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La historia real detrás de “Emergencia Radiactiva”, la serie furor de Netflix

Netflix estrenó la serie brasileña Emergencia Radiactiva, una producción que reconstruyó uno de los episodios más impactantes de la historia reciente de América Latina. Aunque su trama puede parecer propia de la ciencia ficción, lo que mostró tuvo base en un hecho real: el accidente radiológico con cesio-137 ocurrido en 1987 en la ciudad de Goiânia, Brasil.

El origen: Una cápsula de radioterapia en el olvido

El desastre se gestó en el Instituto Goiano de Radioterapia (IGR), una clínica privada que, al mudarse de sede en 1985, dejó abandonada una unidad de teleterapia en un edificio en ruinas del sector Aeroporto. El equipo contenía 19,26 gramos de Cesio-137 en forma de cloruro, con una actividad de 50,9 terabequerelios (1.375 curies). Se trata de un isótopo radiactivo artificial que emite radiación gamma altamente penetrante y posee una vida media de unos 30 años.

El caso que conmocionó a Brasil se convirtió en una de las series de Netflix más vistas del año.

El 13 de septiembre de 1987, dos chatarreros, Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira, ingresaron al predio abandonado. Sin advertencias ni custodia que lo impidiera, extrajeron el pesado aparato de plomo y acero y lo trasladaron en carretilla hasta la casa de Roberto, a unos 600 metros, con el único fin de vender sus materiales.

El resplandor azul: El inicio de la dispersión

Tres días después del hallazgo, Roberto logró perforar la cápsula blindada con un destornillador. Fue entonces cuando observó un resplandor azul intenso, fenómeno provocado por la fluorescencia del cesio al contacto con la atmósfera.

El 18 de septiembre, los jóvenes vendieron las piezas al dueño de un depósito de chatarra, Devair Alves Ferreira, quien, cautivado por el brillo, involucró a familiares y amigos en la admiración del material, sin sospechar que estaban ante dosis letales de radiación.

La cadena de exposición se ramificó de forma descontrolada:

  • Contaminación infantil: Ivo Alves Ferreira, hermano de Devair, llevó fragmentos a su hogar. Su hija, Leide das Neves Ferreira, de solo 6 años, jugó inocentemente con el polvo y se lo aplicó sobre su cuerpo.
  • Propagación ambiental: Lluvias intensas entre el 21 y 28 de septiembre dispersaron el material por techos y superficies, complicando la posterior respuesta sanitaria.
  • Contacto social: El Cesio-137 circuló en bolsillos, bolsos y transporte público, afectando a personas de diversas edades y oficios que interactuaron con el material sin protección alguna.

Síntomas y retraso en el diagnóstico

Los primeros síntomas —vómitos, mareos y diarrea— aparecieron a los pocos días, pero fueron confundidos por médicos y farmacéuticos con intoxicaciones alimentarias o cuadros de gastroenteritis. Esta demora en identificar la causa real fue un factor crítico que agravó la magnitud del desastre.

Más de 112.000 personas fueron evaluadas por las autoridades sanitarias para detectar niveles de contaminación tras la propagación silenciosa del componente por la ciudad.

La alarma definitiva sonó el 28 de septiembre, cuando María Gabriela Ferreira, esposa de Devair, relacionó la enfermedad de su familia con el contacto con la cápsula y la trasladó a la Vigilancia Sanitaria declarando: “Esto está matando a mi familia”. El físico Walter Mendes Ferreira confirmó la presencia de la fuente radiactiva al día siguiente, activando la denominada «Operación Cesio-137».

Respuesta de emergencia y saldo de víctimas

Las autoridades convirtieron el Estadio Olímpico de Goiânia en un centro de monitoreo masivo donde se evaluó a unas 112.800 personas. De ellas, 249 presentaron contaminación confirmada y 129 fueron seleccionadas para monitoreo médico permanente. Las tareas de limpieza enfrentaron retos considerables debido a la solubilidad del componente, lo que obligó a la demolición de siete casas y la remoción de grandes volúmenes de tierra.

El accidente comenzó en septiembre de 1987, cuando una cápsula con cesio-137 fue abandonada sin control en una clínica de Goiânia.

El saldo fatal incluyó cuatro muertes directas por síndrome agudo de radiación en octubre de 1987:

  1. Leide das Neves Ferreira: Falleció el 23 de octubre tras sufrir hemorragias y daño multiorgánico. Se convirtió en el símbolo de la tragedia.
  2. María Gabriela Ferreira: Murió el mismo día por septicemia radiactiva tras haber sido la pieza clave para alertar a las autoridades.
  3. Israel Baptista dos Santos y Admilson Alves de Souza: Empleados del depósito de chatarra expuestos durante el desmantelamiento del equipo.

Responsabilidades legales y legado

La investigación judicial determinó que tres médicos propietarios del IGR fueron responsables de negligencia por dejar el equipo sin vigilancia. Sin embargo, debido al marco legal previo a la Constitución de 1988, las sanciones se limitaron a multas económicas (100.000 reales de la época) para financiar la remediación del sitio. Los chatarreros no fueron procesados debido a su situación de pobreza y desconocimiento técnico.

En total, la limpieza generó 3.500 metros cúbicos de residuos radiactivos, que hoy descansan en contenedores de hormigón en Abadia de Goiás. El accidente evidenció la necesidad de una responsabilidad ética en el manejo de la tecnología y la ciencia, marcando un antes y un después en los protocolos de seguridad nuclear a nivel global.

Redacción

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