En medio de un escenario complejo para la vitivinicultura mundial, donde el consumo de vino cae y muchas regiones tradicionales atraviesan una etapa de incertidumbre, en el oeste pampeano acaba de ponerse en marcha un proyecto que apunta exactamente en sentido contrario: producir, crecer y consolidar una nueva identidad vitivinícola para la provincia.
La flamante bodega instalada en Casa de Piedra comenzó este año su primera elaboración. El edificio, terminado a mediados del año pasado, fue impulsado por el Gobierno de La Pampa con un objetivo claro: darle valor agregado a la producción local y evitar que la uva siga viajando cientos de kilómetros hasta Mendoza para ser procesada.
“La idea es prestarle servicio de elaboración a los productores que vienen trabajando en la zona para que no tengan que llevar la uva a Mendoza”, explica a Río Negro Rural el enólogo jefe del proyecto, Matías Runco.
La iniciativa involucra tanto a la chacra experimental del Ente Provincial del Río Colorado (EPRC) como a emprendimientos privados que ya producen uvas en Casa de Piedra, entre los cuales se cuentan a Catena Zapata y Familia Cassone.
Hasta ahora, gran parte de la uva salía de la región apenas cosechada. Con esta nueva infraestructura, el proceso comienza y termina en territorio pampeano. Y eso cambia mucho más que una cuestión logística: modifica la posibilidad de construir una marca regional propia. Esa cercanía entre la bodega y los viñedos le aporta al proceso productivo una inmediatez que redundará en vinos de calidad asegurada. Además de la posibilidad de que salgan con el sello y denominación Patagonia.
Del experimento a la escala comercial
La parcela experimental de Casa de Piedra nació hace años, más precisamente en 2003, como una experiencia agrícola impulsada por el Estado provincial para comprobar si el clima y los suelos podían sostener distintas producciones entre las que se contaba una vitivinicultura competitiva. El tiempo dio la respuesta.

Los viñedos experimentales ya tienen más de una década y permitieron comprobar el comportamiento de numerosas variedades. Hoy, el proyecto entra en una nueva etapa. “En principio fue para mostrar que sí se podía cultivar uva acá. Eso trajo inversiones y ahora ya hay que hablar de otra escala”, resume Runco.
Actualmente, la estación experimental cuenta con 18 variedades implantadas, mientras que productores privados como los mencionados ya desarrollan viñedos en la zona desde hace varios años. La nueva bodega busca integrarlos a todos dentro de un mismo polo productivo.

La capacidad instalada impresiona para una bodega que recién comienza: 645 mil litros por temporada y 45 tanques de acero inoxidable preparados tanto para fermentación como para conservación. Esa capacidad de elaboración la convierte en la segunda bodega de la provincia de La Pampa en cuanto a volumen detrás de Bodega del Desierto.
Durante esta temporada la bodega no trabajará a full y se tomará la elaboración de caldos como experiencia a futuro. “No quisimos meter tanta uva porque era el primer año y necesitábamos entender cómo funcionaba todo: las máquinas, el personal, los procesos”, cuenta Juan Pablo Sosa, segundo enólogo del establecimiento.
Una primera cosecha lograda con éxito
Los dos profesionales llegaron a la bodega en enero, apenas semanas antes del inicio de la cosecha. Tuvieron que poner en marcha un edificio completamente nuevo, contratar y capacitar personal, comprar insumos y ajustar procesos mientras la uva ya comenzaba a madurar en los viñedos.

A pesar de ese comienzo frenético, donde se trabajó con todo el equipo del fideicomiso que administra la bodega, las primeras señales de elaboración son alentadoras. Este año procesaron cerca de 100 mil kilos de uva y esperan obtener unas 10 mil botellas propias.
Las variedades elaboradas fueron Malbec, Pinot Noir, Chardonnay y Torrontés Riojano. Y algunas sorpresas aparecieron rápidamente. “Nos sorprendió mucho cómo salió el Torrontés Riojano. Y el Pinot Noir también respondió muy bien. Patagonia y Pinot Noir hacen una muy buena dupla”, asegura Sosa.
Por ahora, la decisión fue apostar a vinos jóvenes y clásicos, sin demasiadas intervenciones ni crianzas complejas. Todo allí es tan nuevo que la bodega no cuenta con barricas para almacenamiento y el equipo prefiere avanzar paso a paso. “La idea era hacer vinos correctos, tranquilos, más clásicos. Primero queríamos asegurarnos de que todo saliera bien”, explica Runco.
El terroir patagónico que entusiasma
El entusiasmo de los técnicos aparece especialmente cuando hablan del potencial agronómico de Casa de Piedra. Allí, aseguran, se combinan varios factores que favorecen vinos de calidad.

Por un lado, el lago aporta humedad relativa y amortigua extremos climáticos. Por otro, el agua de riego tiene características químicas que ayudan al equilibrio natural del vino. “El agua tiene poco potasio y eso ayuda mucho a los pH. Después eso repercute en aromas, color y calidad final”, explica Runco.
A diferencia de otras producciones agrícolas, en vitivinicultura los suelos pobres suelen ser una ventaja. Y en Casa de Piedra eso aparece como un punto fuerte. “Estos suelos, al tener poca materia orgánica, ayudan a controlar el vigor de la planta. Eso es bueno para la calidad del vino”, detalla el enólogo.
El promedio de rendimiento ronda los 10 mil kilos por hectárea, aunque los técnicos aclaran que hoy el objetivo no pasa por maximizar volumen sino por encontrar equilibrio. “Antes se buscaban rendimientos muy bajos para lograr concentración, pero la planta sufría demasiado. Hoy se busca equilibrio entre producción y calidad”, señala Sosa.
La apuesta turística
El proyecto no se limita solamente a producir vino. Desde el diseño mismo del edificio se pensó una propuesta vinculada al turismo. La bodega cuenta con recepción, oficinas, laboratorio, cocina, sala de barricas y espacios preparados para visitas y degustaciones. La intención es que quienes pasen por Casa de Piedra puedan recorrer las instalaciones, probar vinos y consumir productos regionales.

Por ahora, la comercialización será limitada y concentrada principalmente en la propia bodega y en Santa Rosa. La producción todavía es pequeña para pensar en una distribución masiva.
El desafío de hacer vino en tiempos difíciles
La paradoja del proyecto aparece en el contexto global: mientras Casa de Piedra apuesta a crecer, el mundo del vino atraviesa uno de sus momentos más delicados. “Ha bajado mucho el consumo de alcohol y del vino en el mundo”, advierte Runco. “No es solamente un problema argentino. España, Francia e Italia también están complicados”.

Los enólogos hablan de ciclos, de mercados que se acomodan y de una actividad históricamente acostumbrada a convivir con crisis periódicas.
Según explican, actualmente en Argentina existe sobrestock de uva y eso presiona sobre los precios y la rentabilidad. Aun así, creen que el potencial productivo sigue intacto. “Argentina está muy a la vanguardia en técnicas agronómicas y enológicas. Podemos competir con cualquier vino del mundo”, sostiene Runco.
Y agrega una definición que resume la filosofía del proyecto: “A mí no me gusta decir que una zona es mejor que otra. Cada lugar tiene sus virtudes y sus defectos. Ahí está justamente la riqueza del vino”.
Un proyecto que recién empieza
Aunque el edificio todavía ni siquiera fue inaugurado formalmente, en Casa de Piedra ya hablan del futuro. Nuevas variedades, más hectáreas plantadas, posibles inversiones privadas y una producción creciente forman parte del horizonte.
Por ahora, el trabajo cotidiano transcurre entre análisis, controles y espera. Los vinos pasarán el invierno en tanque para estabilizarse y el fraccionamiento comenzaría hacia octubre.
Mientras tanto, la bodega empieza lentamente a construir su propia identidad. “La idea es que esto sea un referente de los vinos pampeanos y que ayude a mostrar todo el potencial que tiene la zona”, resume Runco.
En un rincón de la Patagonia donde hasta hace pocos años la vitivinicultura era apenas una apuesta experimental, hoy ya hay tanques que procesan los caldos, futuras etiquetas que representarán al vino local y una convicción cada vez más fuerte: La Pampa también quiere hacerse un lugar en el mapa grande del vino argentino.
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