En un momento en que proliferan las campañas contra el desperdicio alimentario y que el consumidor está cada vez más sensibilizado con el impacto ambiental de lo que come, los grandes bufets de desayuno empiezan a resultar difíciles de justificar. La lógica de la abundancia —bandejas que se reponen sin cesar, bollería expuesta durante horas, frutas cortadas que pierden frescura a media mañana— choca con un contexto que no solo exige contención y eficiencia, sino que también valora la materia prima fresca de temporada y proximidad. Servirse más de lo que se va a consumir forma parte casi del ritual del autoservicio, y buena parte de esa comida termina inevitablemente en la basura.
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