Alec Ryrie es un historiador británico, profesor de historia del cristianismo en la Universidad de Durham, exprofesor de teología y autor de una gran cantidad de libros sobre el cristianismo, desde la Reforma hasta la era moderna. En su más reciente título, La era de Hitler, (Gatopardo ensayo) con traducción al español a cargo de María Antonia de Miguel, explica cómo el líder de la Alemania nazi se convirtió en el símbolo absoluto del mal después de la Segunda Guerra Mundial y cómo durante décadas esa referencia se mantuvo intacta como faro en las decisiones relativas a la moral.

Pero, ¿qué sucede cuando los referentes del pasado dejan de funcionar? Este es uno de los interrogantes que plantea Ryrie en el libro. Sobre ese y otros temas dialogó el autor con Clarín.
–¿Cómo surgió la idea de escribir sobre La era de Hitler?
–Soy historiador de un periodo anterior, así que, en realidad, aquí me estoy saliendo de mi terreno. Mi excusa es que llevaba tiempo pensando en la larga historia del cristianismo y de la secularización y, cuando miras nuestra época a través de ese prisma, empiezas a ver cosas que, de otro modo, nos parecen demasiado obvias como para reparar en ellas. Cuando me di cuenta de que la Segunda Guerra Mundial había sido el acontecimiento moral definitorio de nuestra era, y de que fue esa experiencia histórica –más que las filosofías seculares– la que determinó los valores del mundo de posguerra, ya no pude dejar de verlo. Muy pronto empezó a parecerme que todo encajaba en ese relato. Solo entonces comprendí también que esto ayuda a explicar por qué nuestros valores están cambiando tan rápidamente ahora.
–¿Cómo se podría definir La era de Hitler en pocas palabras?
–De forma sencilla: como la época en la que hemos definido nuestros valores principalmente en referencia a los nazis y a la Segunda Guerra Mundial; la era en la que Hitler ha sido el principal punto fijo de nuestro sistema moral. Podemos discrepar sobre muchas cosas, pero todos aceptamos que el nazismo es el mal: de hecho, es el referente principal del mal. Si quieres demostrar que algo es malo, lo comparas con los nazis.
–¿Cómo fue la selección de referencias culturales de la “mitología pop”, desde Seinfeld a Tarantino y de El señor de los anillos a Harry Potter?
–Fue una selección bastante personal: simplemente cosas que conocía y que encajaban en el patrón. Son solo algunos ejemplos; nuestra obsesión con la Segunda Guerra Mundial y con los nazis es tan omnipresente que podría haber elegido muchos otros. Los que me parecen más importantes, curiosamente, son los relatos de fantasía y ciencia ficción –Tolkien, Star Wars, Harry Potter– porque muestran cómo la historia de la Segunda Guerra Mundial se transforma de historia en mito. La ficción, especialmente la fantasía y la ciencia ficción, te permite reescribir la historia para que diga exactamente lo que quieres y necesitas que diga; por eso creo que esos mitos, que se han vuelto tan extendidos e influyentes, revelan con mucha claridad en qué creemos realmente.
Genocidio y antisemitismo
En el libro Ryrie afirma: “En la era posterior a la Segunda Guerra Mundial en que nos ha tocado vivir, la ‘humanidad’ es nuestra fe común. Los filósofos del derecho emplearon el concepto de forma muy deliberada (…) La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y la Convención Europea de Derechos Humanos (1950) surgieron como respuesta explícita al nazismo”.
Y luego agrega: “Desde finales de los 60, como mínimo, los términos ‘nazi’ y ‘fascista’, se han venido empleando a la ligera para referirse a toda clase de conductas políticas y morales reprobables, a veces sin que exista conexión alguna con los movimientos políticos de origen”. Además, el autor analliza la utilización no siempre correcta de los conceptos ‘antisemitismo’ y ‘genocidio’.

–¿Fue difícil la decisión de escribir sobre genocidio y antisemitismo en una época en la que los dos conceptos son abordados en forma por lo menos polémica?
–Sí, sin duda. Pero la gran ventaja de escribir sobre historia –incluso historia reciente– es que puedes limitarte a hablar de lo que realmente ha ocurrido, en lugar de lo que debería ocurrir. Mi instinto es siempre tomar distancia y tratar de adoptar una perspectiva de largo plazo, evitando quedar atrapado en los relatos políticos de uno u otro bando. Cuando una sociedad está dividida en dos sobre una cuestión, puede ser que un lado tenga toda la razón y el otro esté completamente equivocado, pero eso es bastante poco habitual. Lo más frecuente es que ambos tengan, al menos, algunas buenas razones para pensar y sentir como lo hacen. Yo quiero intentar comprender esas razones, incluso –y especialmente– cuando no estoy de acuerdo con ellas.
–¿Influyeron estas cuestiones en la decisión de escribir el libro?
–Eso fue lo que hizo que escribir el libro me pareciera urgente. Hay personas tanto en la extrema izquierda como –sobre todo– en la extrema derecha que están utilizando algunas de las ideas de las que hablo de formas que me resultan aterradoras. El retorno del antisemitismo generalizado, tanto en la izquierda como en la derecha, es la señal más evidente y tristemente previsible de todo esto. Pero esos debates están aquí y no podemos simplemente volver a los años noventa, aunque quisiéramos. La única salida es avanzar. Por eso la parte final del libro intenta que ambos bandos de nuestras guerras culturales se escuchen entre sí y reconozcan que necesitan lo mejor que el otro puede ofrecer.
–¿Qué fue lo más sorprendente de la investigación realizada para escribir el libro y cuál fue el principal aprendizaje?
–Estudiar el ateísmo moderno y los valores “humanistas” que sostienen la mayoría de los ateos contemporáneos: la libertad individual, la igualdad humana, la autonomía corporal (y sexual). El momento revelador para mí fue darme cuenta de que hoy en día la mayoría de nosotros consideramos esos valores como intuitivamente obvios, cuando para la mayor parte de la humanidad, durante la mayor parte de la historia, habrían resultado muy extraños, incluso ofensivos. Eso significa que nuestra intuición –nuestro sentido de lo que es evidente, de lo que se da por sentado– no es un valor universal, sino el producto de nuestra propia historia y de nuestras circunstancias. Y eso implica que puede cambiar a medida que cambian esas circunstancias. Eso es lo que está ocurriendo ahora mismo en todo el mundo. Hacia dónde evolucionen nuestros valores a partir de aquí es una cuestión verdaderamente abierta.

El lugar de Hitler hoy
En cuanto al lugar que ocupa hoy la figura del führer, sostiene el autor británico: “Es un objetivo en movimiento. A lo largo de mi vida ha pasado de ser una figura histórica a convertirse en un referente moral. Ahora corre el riesgo de transformarse en un símbolo cultural: se puede ver cómo algunas personas intentan reapropiarse de él para sus propios fines. Pero creo que el gran cambio es que está empezando a retirarse hacia el pasado. Ocurrió hace ya mucho tiempo. Cada vez quedan menos personas con familiares que lo recuerden directamente. Con el tiempo –no todavía, pero llegará– volverá a ser simplemente una figura histórica más: otro dictador brutal que inició una guerra en una época lejana. Espero que sigamos recordando las lecciones morales que nos enseña su historia, pero que dejemos de intentar construir todo un sistema de valores en torno a ellas”.
La era de Hitler, de Alec Ryrie (Gatopardo ensayo).

