Durante años, los hijos únicos quedaron marcados por una serie de etiquetas que todavía circulan en el sentido común. Egoístas, solitarios, poco empáticos o “malcriados” son algunos de los adjetivos que se repiten, aunque la psicología hace tiempo que desarma esos prejuicios.
Así lo explica la psicóloga Jacqueline Orellana a Clarín, quien señala que estos «mitos clásicos» no se apoyan en la evidencia clínica, sino en una herencia cultural que se transmite de generación en generación.
Durante mucho tiempo, “se asoció erróneamente la socialización exclusivamente con el hecho de tener hermanos, como si aprender a convivir dependiera solo de la presencia de este único lazo y no de la calidad de los múltiples vínculos”, advierte la especialista (@psi.sexologia). Sin embargo, hoy la mirada es otra: “No hay rasgos de personalidad determinados por la estructura familiar en sí, sino por las dinámicas vinculares”.
¿Hay diferencias entre hijos únicos y chicos con hermanos?
Orellana afirma: “Las diferencias no son universales ni determinantes”. Si bien pueden aparecer ciertas tendencias -como una mayor autonomía o un lenguaje más elaborado en algunos hijos únicos, o una exposición más temprana al conflicto en chicos con hermanos-, ninguna de ellas define a una persona.

“La psicología no encuentra déficits emocionales ni sociales propios del hijo único”, remarca la especialista.
Más que la ausencia de hermanos, lo determinante es el clima familiar y el lugar que ocupa ese niño dentro de la trama de vínculos. “Pesan mucho más el estilo de crianza, la disponibilidad emocional de los adultos, el lugar simbólico que se le otorga al niño y el modo en que se tramita la diferencia”, explica.
En algunos casos, el hijo único puede quedar atrapado en un exceso de expectativas, idealización o sobreprotección. Pero, aclara la psicóloga, “eso no es consecuencia de ser único, sino de cómo los adultos organizan el vínculo”. En ese sentido, subraya un punto clave: “Educar implica introducir al niño en un mundo que no gira solo alrededor de él. Cuando la familia logra transmitir ese límite simbólico, la ausencia de hermanos deja de ser un problema”.
Con o sin hermanos
Más allá de la experiencia clínica, una investigación reciente volvió a poner bajo la lupa la relación entre estructura familiar y salud emocional. El estudio llamado Being an only child and children’s prosocial behaviors (Ser hijo único y las conductas prosociales en la infancia), publicado en la revista Nature Human Behaviour en 2024, comparó a personas que crecieron sin hermanos con aquellas que tuvieron uno o más.
La investigación analizó a 7.186 adultos jóvenes de entre 18 y 30 años de China, mediante evaluaciones de conducta y cuestionarios sobre experiencias infantiles. Según los resultados, los hijos únicos presentaron mayores niveles de satisfacción con la vida, menor impulsividad y menor necesidad de aprobación externa en comparación con quienes crecieron con hermanos.
Además, las pruebas mostraron que los hijos únicos tendían a ser más abiertos, más creativos y a tener un mejor desempeño en memoria. Los investigadores señalaron que estos resultados podrían estar vinculados a una mayor disponibilidad parental, más atención y una concentración de recursos emocionales y económicos.
En el informe, los autores subrayaron que, contrariamente a los estereotipos que asocian a los hijos únicos con problemas de conducta, los datos mostraron correlaciones positivas con la salud mental. “Un mayor acceso a recursos y una mayor atención y capacidad de respuesta de los padres pueden sentar las bases para el bienestar psicológico, la competencia intelectual y la madurez social”, concluyeron.
Cómo es ser hijo único, según la edad
En la primera infancia, ser hijo único rara vez aparece como un conflicto. “La mayoría de los hijos únicos no vive su condición como un problema en sí mismo”, señala Orellana. Cuando existen espacios de socialización -como el jardín, la escuela, los primos o las actividades-, los vínculos con otros chicos se construyen sin mayores dificultades.
En esta etapa, es frecuente encontrar “chicos cómodos en el juego solitario, con buena capacidad imaginativa y facilidad para interactuar con adultos, sin que esto implique aislamiento”.

En la niñez media, pueden surgir preguntas como “¿por qué no tengo hermanos?” o “¿cómo sería tener uno?”, generalmente ligadas a situaciones concretas. “Aquí dependerá de cómo ese niño vive las carencias o faltas, si intenta compensar lo que no tiene desde la propia subjetividad o en comparación con los otros”, explica.
Durante la adolescencia, la experiencia puede leerse de maneras muy distintas. Para algunos jóvenes, no tener hermanos se vive como una ventaja: más autonomía, espacios propios e intimidad. Para otros, puede aparecer “la sensación de soledad o de exceso de mirada adulta”, sobre todo cuando quedan muy capturados por las expectativas familiares.
«La experiencia de ser hijo único dependerá del sentido que cada sujeto construye a partir de su historia y de los vínculos que lo rodean», afirma Orellana. Y cierra: «No es la estructura familiar la que define la vivencia, sino la manera singular en que cada niño y cada adolescente habita ese lugar».

