El centenario del RACC, celebrado el 14 de noviembre del 2006, se cubrió en La Vanguardia desde la sección de Deportes. Nada que reprochar, faltaría más, pero dos décadas después, aunque la entidad sigue estrechamente ligada al mundo del motor, nadie en esta casa ha planteado que el 120º aniversario comparta espacio con la actualidad de las elecciones del Barça o el partido de Alcaraz en Indian Wells. Esto es el Vivir, la sección que cuenta lo que pasa en las grandes ciudades; en las calles, en las carreteras. Ese es también el hábitat natural de esta organización fundada en 1906 que este jueves ha llenado el auditorio de la Pedrera para brindar por un “patrimonio colectivo de Catalunya que se ha construido de generación en generación”.
El presidente del RACC, Josep Mateu, era en la entrada de la casa Milà un niño que aguarda con inquietud la visita de los padres a su clase para explicar el proyecto de Ciencias. Nervioso, pero también seguro de tener la lección aprendida. Ha recibido al alcalde Jaume Collboni y luego ha llegado el presidente del Parlament, Josep Rull. Juntos han esperado al president Salvador Illa y todos han bajado la rampa de caracol de lo que antiguamente era el aparcamiento de la casa dibujada por Antoni Gaudí. También han venido al número 92 del paseo de Gràcia los presidents Artur Mas y José Montilla y el exalcalde Xavier Trias, en forma pero todavía algo fastidiado por una intervención en la rodilla que lo tiene frito.

Como única anécdota política de la velada, en la primera fila del auditorio se ha producido una simpática coincidencia: un alcalde de CiU que estuvo a punto de serlo por Junts en junio del 2023 –”Collboni me ha hecho trastadas pero tenemos buena relación personal”, ha bromeado Trias–, un president que ha rechazado ser alcaldable por Junts (Artur Mas) y dos concejales neoconvergentes aspirantes a ser cabeza de cartel en las municipales del año que viene sentados uno al lado del otro (los ediles del grupo de Junts Jordi Martí y Josep Rius).
Ha habido discursos y mesas redondas –memorable Luis Moya recordando a una mujer que hace pocos días le gritó “¡por los clavos de Cristo!” porqué no le salía el original pero similar “¡trata de arrancarlo!”–; han abundado los elogios y los homenajes, como el que han brindado varios invitados al simpar expresidente del RACC Sebastià Salvadó, auténtico como pocos, y se ha respirado franca coincidencia en que el ahora Mobility Club es una alegoría de la Catalunya que se organiza y se adapta al avance de los tiempos. “Este es un acto de autoestima y orgullo colectivo”, ha resumido Rull. “Los catalanes hacen cosas”, zanjaría Rajoy.

Qué distinto sería este aniversario en tiempos del gobierno municipal de Ada Colau…, seguramente los años en los que el RACC más ha remado fuera de su zona de confort, con el urbanismo táctico, los ejes verdes, la lucha contra el tráfico motorizado, las supermanzanas. Con Collboni las relaciones son distintas. Entre otras cosas, porque el alcalde es socio del club y durante su discurso ha puesto en valor la coincidencia del nacimiento de la entidad con el año de la inauguración de la Pedrera, cosas que emanaron de gente “que se adelantó a los cambios”.
El acto ha sido, de hecho, una reivindicación de la sociedad civil que no solo se sienta en los palcos del Liceu sino que también ayuda a reconstruirlo cuando se incendia, que no solo se queja del sinhogarismo sino que se organiza y colabora con la Fundació Arrels o el hospital de campaña de Santa Anna, que saca la cartera para pagar la construcción del Palau de la Música o que impulsa hospitales como el de Sant Pau o financia el observatorio Fabra.

Mateu ha recordado que en 1910, los socios pagaron de su bolsillo las señales de tráfico. También promovieron el primer mapa de carreteras y fueron pioneros en la organización de carreras junto a la Peña Rhin, nacida de las tertulias que los aficionados al motor menudeaban en el bar del mismo nombre, en el número 2 de la plaza Catalunya. “La nuestra con los 890.000 socios –ha compartido el presidente del RACC– es una relación emocional y de confianza con vocación de ser única”. Un “servicio público”, ha aseverado, que en el futuro aguarda ignotas aventuras vinculadas a la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías, pero en el que esperan mantener intacto “el compromiso, la pasión y la complicidad”.
Illa ha cerrado el acto y ha apelado al espíritu de 1906. “Esa gente –ha esgrimido– que vio y aprovechó las oportunidades, que miró al futuro con esperanza y que buscó la cohesión social”. Pasó con la Pedrera. Y con los pioneros que inventaron el RACC.



