Siendo uno de los «Padres Fundadores» de Estados Unidos y famoso por ser el rostro del billete de 100 dólares, Benjamin Franklin (1706-1790), fue un político, científico, inventor y escritor que también dejó frases para la posteridad como: «Más vale bien hecho que bien dicho«.
Hijo de un fabricante de velas de Boston que había emigrado desde Inglaterra, era el decimoquinto de diecisiete hijos. A los 12 años se convirtió en aprendiz en la imprenta de su hermano James. Poco tiempo después comenzó a escribir ensayos y sátiras.

Fue, sin dudas, un científico visionario. Experimentó con la electricidad, introduciendo el concepto de “fluido eléctrico” y demostrando que el rayo era una manifestación eléctrica. Por su famoso experimento del barrilete, realizado alrededor de 1752, obtuvo reconocimiento internacional. Inventó el pararrayos y la estufa de leña.
Como hombre de acción, también tuvo un papel decisivo en la política estadounidense y fue uno de los principales redactores de la Declaración de Independencia de 1776. Hasta que murió en Filadelfia a los 84 años, Franklin no paró de realizar cosas y estar ocupado con diversas inquietudes.
Este hombre solamente entendía de resultados, su frase es la equivalente a una que suena en la actualidad: «Hechos, no palabras». Franklin era un hombre que fundó bibliotecas, inventó cosas y ayudó a redactar la Constitución de los Estados Unidos: sabía que el mundo no se cambia con discursos, sino con acción.

Por esto, su frase «más vale bien hecho que bien dicho» se convirtió en una de sus máximas más famosas, que apareció originalmente en el libro de su autoría «Almanaque del pobre Richard», de 1737, que escribió bajo el seudónimo de «Poor Richard» o «Richard Saunders».
Si pensamos en palabras de hoy en día, dicha frase vendría a combatir la procrastinación, palabra que se puso de moda desde hace años y que hace alusión a postergar una tarea importante por pereza o porque no es de las más agradables.

La frase de Franklin y su ejemplo cierra toda chance a la postergación. Cuando uno es consciente de que el valor real reside en terminar la tarea y no en la promesa de hacerlo, el cerebro deja de negociar con el mañana. El autor estadounidense nos enseña que la mejor forma es dar siempre un primer paso antes de dejarlo solamente en palabras.
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