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Jenni Fagan: Nueve pisos del siglo XX

La hija del diablo flota dentro de un ataúd sobre el Atlántico Norte, llega a la costa de Edimburgo, se levanta y camina directo a Luckenbooth, el edificio que da nombre a la novela de Jenni Fagan, y resulta uno de sus protagonistas. Con un comienzo así de potente, la historia recorre el siglo XX alternando nueve historias independientes, nueve personajes y nueve décadas, que a la larga se enlazan para exponer la marginalidad, la venganza y la desolación de una humanidad en ruinas. Y eso no es lo más excepcional: lo verdaderamente extraordinario es la multiplicidad de sentidos que puede darse a la narración, que se lee con vértigo.

La chica que flota en un ataúd se llama Jessie McRae y la única marca visible de su origen son los cuernos en la frente. Su padre –el diablo– la vendió al matrimonio Udnam para que engendre un hijo para ellos. En el año 1910, la esperan en el primer piso del edificio y ese encuentro va a transformarla. Si es capaz de encarnar el mal y lanzar una maldición contra el lugar, a la vez es la única con poder suficiente para luchar contra él.

La segunda historia transcurre en 1928. Flora es “una única criatura perfecta hecha de polvo de estrellas”, como le dice un amante. Es chicochica, hermafrodita, y deambula por un departamento del segundo piso, en medio de una fiesta con alcohol, drogas, alguna orgía. Udnam, esta vez, aparece para poner orden, en nombre de la religión. Es decir, esgrime el discurso del bien, pero se nota que sólo quiere ejercer poder para dominar y hacer daño. “El edificio nos toca como si fuéramos instrumentos de una orquesta”, piensa Levi, el norteamericano que se aloja en el tercer piso. Vive en 1939, trabaja en la Biblioteca de huesos, ve a los veteranos de guerra practicar tiro en el sótano de la facultad, siente fantasmas y es testigo de un asesinato atroz, injustificado, en la calle.

La atmósfera de todas las historias tiene la oscuridad del gótico, en esa clave que llena el presente de un pasado que pervive porque necesita ser dicho o resuelto. No hay nada autobiográfico en la trama; aun así, la vida de Fagan podría funcionar como la chispa feroz que proyecta las sombras de la desigualdad. En Ootlin, sus memorias todavía sin traducir, la escocesa cuenta que su madre era adicta a la heroína y en cuanto nace la deja en el sistema de orfanatos de Escocia.

Ahí transcurren los primeros 16 años de su vida, en un ida y vuelta entre posibles familias que parecían adoptarla, y luego la devolvían. Fue víctima de múltiples abusos, incluido un abuso sexual, hasta que se escapó del sistema y vivió varios años sin techo. Más adelante escribió, fue parte de varias bandas de grunge y se doctoró en filosofía en la Universidad de Edimburgo.

Si bien las historias que integran Luckenbooth son independientes, contienen algunos detalles que las van hilando en una trama total. Aparecen, entre otras, un minero, una médium, una ocupa, un grupo de criminales. Es evidente que la imaginación de Fagan es exuberante; recorre los márgenes de un siglo cruzado por las guerras, el totalitarismo, arreciado por un individualismo rapaz. Y lo hace en una escritura que desborda pasión, en un lenguaje sensual y eléctrico, que se aprecia en todo su esplendor gracias a la traducción de Micaela Ortelli.

Y hay más aún: William Burroughs protagoniza una de las historias. Convive con su amante en el sexto piso. Habla de poesía, de amor, de sexo y de ese edificio que lo aloja. “Quizás si hablamos de un programa dentro de un programa mayor que nos contiene a todos, un código si quieres, entonces, tal vez, la forma escrita sea la más antigua de las artes. Entonces, piensa esto: los códigos están hechos para romperse”. Ilimitada, fantástica y profundamente real, la narración se sostiene en una arquitectura que excede los géneros, por momentos historia queer, por momentos fantástica, incluso histórica. Luckenbooth se mueve en los márgenes de una sociedad rapaz, y desde ese borde nos deja a la intemperie.

Luckenbooth, Jenni Fagan. Trad. Micaela Ortelli. Queequeg Press, 376 págs.

Verónica Boix

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