recital de mi banda, Normal 47, subieron en un intervalo a zapar en el Fek- 67 Bis Marcos Pelaitay en el bajo, Pepe Rizzi en guitarra y en la batería «Apy» Tamburello. Tocaron rock and roll clásico, destacándose ese día donde Marcos se baja el pantalón. Tuve grabado en audio esa cinta por más de 20 años, donde escuchaba ese momento eterno. El cruce de planetas con el El Gorro, se daba desde el momento en que hicimos un cover de la banda.

Era una forma de decirles a esas personas que no conocíamos que nos gustaba lo que hacían. Eso generó que ellxs también nos vayan a ver a nuestras tocatas . Y en  la de «Bru-Bar», algunxs de sus integrantes subieron con nosotrxs y cantamos al estilo fogón «Nos volveremos a encontrar«. Esa camaraderia sucedía mucho entre quienes hacíamos música en Moreno en esos años.

Al tiempo se sumaba otro integrante, Juan Manuel «Topo» Ameigeiras. Él no sabía tocar el trombón, pero se compró el instrumento para tocar en El Gorro. Ahí la banda inventó un sistema interno para que pueda aprender y tocar las canciones. En 2001 se pusieron a grabar su tercer disco, y en medio del proceso creativo se fueron Agustín y Martin. El Topo se convirtió en el nuevo y último baterista de El Gorro.

Las nuevas canciones que llegaron a plasmar en formato de maquetas fueron : «Máscaras», «Cadáver Exquisito» y «La Pelota va en el aire«.

Esta última era un explícito homenaje al bisabuelo del Osito, Chilo», que le cantaba en tono tanguero». «La pelota va en el aire, Sarlanga la hace bailar», algo que la hinchada de Boca Juniors le coreaba al jugador Xeneize en 1940,  al son la milonga de Homero Manzi “Ropa Blanca”. Al ritmo del candombe la banda invitó en los coros a Carlos Germán «Cóndor » Sbarbati, vocalista de la Bersuit Vergarabat, que habían conocido en el Fek 67 Bis y solían ir a ver con frecuencia a «Resortes Antagónicos».

Pepe Rizzi recordó esa participación: «Cuando estábamos grabando se nos ocurrió llamarlo y el se copó al toque. Recuerdo que lo fuimos a buscar a la estación de Moreno, escuchó el tema y lo que nos enseñó fue no tirar toda la intensidad y arreglos al principio y a tener un final a toda orquesta. Él grabó cinco voces y en algunas partes varias opciones y nos dijo que elijamos, lo cual fue un problema porque lo que hizo nos voló la cabeza, eran  voces más agudas o altas, tenía tanta intensidad que tuvimos que alejar el micrófono lo máximo que daba a la habitación para no saturar».

El disco no llegó a terminarse, quedó a mitad de camino. Las decisiones en la vida personal de cada integrante y los estudios universitarios, impulsaron la despedida en los escenarios de la banda.

El 28 de diciembre de 2002, con sala llena en el Teatro Leopoldo Marechal, tocaron por última vez. Hubo mucha emoción a flor de piel, arriba y abajo del escenario. Esta única vez no hubo alegría en el lugar, el grupo dejaba de existir. 

Pasaron 23 años de esa despedida, pero la huella que dejaron en el rock morenense sigue siendo  imborrable. Fue solo un instante, un período que abarca desde 1994 hasta el 2002, pero que es reflejo de una época donde lo artesanal se mezclaba con lo profesional y las cosas sucedían.

El Gorro, dejó su nombre junto a Los Bambis, Los Instantáneos Blanca Flor, Mozambique Reggae, Los Hongos Sagrados, Póker de Blues, Tía Puerca, Dagger, El Rastrillo, Hi-Fi, Los Huérfanos Quintillizos, La Purga, Los Autistas, La Gea, El Bizcocho, El Mate, Normal 47, Bako, Galileo, Power Trio, Asesinato en Masa, Factor, Carnaza Común, La Piculina, Ficciones, Camaron Vudú, entre otras bandas que transpiraron la camiseta  y mostraron que en el Oeste está el agite. 

Redacción

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