El posthumanismo tiene algo de ciencia ficción, de fenómeno fantástico pero esto no le quita verdad. De hecho las herramientas de la ciencia ficción son utilizadas en el campo de la filosofía queer y feminista para dialogar con las transformaciones que propicia la naturaleza, para dilucidar sus mecanismos y para ingresar a las coordenadas de la teoría
Cuando la naturaleza es tomada como referencia ontológica, rápidamente se instala cierta concepción moral que supone una organización binaria de los seres. Pero hay otras lecturas que hacen de los átomos y las plantas personajes de un mundo donde los límites de lo posible se amplían.
Karen Barad desplaza en su libro La performatividad cuier de la naturaleza (Hekht Libros con traducción Silvana Vetó) la noción de lo queer de la idea de deseo o decide preguntarse si ese deseo no podría habitar en una planta, un hongo o un átomo como si nos estimulara a reconocer todo lo que desconocemos de estas entidades.
Contexto referencial estable
Para la filósofa y física norteamericana lo queer no tiene un contexto referencial estable, se trata de organismos vivos que mutan, de una ruptura dentro del orden radical. Lo cuier es una matriz espacio/temporal y material
Su trabajo se propone asignarle a la naturaleza tanto la calidad de lo queer como de la performatividad y no reducirlas al campo de lo humano. El propósito no es integrar a los no humanos a las coordenadas del humanismo sino entender que pueden estar dotados de ciertas capacidades que hasta el momento eran consideradas como atributos exclusivos de las personas.
Barad se preocupa por aclarar que el objetivo del posthumanismo no es igualar humanos con no humanos sino establecer un cambio en la manera de apreciar e identificar los efectos. La transformación es fenomenológica. Lo que nos propone la naturaleza es una concepción de la realidad no causalista.
Para pensar la performatividad de la naturaleza Barad necesita transformar su estructura interna. Ya no se trataría de una acción situada sino de “una interacción interactiva”. Para la autora el universo de lo no humano tiene agencia y es justamente esta característica la que pone en funcionamiento la performatividad.
Si el cartesianismo establecía una distinción entre sujeto y objeto, el corte agencial señala el acto al interior del fenómeno. Esto lleva a la noción de performatividad, y a la potencia de lo queer, a un terreno que no es el de la mera individualidad sino que sucede en la interacción. En el mundo no humano la performatividad ocurre a un nivel de redes, de emanaciones y no es el resultado de una voluntad individual
La profesora de estudios feministas de la Universidad de California pone a prueba la teoría de la performatividad de Judith Butler para pensarla más allá de las estrategias y de las construcciones sociales de género porque justamente lo que discute es la esencia de lo binario.
Si algo escapa a esa división entre lo femenino y lo masculino es la propia naturaleza en los términos en los que la observa Barad donde lo que prevalece es el resultado del fenómeno y no la intención de quien la realiza. En esos pliegues no situados los seres pueden ser cualquier otra cosa y trascender las expresiones binarias.
La línea entre lo animado y lo inanimado es para la autora norteamericana un efecto de prácticas particulares de trazados de fronteras. Los hongos establecen una noción de movimiento que no es la misma que puede tener un animal o un humano.
Lo importante aquí es que desde esta mirada se discute la idea que en la naturaleza triunfa la fuerza por encima de la debilidad (algo que sucede y que es por demás evidente) para trazar una descripción donde lo que prevalece es la cooperación entre las especias. O, al menos, esta sería una manifestación alternativa frente al predominio de la fuerza.
Barad se detiene a analizar el funcionamiento de un relámpago como un mecanismo de comunicación entre el cielo y la tierra. Un efecto animado, una ráfaga que sucede, una imagen que puede deparar consecuencias trágicas.
Pero el armado epistemológico que está detrás de estos razonamientos es el de antropología cuántica que tiene una base materialista pero que se centra en eliminar la lógica causalista. La discontinuidad de la física cuántica tampoco es ajena a nuestra realidad.
Una causa y un efecto
El mundo humano no se rige por la lógica, no todos los hechos tienen una causa y un efecto claramente identificables pero lo que Barad intenta señalar se expresa gráficamente en el pasaje de un electrón cuando da un salto cuantitativo. Pasa de un nivel de energía a otro sin haber estado en ningún lugar entre ambos. Esa extrañeza de los fenómenos cuánticos es la que les otorga la cualidad de lo queer.
No se trata de meros desplazamientos en el espacio a través del tiempo sino lo que se produce es la ruptura del aquí y ahora. Ya no hay un espacio ni un tiempo determinados. “La naturaleza de la causalidad está tan perturbada que el efecto no sigue a una causa”.
Entonces es imposible pensar en una identidad estable, en una clasificación porque lo que vemos es una transformación, la experiencia de ser otra o dejarse modificar para que ya no haya separación entre el entorno y algo similar a un sujeto.
Lo que Barad pone en discusión a partir de la teoría cuántica es el soporte del espacio tiempo y esto sucede a partir de la acción de entidades no humanas. Ya no podemos pensarnos como seres situados sino que ingresamos en otra realidad. Es aquí donde el campo de la ciencia ficción parece adueñarse de las lecturas filosóficas queer y feministas. Ya no se trata de estar interconectados sino de una sucesión de pliegues espacio/ temporales/ materiales
En el terreno del arte encontramos varias experimentaciones en este sentido como ocurre con la obra de la artista argentina radicada en Portugal Sofía Crespo que realiza una serie de observaciones del mundo natural con un microscopio y ese material es el que utiliza para alimentar un prototipo de inteligencia artificial.
Por lo tanto su investigación sobre el funcionamiento de la naturaleza se amplifica en un formato que le permite desarrollar esa invención fantástica de un sistema que, en su trabajo, podemos observar a gran escala como una suerte de mutación imaginativa. Cuando Barad habla de combinar el pasado con la materia misma del ser en el pasado vemos que en la obra de Crespo, lo que queda es “el fenómeno en su inseparabilidad” como una identidad que puede materializarse en una imagen.
No se trata de modificar comportamientos sino la entidad misma del tiempo y el espacio. La articulación entre la física cuántica y la teoría posestructuralista le permite a Barad ampliar la noción de la performatividad más allá de lo humano
El posthumanismo nos lleva a correr al humano del centro de la observación y empezar a darle más protagonismo a las acciones que realizan las entidades no humanas. El libro de Barad nos motiva a pensar si esas innovaciones que realiza la naturaleza, los átomos, el funcionamiento de los hongos, los avances del universo cuántico no son en realidad acciones o performatividades que bien pueden leerse como manifestaciones culturales o, al menos, que establecen la caducidad de la diferencia entre naturaleza y cultura.
Así como el covid generó un colapso mundial a partir de parásitos prácticamente invisibles, su accionar también podría ser interpretado en términos de performatividad siguiendo las coordenadas de este texto.
Barnard nos lleva a preguntarnos si la verdadera transformación no está ocurriendo en el universo de lo no humano, si las personas dejamos de ser los únicos agentes de cambio y si la idea de historia no está soportando la revolución cuántica que hace del tiempo una materia donde lo imposible puede suceder.
La performatividad cuier de la naturaleza, de Karen Barad (Hekht Libros).