Redacción El País
Guardar ropa que ya no usamos, acumular papeles “importantes” o convivir con cajas que no se abren desde hace años es una escena cotidiana en muchos hogares. El problema aparece cuando ese hábito de guardar deja de ser funcional y se transforma en una carga. Según especialistas en salud mental, no se trata solo de falta de espacio, sino de procesos emocionales profundos ligados al apego, la culpa y la identidad personal. En este 2026, aprender a soltar se instala como un desafío que va mucho más allá del orden doméstico.
El “por si acaso” y la acumulación emocional
La idea de conservar algo porque “algún día puede servir” suele parecer razonable. Sin embargo, psicoterapeutas advierten que este pensamiento repetido en exceso genera acumulación sin criterio y desgaste emocional. El desapego no falla por una cuestión práctica, sino porque cada objeto guarda una historia, una etapa de vida o un vínculo afectivo. Desde esta mirada, el desorden no es casual: muchas veces refleja inseguridades, miedos al cambio o dificultades para cerrar ciclos.
Especialistas en psicología señalan que prendas, cartas o recuerdos funcionan como anclas simbólicas. No se guarda el objeto en sí, sino lo que representa: una relación, un logro, una versión pasada de uno mismo. Por eso, tirar o donar puede vivirse como una pérdida personal.
Culpa, miedo y apego al pasado
Uno de los sentimientos más frecuentes al intentar ordenar es la culpa. Desprenderse de algo ligado a la historia familiar o personal puede generar la sensación de estar “borrando” parte del pasado. A esto se suma el miedo al arrepentimiento, expresado en la clásica pregunta: “¿y si después lo necesito?”. En muchos casos, aclaran los expertos, el temor no está en perder el objeto, sino en dejar atrás la experiencia que simboliza.
Este apego emocional suele intensificarse en personas más nostálgicas, ansiosas o sensibles, y también está influido por la cultura. En sociedades donde acumular se asocia a seguridad o éxito, soltar puede vivirse como un riesgo.
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Cuando el desorden habla del mundo interno
El entorno físico suele ser un espejo del estado emocional. La acumulación excesiva puede ir de la mano de ansiedad, saturación mental y sensación de estar desbordado. Ordenar provoca angustia porque obliga a decidir, priorizar y, en definitiva, a despedirse. Cuando los objetos ocupan no solo espacio físico, sino también espacio mental, el malestar se vuelve evidente.
Los especialistas advierten que, si guardar cosas genera angustia intensa, vergüenza o interfiere con la vida cotidiana, puede haber patrones de acumulación compulsiva que requieren acompañamiento profesional. Diferenciar entre valor real y apego simbólico es un primer paso clave.
Soltar como parte del crecimiento personal
Desprenderse de objetos tiene un fuerte componente simbólico. Psicólogos remarcan que los recuerdos viven en las personas, no en las cosas. Ordenar el entorno puede reducir la ansiedad, mejorar la concentración y favorecer una sensación de alivio. No se trata de lograr una casa perfecta, sino de coherencia entre el espacio y el momento vital.
Tomar decisiones, cerrar ciclos y priorizar lo que suma hoy ayuda a construir bienestar. Un ambiente más liviano suele traducirse en una mente más clara.
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Estrategias para soltar sin culpa
El proceso debe ser gradual y compasivo. Validar emociones como la nostalgia o el miedo es parte del camino. Algunas estrategias útiles son crear pequeños rituales de despedida, agradecer al objeto por su función, sacarle una foto o escribir unas líneas antes de donarlo. Donar, regalar o reciclar permite transformar el desapego en un acto positivo.
Actividades como el ejercicio, el mindfulness o hablar con personas de confianza ayudan a regular la ansiedad que aparece al ordenar. Y cuando el malestar persiste o se intensifica, buscar apoyo profesional no es una debilidad, sino una forma de cuidado.
En base a El Comercio/GDA



