Si no gusta este método de medir la inflación o no conviene aplicarlo por razones políticas, hay otro más conveniente aunque no refleje la realidad. Parafraseando a Groucho Marx (”Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”), el Gobierno ratificó que cualquier factor que pudiera afectar la sensación de la baja del costo de vida será bloqueado, a pesar del costo político que pague. Simultáneamente, firmó con el gobierno de Donald Trump un acuerdo de comercio e inversiones que sella la viga maestra de su estrategia global que es la alineación absoluta y acrítica con la Casa Blanca. En un tiempo corto, entonces, quedaron expuestas con claridad las líneas principales de la gestión Milei: equilibrio macroeconómico y trumpismo puro y duro.
Hay un tercer factor también evidente. Desde la victoria de octubre, Milei carece de oposición articulada y, lo que es más favorable para el libertario, es que no aparece una propuesta que despierte algún entusiasmo. Solo hay actos de resistencia y aun en la impugnación, el peso del pasado le resta legitimidad a la crítica. El caso del INDEC les hizo tomar al peronismo su propia y amarga medicina.
El alejamiento de Lavagna es producto de un incumplimiento del Gobierno, prometido también al FMI, y de la certeza de que su aplicación mostraría que a la inflación no solo le está costando roer un piso sino que puede aún rebotar. Urgido por justificar la decisión, Caputo prometió construir un nuevo índice que reemplazaría al de Lavagna, que no se aplicó, porque dicen tambien había quedado viejo. Todo raro: al final, sigue un método tradicional para calcular el IPC que había sido descartado porque no reflejaba las nuevas tendencias de consumo de la sociedad.
Un galimatías para un Toto Caputo, en nombre de Milei, que evidenció en todo el episodio que la deslegitimación del índice, como en los tiempos del kirchnerismo, puede ser una razón de Estado.
“No debe, pues, un príncipe ser fiel a su promesa cuando esa fidelidad le perjudica y han desaparecido las causas que le hicieron prometerla”, prescribía Nicolás Maquiavelo el primer teórico de la política moderna, en 1532. La “muerte” de su teoría la anunció Milei en Davos en enero pasado, aunque se ve que está insepulta.
Claro que Caputo no se acordó de Maquiavelo pero sí de una marca con nombre italiano, Massimo Dutti, más fashion que el florentino, cuya ropa compra en el exterior porque aquí está muy cara. Otra demostración que las declaraciones no son el fuerte del ministro aún en los ambientes más amigables, a los que debió recurrir dos veces consecutivas para aclarar lo que nunca debió hacer o decir. Se explica, así, el terror que tiene de concurrir a cualquier audiencia en el Congreso. En versión conspirativa, le colgaron a Sergio Massa la autoría de la salida planificada de Marco Lavagna, después de haber servido más de dos años en la gestión Milei. Nadie la tomó en serio, salvo los prolíficos propaladores oficialistas.
Para tapar este tema, zamparon otro como la oficina de réplica oficial (copiada de la Casa Blanca) con la exclusiva misión de responder noticias que el gobierno juzga que son falsas u “operaciones”. Debutaron con una nota de Clarín: si supieran la fuente, que no se puede revelar por compromiso profesional, se mirarían de reojo entre ellos.
Es que los peores enemigos de esta administración son sus propios errores. El mercado se los advirtió esta semana.
La euforia que desató la firma del acuerdo de comercio e inversiones con Trump es justificada. Es la certificación de que la elección estratégica rinde sus frutos. La relación con Washington no puede ser nunca “simétrica”, como teorizaba otro Caputo (Dante) cuando era canciller de Alfonsín, y esa asimetría quedó plasmada en el documento, cuyo capítulo cuarto pone a la Argentina como un jugador activo en defensa de la seguridad nacional de Estados Unidos, esto es comenzar a poner distancia de los negocios de China cuando la Casa Blanca determine que pueden afectar sus intereses.
Milei necesita el respaldo de Trump y han quedado huellas fuertes de las preferencias regionales del magnate americano apoyándolo. El presidente viajará dos veces en poco tiempo de nuevo a Estados Unidos: considera que allí se juega el principal partido de su fortaleza política para lanzarse a la reelección de 2027.
Presuntamente iría con la reforma laboral aprobada si, finalmente, se cumple la promesa del ministro Diego Santilli a los gobernadores de eliminar el capítulo fiscal que perjudica a las provincias. El ex vicejefe de Larreta quiere avanzar en la mesa política con esta propuesta, acompañado por Patricia Bullrich. También Santiago Caputo y Karina Milei, por separado, tienen conversaciones con sindicalistas sobre aportes sindicales, a obras sociales y la ultraactividad. La movilización de este miércoles es presentada como una muestra de no romper la negociación. Por eso, dicen, no lanzaron un paro general, una coartada para evitar el fracaso de una medida de fuerza que no pueden garantizar.
Como la CGT, que en el fondo discute a quién representa en esta nueva época, esa crisis de representatividad atraviesa al peronismo que está coagulado en una visión del mundo que está desapareciendo rápidamente. ¿Representa hoy el peronismo a quienes dice representar? es la pregunta que se hunde en lo más profundo de la identidad de ese movimiento.
No se ha planteado esa cuestión filosófica pero vital. En cambio siguen los movimientos intestinos: Kicillof logró ser el jefe del peronismo bonaerense pero Máximo controlará el congreso partidario y la junta electoral, el poder real.
El gobernador quiere ser el candidato presidencial el año próximo y aspira a estar lejos de la larga mano de Cristina Kirchner. Alberto Fernández anhelaba lo mismo. Así le fue.

