Tengo por costumbre respetar la presunción de inocencia, lo que me suele evitar más de un sofoco. De momento me va discretamente bien, y siempre prefiero equivocarme por exceso de garantismo que acertar en la sospechosa compañía de la Inquisición, las ordalías y los juicios sumarísimos. Vaya esto por delante para el expríncipe Andrés de Inglaterra y para el DAO de la Policía, que, por mucho estupor que provoquen, hasta hoy son tan inocentes penalmente como el ministro Ábalos y Carlos Mazón.
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