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La inmoralidad libertaria y la política sin bien común

Por Luis Gotte (1)

Uno de los ejes más reiterados del discurso presidencial, en la apertura de las sesiones ordinarias en el Congreso de la Nación, fue la idea de la “moral como política de Estado”. A primera vista, la consigna parece elevada, casi virtuosa. Sin embargo, cuando se la analiza en profundidad, emerge una contradicción central: no hay moral posible cuando el proyecto económico niega el bien común como finalidad de la política.

El liberalismo de libre mercado -en cualquiera de sus versiones- ha demostrado históricamente una carencia estructural de moral. No porque sus actores sean individualmente inmorales, sino porque su lógica interna desvincula la acción económica de toda responsabilidad social. El mercado no juzga, no cuida, no corrige: asigna según capacidad de pago. Pretender que ese mecanismo produzca moralidad es confundir reglas de intercambio con valores humanos.

El Estado, por su parte, no es una entidad moral en sí misma. Es un instrumento político-administrativo, burocrático. Su legitimidad no proviene de proclamarse moral, sino de orientar sus políticas al bien común. Y el bien común, por definición, no siempre coincide con la moral individual ni con la lógica del mercado.

Aquí aparece el contraste decisivo: la moral declamada y la moral encarnada. La moral declamada es la que se pronuncia en discursos solemnes, la que se exhibe como virtud abstracta mientras se desatiende la realidad concreta. Es retórica, es maquillaje, es hipocresía de salón. La moral encarnada, en cambio, es la que se materializa en políticas que garantizan trabajo, educación, salud, justicia. Es la moral que no necesita proclamarse porque se ve en la vida cotidiana de la comunidad. La primera es palabra; la segunda es acción. La primera es excusa; la segunda es cumplimiento.

Gobernar implica decisiones trágicas, incómodas, incluso moralmente conflictivas, para evitar un daño mayor a la comunidad. Negar esto es infantilizar la política. La historia demuestra que los Estados que se limitaron a “no intervenir” en nombre de una supuesta moral abstracta terminaron legitimando injusticias concretas.

Aquí aparece la contradicción más profunda del discurso presidencial: se invoca la moral mientras se vacía de contenido la justicia. Pero no hay moral pública sin justicia social. Y no hay justicia social sin una noción de comunidad que limite el interés individual cuando éste daña al conjunto.

El liberalismo promete libertad, pero no garantiza dignidad. Y los pueblos no se organizan sólo en torno a la libertad negativa (la ausencia de interferencias), sino en torno a la justicia, al reconocimiento, al trabajo y a la pertenencia. El pueblo argentino, de raíz hispanoamericana (y no anglonormando), no se constituyó históricamente como una suma de individuos aislados, sino como una comunidad organizada alrededor del trabajo, la solidaridad y el ascenso social colectivo.

Por eso el liberalismo no genera felicidad en este suelo. No porque la libertad no sea valiosa, sino porque la libertad sin justicia produce desamparo. Produce ganadores y descartados. Produce eficiencia para algunos y angustia para muchos. Produce abandono, pero no solidaridad.

Cuando la política se reduce a moralizar el mercado y a administrar la desigualdad como si fuera una consecuencia natural, deja de ser política y se convierte en gestión del conflicto social. Un Gobierno que se declara moral mientras abandona a los más débiles no es moral: es verdugo tecnocrático. Y la indiferencia, en política, nunca es neutral.

La verdadera pregunta no es si el Estado debe ser moral, sino a quién sirve. Si sirve al equilibrio de las cuentas o a la cohesión social. Si gobierna para el individuo abstracto o para la comunidad real. Si entiende la economía como un fin o como un medio.

Un proyecto nacional no se mide por su pureza ideológica, sino por su capacidad de organizar, ordenar y cuidar. La moral auténtica no se declama: se encarna en políticas que priorizan la vida digna, el trabajo, la justicia y el futuro compartido.

Sin bien común, la moral es hipocresía. Y la hipocresía, en política, siempre termina en traición.

(1) Luis Gotte / Mar del Plata

[email protected]

Coautor de Buenos Ayres Humana I: la hora de tu comunidad (Ed. Fabro, 2022); Buenos Ayres Humana II: la hora de tus intendentes (Ed. Fabro, 2024); y en preparación: Buenos Ayres Humana III: La Revolución Bonaerense del Siglo XXI, las Cartas Orgánicas municipales; y, Buenos Ayres Humana IV: Junín, capital de los bonaerenses.   

Redacción

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