Poco a poco los barceloneses van conociendo la azarosa vida de las supermanzanas de Barcelona. La transformación ciudadana que proyectó el Ayuntamiento bajo el reinado de Ada Colau sigue dando quebraderos de cabeza a todos aquellos que aportamos impuestos a la ciudad. Se antojó como la arcadia feliz de los paseantes y el proyecto no deja de acumular sentencias condenatorias. La explicación de ese intríngulis la tienen ustedes en el didáctico artículo que escribió ayer el vicedirector de La Vanguardia en estas páginas. Seis condenas reprueban el modo de cómo se orquestó la reforma y sus errores a la hora de contar con la participación ciudadana.

Una imagen de la calle Consell de Cent
Àlex Garcia / Propias
Pero ahora el problema lo tiene el actual Consistorio, que no puede dejar de presentar recursos judiciales a los desaguisados para evitar que la subvención de los fondos New Generation tenga que ser devuelta. La situación es grave. Es evidente que no habrá marcha atrás en las supermanzanas porque la ciudad no puede permitirse más boquetes abiertos en el asfalto, precisamente en un momento en el que muchas vías principales de la ciudad se ven afectadas por obras que le complican la vida a los barceloneses. Pero la retahíla de sentencias condenatorias tiene que servir al menos para afear la manera de gobernar que tuvo esta ciudad en sus particulares años de plomo podemita.
Una administración no puede hacer las cosas tan mal ni arrojar a los ciudadanos a una situación de flagrante ilegalidad. Es cierto que hay muchos barceloneses que aplaudieron la construcción de las supermanzanas, pero no creo que nadie pueda estar de acuerdo en que esa decisión tenga que lastrar a la ciudad en los tribunales, o en las cuentas europeas. A quienes apoyaron esos ejes verdes, esos espacios que prometieron una sensación de libertad y de goce para el transeúnte, quizás habría que preguntarles ahora cuando ven a diario cómo esas arterias se han transformado en un aparcadero de camionetas y camiones. Se pretendió y se consiguió sacar los coches de esas vías pero los automóviles se han sustituido por vehículos de reparto. El resultado final es que el tráfico de Barcelona ha empeorado, la calidad de vida en esas calles no ha mejorado, y el precio de los alquileres se ha revalorizado. Vamos, un bingo perfecto.
Las sentencias contra los ejes verdes han de servir para afear el modo de gobernar Barcelona en los años ‘podemitas’
La lección aprendida tiene que servir para algo. Al menos para exigirle a la administración que gobierna que cumpla con la ley y que exima a sus ciudadanos de hipotecas futuras. Publicaba este diario hace unos días el interés de los inversores y de las marcas por establecerse en calles que ofrecían unos costes de alquiler más asequibles para los negocios que los ofertados en las calles más nobles de la ciudad. Quizás eso sea una pequeña salvación para el desastre proyectado. A más establecimientos de calidad en esas islas, menos intromisión de los elementos que han ocupado ese espacio ciudadano. Veremos.