16.4 C
Buenos Aires
sábado, abril 5, 2025

El país necesita desarrollo, república y una política social eficaz

Más Noticias

En el último medio siglo, la Argentina ha perdido, significativamente, relevancia en el contexto internacional. Esto es, ha sido un país decadente.

A diferencia de quienes afirman que los mejores tiempos del país fueron en los albores del siglo XX y a partir de allí comienza la cuesta abajo, sostengo que el punto más alto a partir del cual se produce el declive se ubica en los años 60 del pasado siglo, dado aspectos fundamentales como diversificación productiva, integración social, desarrollo científico-tecnológico y calidad de servicios educativos y sanitarios, entre los principales. Y es a partir de allí que establezco el comienzo del proceso decadente de nuestra sociedad.

En 1973, el PBI per cápita del país representaba dos tercios del correspondiente a los países de mayor desarrollo y duplicaba el PBI per cápita de América Latina y el de Brasil de acuerdo al trabajo de Belini y Korol (“Historia Economica de la Argentina en el siglo XX”). Casi 50 años después, en 2021, y de acuerdo con la Cepal, el PBI per cápita del país era un 25% superior al promedio latinoamericano y Brasil, similar a México e inferior a Chile y Uruguay. Australia quintuplicaba el PBI per cápita argentino, Canadá lo cuadruplicaba, España lo triplicaba y Portugal lo duplicaba de acuerdo al Banco Mundial. El informe de Desarrollo Humano de 2022 del Programa de la ONU para el Desarrollo ubica a la Argentina en el número 47 en el Índice de Desarrollo Humano.

Si bien el PBI per cápita es solo un indicador, sintetiza muchos otros aspectos relativos a la calidad de vida donde se expresa nuestra decadencia: menor calidad del mercado de trabajo y de servicios básicos o mayor pobreza y desigualdad, entre otros.

En mi último libro desarrollo hipótesis sobre las causas de esta caída, que descansa en la particular interacción entre el sistema productivo, las características de la sociedad civil y el sistema político. Esto es, un sistema productivo frágil, una sociedad demandante y un sistema político obsesionado por el corto plazo.

La sociedad frente a nosotros. A partir de los años 70 comienza a modificarse la estructura social, pero especialmente en los 90 aparecen con claridad los principales síntomas de exclusión, que son el desempleo abierto y la precarización laboral. La sociedad, preponderantemente de clase media, comienza a “estirarse” y diferenciarse, con un crecimiento de la proporción de población de menores recursos. Hoy, sobre un total de 14 millones de personas pertenecientes a la población económicamente activa, según el Indec, alrededor de la mitad está fuera de un trabajo pleno y de la protección de leyes laborales y beneficios de la seguridad social.

Pero además, los requisitos de mayor calificación que entraña crecientemente el mundo laboral dejan a quienes poseen bajos niveles educativos cada vez más alejados de la posibilidad de inserción en el mercado de trabajo moderno y condenados a sobrevivir de las migajas que arroja el sector productivo. Cae sistemáticamente la cantidad de gente empleada en la industria y el agro, y se torna preponderante el papel de los servicios.

Por otra parte, la acción del Estado en la redistribución tiende a reproducir cada vez más una estructura social desigual que abandona los esquemas de servicios más igualitarios del pasado. Por ejemplo, los sectores de ingresos altos y medios acceden a esquemas privados de salud y educativos. Los de ingresos bajos solo acceden a los servicios de un deteriorado sector público.

Pero esta desigualdad en aumento es también percibida por una población más informada, lo que genera un recrudecimiento de la conflictividad social. La exclusión moderna es básicamente urbana, con miembros que acceden masivamente a medios de comunicación. Personas, además, sujetas a una sensual publicidad que les plantea un conjunto de consumos que no tienen posibilidad de realización y que genera profunda insatisfacción. Esto se traduce en un malestar social con el crecimiento de la delincuencia. La respuesta de algunos jóvenes a la exclusión que experimentan es escapar de ella a través de caminos ilegales, pero que brindan respuesta a las ansias de consumo y de mejor vida. Y aquí está el fuego que alimenta el sostenido aumento de la inseguridad, inmune a una respuesta exclusivamente represiva del Estado.

Escenarios. Así, ¿cuáles son los escenarios que enfrenta el país? Veo tres con distintos grados de probabilidad.

En primer lugar, como en el mito de Sísifo, un fracaso del actual gobierno puede constituir un nuevo hito en el derrape del país, donde herencias pesadas de un gobierno al siguiente se convirtieron en la norma desde los albores del período democrático. Si bien hoy se han producido avances notables en el ordenamiento de la macroeconomía, esta tarea aún no está acabada y es necesaria para poder pensar un camino de inversión y crecimiento sostenido. Pero la dinámica política impulsada por un gobierno que se resiste a una amplia y sólida coalición no es funcional a generar la confianza suficiente para un proceso de inversión y crecimiento.

Un eventual fracaso puede derivar en un segundo escenario con el ya clásico péndulo hacia un gobierno de sesgo estatista/anticapitalista. En este caso no deberían esperarse resultados muy diferentes a lo que ya ofrecieron gobiernos de este signo.

El tercer escenario es un gobierno integrado por aquellos dispuestos a promover un desarrollo capitalista y una democracia republicana junto a una política social eficaz en garantizar un piso de bienestar a la población. Debería estar basado en un compromiso de dejar atrás los desajustes macroeconómicos, impulsando inserción en el mundo, estímulo del esfuerzo y la innovación, más y mejor educación, protección de los más vulnerables a través de promocionar actividades laborales y educativas, intransigencia frente a la corrupción y mejora de la calidad de gestión del Estado, entre otras tareas.

Este escenario tiene hoy baja probabilidad, pero es el único que puede liberarnos del continuo desplazamiento de la política argentina hacia los extremos. ¿Difícil? Sin duda, pero existen fuerzas capaces de llevarlo adelante si se lo proponen y trabajan arduamente para ello.

En los primeros años de la última dictadura era difícil pronosticar si la democracia retornaría alguna vez o cuando lo haría. Tardó un tiempo, pero volvió. Quizás el fin de la decadencia también tenga fecha.

Doctor en Ciencias Políticas; acaba de publicar La campana y la banquina. Sobre decadencia y exclusión en Argentina (Eudeba)

Conforme a los criterios de

Redacción

Fuente: Leer artículo original

Desde Vive multimedio digital de comunicación y webs de ciudades claves de Argentina y el mundo; difundimos y potenciamos autores y otros medios indistintos de comunicación. Asimismo generamos nuestras propias creaciones e investigaciones periodísticas para el servicio de los lectores.

Sugerimos leer la fuente y ampliar con el link de arriba para acceder al origen de la nota.

 

- Advertisement -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

- Advertisement -spot_img

Te Puede Interesar...

Tragedia en la Panamericana: despiste, vuelco y cinco muertos

Un automóvil despistó en la mañana de este sábado en la autopista Panamericana, en el kilómetro 38 y medio...
- Advertisement -spot_img

Más artículos como éste...

- Advertisement -spot_img