Por Claudio Fantini*
La guerra comenzó con un bombardeo de precisión quirúrgica pese a que la negociación entre las partes estaba abierta. Es inconcebible que el ayatolá Jameneí, líder religioso, político y militar de la República Islámica de Irán, haya bajado la guardia así, dando lugar a un hecho absolutamente inédito.
En los casi 50 años de la teocracia chiita, desde la Revolución de 1979, nunca había habido una decapitación del régimen. Solo hubo una sucesión en 1989, cuando el ayatolá Jomeini falleció por muerte natural y se registró una transición muy ordenada, con un cambio de prioridades hacia la destrucción de Israel.
Por eso, ahora, Irán ha entrado en la dimensión desconocida: es muy difícil saber qué está ocurriendo. Lo que podemos decir es que el régimen mantiene su poderío interno como capacidad de represión de protestas y que, al menos hasta ahora, sigue teniendo capacidad de ataque externo.
Tablero internacional
Es posible que Estados Unidos haya entrado a la guerra por una extorsión de Benjamín Netanyahu a Donald Trump en el marco de la causa por pedofilia contra Jeffrey Epstein. Esa investigación es una mancha venenosa que logró tumbar al ahora expríncipe Andrés, pero en Estados Unidos, increíblemente, hasta ahora no pasa absolutamente nada. Además, Trump es completamente funcional a Vladimir Putin y, si bien coinciden ideológicamente porque son ultraconservadores, podría ser estar siendo chantajeado.
Hasta esta ahora, la República Islámica de Irán demostró una capacidad de respuesta que por lo menos le permitió devolver golpes, aunque no se sabe por cuánto tiempo podrá seguir haciéndolo. Pero se la ha visto bastante sola: sus aliados están mirando para otro lado.
Como principal comprador del petróleo iraní, China quiere que se destrabe el estrecho de Ormuz, clave para el comercio de petróleo. Y Rusia, por su guerra de ya cuatro años en Ucrania, no tiene capacidad para devolver el favor y enviar municiones a Irán por los drones que le suministró.
*Analista internacional



