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El «pequeño universo» de Decur llega a la contratapa de Clarín

Guillermo Decurgez es ilustrador, y todos lo conocen como Decur. Desde el 1° de abril será el nuevo dibujante de la contratapa de Clarín, ocupando el lugar que hasta el martes lleva la firma de Maitena. La propuesta concretó un ansiado deseo: le llegó después de una larga espera de “17 años”, precisa, y todavía la procesa con cierta incredulidad.

Es la llegada a un lugar emblemático del humor gráfico argentino, el mismo donde alguna vez también dibujaron Fontanarrosa y Caloi, dos referencias inevitables en su historia. Desde ahí, su recorrido personal y su manera de entender el dibujo empiezan a cobrar otra dimensión.

Decur tiene 44 años y dibuja desde chico. Lo hacía, sobre todo, para hacer reír a sus amigos. En su casa había apoyo, pero no había una idea concreta de que el dibujo pudiera ser una profesión. A los 15 años ya trabajaba con su papá como albañil o haciendo arreglos “de todo tipo, menos electricidad”. El dibujo, mientras tanto, seguía siendo un hobby. Un espacio propio, pero no un camino posible.

Durante años, entonces, el dibujo quedó al costado. Trabajó en un frigorífico, siguió con oficios, ayudó a su abuelo a pintar. Más tarde entró en una empresa automotriz, un salto que en su familia se vivió como un logro enorme. “Para mí era como entrar a la NASA”, recuerda. Pero tampoco fue definitivo: a los tres años y medio tuvo que dejarlo por una doble hernia de disco. “Es muy loco –dice ahora– porque cuando estás haciendo lo que te gusta, el cuerpo te lo agradece. Y cuando no, te pasa factura”.

El punto de quiebre llegó tiempo después, en medio de una depresión que en ese momento no sabía nombrar. Pasaba los días entre el trabajo y la cama, sin energía para nada más. Hasta que una noche, haciendo zapping, se encontró con una entrevista a Liniers, ilustrador e historietista. No fueron solo sus dibujos: lo escuchó hablar, mostrar su espacio, contar su vida. “Fue el combo”, dice. Al día siguiente salió, compró tres libros de ilustraciones y algo se activó: “Desde ahí no paré nunca más”.

Ese regreso al dibujo no fue lineal. Él mismo lo define como una “montaña rusa”: momentos de crecimiento, caídas, incertidumbre. A eso se sumaron experiencias personales fuertes, como el nacimiento de su hijo con síndrome de Down, que reconfiguró su mundo emocional y también su mirada artística. En paralelo, empezó a construir una obra propia, con libros publicados, reconocimiento internacional y premios importantes, como la medalla de oro de la Sociedad de Ilustradores de Nueva York y dos nominaciones al Eisner.

Guillermo Decurgez en su nuevo taller.

Pero incluso en ese recorrido, lo que aparece con más fuerza no es la consagración sino la búsqueda. Decur habla del dibujo como un lenguaje en transformación constante. De hecho, uno de los cambios centrales en su camino fue correrse de la idea de perfección técnica. “Hoy dibujo una manito como si fuese una M. Me importa más lo que diga esa M que la mano perfecta”, explica. Esa síntesis, esa libertad, es también una toma de posición.

La influencia de Fontanarrosa

En esa construcción hay influencias claras. Nombra a Quino, Caloi y Fontanarrosa como marcas iniciales. Y en el caso del rosarino, hay un detalle concreto que se volvió fundacional en muchos de sus dibujos: la nariz de Inodoro Pereyra. “La simplifiqué en un 6”, cuenta. De chico, con un amigo, dibujaban personajes a partir de esa forma. “Les decíamos los narigoncitos. Todo empezaba con ese 6”. Esa huella sigue estando en sus obras.

También aparece Caloi, sobre todo en el color, aunque de manera menos consciente. Decur insiste en que nadie le enseñó a usarlo, pero al mismo tiempo recuerda imágenes que lo marcaron profundamente. Entre ellas, una historieta donde una abuela barre las manchas de sol de una parra. “No entendía cómo alguien podía pintar así”, dice. Algo de eso, cree, quedó grabado.

El pequeño universo de Decur.

Ser rosarino, en ese contexto, no es un dato menor. Y menos aún al llegar a la contratapa de Clarín, un espacio donde Fontanarrosa dejó una marca histórica. “Es muy lindo y muy emotivo”, dice, aunque enseguida aclara que todavía no lo procesa del todo. No habla de presión. Tampoco de miedo. Sí de una expectativa construida durante años. “Esperé esta llamada durante 17 años”, repite.

Ocupará el lugar que dejará Maitena, una artista que también inspiró a varias generaciones con su estilo único y que publica en Clarín desde 2023. Ahora buscará nuevos proyectos propios. Decur la define como “una genia absoluta”, pero no intenta ocupar ese mismo registro. “Va a ser distinto”, adelanta. Su propuesta no se apoya en un único personaje ni en un formato cerrado, sino en un “pequeño universo” donde conviven historias diversas: escenas cotidianas, vínculos, objetos, situaciones mínimas.

Los personajes

Entre esos mundos aparece uno de los ejes más personales: la relación entre Emilio (inspirado en su hijo) y Pedro, un chihuahua viejito que trabaja haciendo limpieza de casas. Esa serie se llamará Mi mejor amigo Pedro y, según anticipa, será una de las que más conecte con el público. “Es súper amoroso, te toca fibras muy íntimas”, describe. En ese vínculo también aparece el humor, pero no necesariamente como risa inmediata, sino como una forma de mirar.

Porque si hay algo que Decur subraya es que su idea de humor es más amplia. No se trata solo de hacer reír. Puede haber reflexión, incomodidad, incluso complejidad. En esa línea, sus tiras buscarán generar algo, una sonrisa, una mueca, una pregunta, más que una reacción única.

Guillermo Decurgez con su hijo Emilio

Otro de los personajes que menciona es Jabba the Hutt, tomado del universo de Star Wars, pero reconfigurado: en sus tiras, va a psicoanalizarse. La imagen, dice, le resulta en sí misma graciosa, pero también le permite trabajar temas más profundos.

Decur planea trabajar con collage, una técnica de la que se enamoró hace años. Habla de crear “stickers” de elementos (plantas, rocas, personajes) para combinarlos en cada tira, generar capas, relieves, texturas. Incluso incorpora materiales como metal, lana o pelo. En ese sentido, cada página busca ser distinta de la anterior, tanto en lo narrativo como en lo visual.

Guillermo Decurgez

Sobre lo que viene, no arriesga a definiciones cerradas. Prefiere hablar de proceso. De prueba. De sorpresa. “Cada tira va a ser diferente”, insiste.

Redacción

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