Poco se sabe de la vida privada del escritor William Shakespeare: su obra sobrepasó su biografía. Es más, alguna vez circuló que detrás del creador de “El rey Lear” se camuflaban varios escribas. Lo cierto es que el dramaturgo nació en abril de 1564 en Stratford-upon-Avon, Reino Unido, y murió el 23 de abril de 1616 en el mismo lugar. Se casó con Anne Hathaway y tuvieron tres hijos: Hamnet y Judith, que eran mellizos, y Susannna. Hamnet falleció a los once años por una peste.


La película “Hamnet”, de Chloé Zao (Nomadland), tomó como protagonista a la mujer del literato, Anne Hathaway, a quien a menudo se la llamaba Agnes. Así será mencionada en la cinta, que está basada en el bestseller del mismo nombre de Maggie O’ Farrel.
La historia destaca la figura de Agnes, quien aparece opacada en la biografía oficial, y, si bien se basa en documentos históricos, ocupa espacios vacíos con una imaginación que es verosímil.
La descripción de Agnes transita caminos que la muestran con dotes de bruja, maga o ser etéreo que vive en el bosque y busca flores medicinales. A su vez, es una mujer y madre que lucha por llevar adelante a su familia y ayuda a “El bardo de Avon” a encontrar su destino literario en Londres y liberarse del yugo del padre cruel.
Los diálogos, la escenografía y los lugares, donde abunda la lluvia, que más que un fenómeno climático es una manifestación del espíritu, le dan un marco de fantasía y lirismo. Cada palabra dicha, cada gesto y mirada nunca están de más. No hay nada artificial en las actuaciones de los protagonistas Paul Mescal (Shakespeare) y Jessie Buckley (Agnes), que sin dudas se alzará con el Oscar a la mejor actriz protagónica.
Aquellos días primeros de incertidumbre y pobreza se tornan más amables cuando el talento de William se hace fama y comienza a ser requerido por las compañías teatrales como actor y autor; monta su propia compañía de teatro. El sol asomaba, aunque la familia estuviera lejos, en el pueblo, a la espera de una mudanza definitiva.
Pero sobrevino la peste que arrebató la vida del pequeño Hamnet. La lluvia otra vez. Agnes entró en un duelo infinito: ella, que conocía las pócimas para curar a otras personas, no pudo salvar a su niño. El autor, encerrado en el desconcierto por ver que su mujer se perdía en la oscuridad, optó por escribir y a los cuatro años de la muerte de su hijo publicó “Hamlet”, en su memoria.
No se trata de buscar finales edulcorados y amables porque la vida no es así la mayoría de las veces, pero en esta película se demuestra que el arte puede ayudar a comprender cosas inaceptables o encontrar un cierto consuelo y esperanza para seguir en la vida. La oscuridad y la luz en lucha constante.
La película goza de un naturalismo, sin exageraciones, que hace que la platea mantenga un silencio a prueba de toses y celulares. No importa no haber leído a Shakespeare, aunque siempre es saludable, porque puede ser leída como la tragedia de una familia cualquiera. Será por eso que el autor le ganó al olvido y hasta cualquiera sabe de qué se trata aquello de “ser y no ser”.
Cosas de chicos
Los actores que hacen de hijos del matrimonio merecen un capítulo aparte por su nivel de interpretación. Por el mismo peso en la historia se destaca Hamnet, que sortea con holgura momentos clave de la trama. Tiene rasgos muy parecidos a Orson Wells. Y las otras dos actrices también alcanzan niveles conmovedores en diálogos o frases con que muestran sabiduría frente al espanto.
Al leer los créditos aparece en la producción Steven Spielberg y entonces se puede entender el rol de los niños. El creador de “ET” recurrió al punto de vista infantil para contar sus películas en muchas oportunidades.
Además, el filme juega a mostrar el “detrás de escena” e invita a los espectadores a asomarse a una función teatral aunque estén en un cine. Hamnet es un encuentro con la palabra, las miradas, la belleza, la magia y los afectos. No es poca cosa.





