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Juan José Sebreli: esparcieron sus cenizas en Plaza Constitución y cumplieron su última voluntad

Y se cumplió su voluntad. Las cenizas del intelectual Juan José Sebreli, fallecido el 1º de noviembre de 2024 a los 93 años, fueron esparcidas al pie de un árbol de Plaza Constitución, barrio porteño donde vivió durante 40 años de su vida junto a su madre, y que caminó palmo a palmo.

El periodista y abogado Marcelo A. Gioffré y el ministro de Desarrollo Económico de la Ciudad, Hernán Lombardi, junto a otros amigos del ensayista. Foto: Luciano Thieberger.

Un grupo de amigos del autor de Comediantes y mártires se reunió al mediodía de este viernes de verano en la puerta de la Iglesia Inmaculado Corazón de María, en la calle Constitución al mil.

Allí se encontraron el embajador Maximiliano Gregorio Cernadas y su esposa, la periodista y crítica Cecilia Scalisi; la poeta Alina Diaconú; el documentalista Pablo Racioppi; los ensayistas Roberto Azaretto y Carlos Cámpora; el editor Roberto Montes; la historiadora Carolina Carman; el escritor Marcelo Gioffre –quien llegó al punto de encuentro portando la urna con los restos de Sebreli–; el exembajador en China Diego Guelar; el ministro de Desarrollo Económico de la ciudad, Hernán Lombardi; el director del Archivo General de la Nación, Emilio Perina Konstantinovsky; la periodista Silvia Mercado; el abogado Carlos Balduzzi, entre otros.

También estuvieron Miguel Ángel Almeira, Nicanor Gioffré, Facundo de Zuviria, Liliana de Riz, Gabriela Saldaña, Horacio Tarcus, Alberto Maldonado, Josefina Delgado, Graciela Melgarejo, Cristina Mucci y Cristina Bazán, última cuidadora del autor de Revoluciones (su último libro) durante una década, además de otros amigos de la tertulia El Olmo, siguiendo esa tradición que tanto apreciaba Sebreli: la de debatir e intercambiar ideas.

“En caso de muerte”

El punto de encuentro estuvo en las antípodas del pensamiento de Sebreli, nada menos que una iglesia, pero, para no perderse, fue el lugar adecuado. Gioffre leyó entonces, en la entrada, el pedido del intelectual a sus amigos para cuando ya no estuviera. Es una carta fechada en 1982, en cuyo sobre, color sepia por el tiempo, se leía, subrayado y en mayúsculas: “Para abrir en caso de muerte”. Todo escrito con una máquina de escribir.

No fue su testamento ológrafo ni público (dejó ambos), pero sí es válido como documento de última voluntad. “Si surgen dificultades burocráticas para la utilización del cadáver, o si quedan restos irrecuperables, estos serán cremados. La destrucción del fuego es más digna que la descomposición y asimilación por organismos inferiores”, escribió Sebreli.

“No dejo de advertir –continuaba la carta– el aspecto grotesco de estas reglamentaciones y planificación macabra, pero quienes me conocen saben que está en total acuerdo con mi vida, en la que he tratado siempre de planificar la contingencia, de organizar el azar, por lo que no debe asombrar que trate ahora de racionalizar en lo posible esta irracionalidad de la muerte”.

El ensayista pidió: «Mis cenizas no deben conservarse en nichos de cementerio por razones estéticas, prefiero que sean arrojadas al viento en agun lugar apropiado donde pueda resultar menos molesto a quienes deban ocuparse de tan engorrosa tarea».

Y concluyó: “Mi deseo de no dejar vestigios de mi cuerpo no significa de ningún modo una actitud autonegativa. Por el contrario, tengo la esperanza de no ser olvidado, de seguir viviendo en el recuerdo de quienes de uno u otro modo me han querido, y, si fuera posible, trascender mi época, sobrevivir en la memoria de mis libros, que es lo mejor que queda de mí mismo”.

Las cenizas del ensayista Juan José Sebreli fueron esparcidas al pie de un árbol en Plaza Constitución, el barrio porteño donde vivió cuatro décadas. Foto: Luciano Thieberger.

Leída la misiva, hubo un breve aplauso y, enseguida, se dispusieron las cenizas del autor de Desobediencia civil y libertad responsable al pie de un frondoso árbol en un costado de Plaza Constitución.

Y allí los amigos se largaron a contar anécdotas sobre los días transcurridos en compañía de Juan José Sebreli, las tertulias en La Biela, su última aparición en público, las caminatas que hacía hasta el centro cuando vivía en la calle Constitución al 1200, apenas dos cuadras arriba de donde quedaron hoy sus restos. Sus paseos por el barrio de su juventud con Oscar Masotta y Carlos Correa, o sus charlas con Héctor Murena, “el único escritor pobre que había en Sur”, como le contó a su amiga, la poeta Alina Diaconú.

Precisamente Alina Diaconú, presente en este tributo, compartió con Clarín que Sebreli fue para ella “el Schopenhauer argentino. Una mente brillante, un transgresor, un iconoclasta, un renovador. Con la mente preclara de un vidente, junto a una memoria histórica en la cual bregaba por la búsqueda de verdad, sin concesiones o conveniencias ideológicas. Se animaba a decir lo que otros callaban, con vehemencia, con un verdadero patriotismo”.

Recuerdo con cariño

El embajador Cernadas y su esposa lo recuerdan con mucho afecto, un año y tres meses después de su muerte: “En nuestro salón cultural él tenía un lugar especial. Lo conocimos en Berlín, adonde había llegado de paseo, y lo primero que nos pidió fue conocer las entrañas de la Ópera. Siempre tuvo una idea clara de lo que quería ver y hacer. Era, además, muy sensible. Fue una figura rectora en lo intelectual, lo ético y lo estético. Es irremplazable”.

Su última voluntad estuvo clara 40 años antes de su partida. Quería donar sus órganos o que su cuerpo sirviera a la ciencia, y evitar así “todo tipo de ceremonia o ritual, solemnidad o protocolo o pompa”, tal como expresó, con la recomendación expresa de que no debía permitirse “la instalación de ningún crucifijo u otros símbolos religiosos o sacramentos”.

El periodista y abogado Marcelo A. Gioffré y el ministro de Desarrollo Económico de la Ciudad, Hernán Lombardi, junto a otros amigos del ensayista. Foto: Luciano Thieberger.

Sebreli volvió a Constitución para fundirse con el aire, en una plaza de la ciudad que abrazó y que tan bien retrató en Buenos Aires, vida cotidiana y alienación: “Mi cultura visual de Buenos Aires se alimentaba, ante todo, del viejo cine argentino de las décadas del treinta y cuarenta, que reveía recorriendo las salas de barrio antes de su desaparición. En esas películas, sobre todo aquellas despreciadas por la crítica o de clase B, se podían descifrar, como en un involuntario documental, los cambios imperceptibles de la ciudad, la manera de hablar, los gestos, la decoración de los interiores, el aire del tiempo. Buenos Aires era la combinación de pensamiento abstracto y ficción novelesca, también plástica y cinematográfica o periodística… pertenecía ella misma a un género híbrido y mestizo”.

Redacción

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