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Fetiches del poder: del sable corvo de San Martín a la espada de Bolívar en manos de presidentes

Presidentes, presidentas, dictadores, gobernantes latinoamericanos: a casi todos parece gustarles esgrimir durante sus mandatos las armas que en algún momento, o no, usaron sus predecesores en el campo de batalla. Sables y espadas, simples o adornadas, han sido trasladadas, generalmente sin medidas de protección o robadas de los lugares donde las situó la historia, un testamento o diversas voluntades, y esgrimidas como parte de otras batallas, entre ellas supersticiones personales, sin que literalmente corra sangre, en guerras con victorias pírricas, en las que las historias de sus propietarios originales son acomodadas al gusto.

Cristina Fernández de Kirchner no usó guantes en ocasión del anterior traslado del sable corvo de San Martín al Museo Histórico Nacional. Foto: Télam.

Pocas reliquias concentran tanta densidad simbólica como el sable corvo de José de San Martín, que se conserva en Argentina, y la Espada de Lima de Simón Bolívar, en Venezuela.

Cuando todas las miradas hoy están puestas en el posible traslado del sable corvo de San Martín ordenado por el presidente Javier Milei, del Museo Histórico Nacional al Regimiento de Granaderos a Caballo «General San Martín», la unidad más emblemática del Ejército Argentino, creada por el Libertador el 16 de marzo de 1812, y se futuriza cómo el argentino puede hacer uso de este durante la ceremonia, otros presidentes latinoamericanos las han mal manipulado: algunos sin mucha información, otros a su gusto y conveniencia.

Testigos del pasado

Las armas blancas históricas no son solo piezas de colección, sino también testigos de épocas pasadas. Un cuidado adecuado es crucial para su conservación.

Existe un protocolo que se supone inviolable y que garantiza su conservación. Si hablamos de armas originales o réplicas de alta gama, el sudor humano es el mayor enemigo debido a su acidez, por lo que siempre deben sostenerse con guantes.

Esto parece no ser conocido por presidentes latinoamericanos, tal como demuestran fotos de asunciones y traslados en los que las armas y otras reliquias históricas han sido utilizadas.

Gustavo Petro, el actual presidente de Colombia, retardó su ceremonia de asunción para sostener la espada de Simón Bolívar que había sido antes robada por el M-19, movimiento al cual él perteneció. Foto: archivo Clarín.

Cristina Fernández de Kirchner no usó guantes en ocasión del anterior traslado del sable corvo de San Martín al Museo Histórico Nacional, momento en el que blandió el arma. De este mismo museo fue robada el arma en los años 1963 y 1965.

Tanto Hugo Chávez como, principalmente, Nicolás Maduro, en Venezuela, convirtieron en un fetiche bolivariano la llamada Espada de Lima de Simón Bolívar. Maduro acostumbraba a esgrimirla, sin protección alguna, en múltiples actos políticos y la mantenía, no en el Banco de Venezuela, donde estuvo muchos años a resguardo, sino cerca de sí, en su despacho.

Técnicamente conocida como la Espada del Perú, es considerada una de las piezas de orfebrería más valiosas y bellas del mundo. La espada nunca se usó en una batalla ni vio la sangre del enemigo. Fue creada por el orfebre indígena Chungapoma. La firma del autor está grabada en la hoja: «Chungapoma me fecit en Lima» (Chungapoma me hizo en Lima).

Regalo de la Municipalidad de Lima a Simón Bolívar en 1825, tras las victorias de Junín y Ayacucho, es de acero damasquino de la más alta calidad, grabada con inscripciones en oro que dicen: «Simón Bolívar: Unión y Libertad» y «Libertador de Colombia y del Perú». El pomo y la empuñadura están hechos de oro puro; tiene un total de 1.367 brillantes, 8 rubíes y 7 esmeraldas incrustadas en diferentes partes de la guarnición y la cazoleta.

No tan famosa como la que está en Venezuela, otra espada de Bolívar en Colombia ha sido protagonista de varias historias. Gustavo Petro, el actual presidente de Colombia, retardó su ceremonia de asunción para sostener la espada de Simón Bolívar que había sido antes robada por el M-19, movimiento al cual él perteneció.

Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en Venezuela, convirtieron en un fetiche bolivariano la llamada Espada de Lima de Simón Bolívar. Foto: archivo Clarín.

Petro sí usó guantes, aunque, según cuenta Roldán Esteva-Grillet, el destacado investigador venezolano y autor de varios artículos sobre el culto a las reliquias y el imaginario de los héroes que lucharon por la Independencia.

“La espada que Petro quiso tener a la vista –explica– es un sable de la época de la independencia, pero no hay ninguna documentación que pruebe que haya sido de Bolívar; simplemente entró a la Quinta de Bolívar en Bogotá y la gente la fue atribuyendo a Bolívar, y con ese simbolismo fue sustraída por la guerrilla del M-19, a la que el mismo presidente colombiano perteneció, por su lado civil. Robada de la Quinta en 1974, reapareció en manos de Fidel Castro en los noventa, cuando en Colombia se realizó una Asamblea Constituyente. Se resguardó entonces en el Banco Central, pero últimamente fue trasladada al Palacio de Nariño, y de allí fue que Petro esperó hasta media hora para que la trasladaran hasta la plaza de Bolívar, donde sería su juramentación”.

Recordemos que el rey de España que asistió a la toma de posesión no se puso de pie ante el paso de la espada de Bolívar, como señal de respeto, como sí lo hicieron el resto de los invitados.

Las réplicas

Una réplica del sable corvo de San Martín fue recibida por el presidente Charles de Gaulle (Francia) en 1964. De Gaulle fue clave para que el testamento original de San Martín regresara al país y fue el presidente Arturo Illia quien se la entregó. La pieza fue hecha por el Batallón de Arsenales 601 «Esteban de Luca» del Ejército Argentino.

Durante su mandato, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le entregó una réplica a Fidel Castro en La Habana y una a Hugo Chávez en Venezuela, ambas hechas por el orfebre Juan Carlos Pallarols.

Pallarols, en la década de 1990, hizo un calco del sable corvo original de San Martín, reproduciendo hasta los detalles más minúsculos, como rasguños y cicatrices. Trabajó directamente sobre el sable original en su taller y fabricó varias piezas. En el Regimiento de Granaderos a Caballo hoy se exhibe una copia que será sustituida por el original.

Hugo Chávez y Nicolás Maduro inauguraron en Venezuela la tradición de entregar réplicas de la Espada de Lima de Simón Bolívar. La recibieron, entre otros, Vladímir Putin (Rusia), Xi Jinping (China), Ebrahim Raisi (Irán), Fidel y Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel (Cuba), Evo Morales (Bolivia) y Daniel Ortega (Nicaragua).

Las réplicas están bañadas en oro de 24 quilates, con cristales o piedras semipreciosas que imitan los diamantes y rubíes originales; llevan grabado el nombre del destinatario y la fecha, junto a la frase: «La Unión y la Libertad».

El abogado Michel Capelo Portillo, último descendiente de Simón Bolívar, quien trabaja para que el legado de este sea recordado con respeto. Foto: gentileza.

Mientras en la sociedad argentina son muchos los debates políticos sobre la intención del cambio de lugar del sable de San Martín y pocos relacionados con las medidas de seguridad de las reliquias históricas, y cuando descendientes de San Martín y Rosas toman partido por el no traslado del arma, le pregunté al abogado Michel Capelo Portillo, último descendiente de Simón Bolívar, quien trabaja para que el legado de este sea recordado con respeto y entendido en el contexto histórico en el que se desarrolló.

–¿Qué opinas sobre el uso de la espada de Bolívar y San Martín como amuleto y símbolo por parte de los políticos?

–Siento que es una conexión directa entre el presente y el pasado. ¿Te imaginas posar la mirada en el mismo lugar que estuvo la de Simón Bolívar o San Martín? Ahora piensa poder palparlo. ¿Te imaginas que sea tu mano la que ponga sus huellas en aquella pieza que les acompañó al momento de decidir? Y ahora piensa que tengas un cargo parecido: cuál es la siguiente parte de la línea de preguntas: ¿Seré yo la reencarnación del proceso?

“Las espadas deben estar a la vista de todos”, concluye.

Redacción

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