El reciente viraje en la política exterior argentina respecto del conflicto en Ucrania generó una ola de críticas, tanto a nivel nacional como internacional.
Durante su campaña electoral, el ahora presidente Javier Milei manifestó firme apoyo a Ucrania; llegó incluso a invitar al presidente Volodimir Zelensky a su ceremonia de asunción, en diciembre de 2023, lo que marcó un hito en las relaciones bilaterales con ese país.
Sin embargo, en la reciente votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas, Argentina optó por abstenerse respecto de una resolución que exigía a Rusia retirar “de inmediato, por completo y sin condiciones todas sus fuerzas militares” del territorio ucraniano.
Este cambio de postura va en sintonía con el alineamiento carnal del Presidente con el Gobierno de Estados Unidos, bajo la influencia de Donald Trump.
Trump pretende que Ucrania le ceda a EE. UU. la explotación de las denominadas “tierras raras” (valiosas en diferentes minerales) como compensación a la ayuda económica enviada en tiempos del gobierno de Joe Biden.
Al mismo tiempo, se informó la suspensión de la participación de la delegación argentina en la próxima cumbre del G-20. El ministro de Economía, Luis Caputo, quien recientemente acompañó a Milei en una visita a Washington, no asistirá a la reunión en la India, con lo que se sumará al boicot que el mandatario estadounidense está ejerciendo sobre ese encuentro para castigar al país anfitrión.
En su octavo viaje a Estados Unidos desde que asumió la presidencia, Milei recogió renovados elogios a su gestión y amplió su galería fotográfica con Trump y con la titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva. Pero ese respaldo institucional aún no se tradujo en el esperado apoyo financiero y en el cierre del nuevo programa que se negocia con la entidad multinacional.
De allí que Milei redobla su apuesta en el terreno político con gestos ampulosos y exacerbados.
Estas decisiones suscitan interrogantes sobre la coherencia y la estabilidad de la política exterior argentina en foros internacionales de relevancia, pero es aún más preocupante al dejar en evidencia que la diplomacia nacional se guía por las cambiantes decisiones de un mandatario, según las conveniencias que este percibe de manera casi exclusivamente individual.
La diplomacia de un país debe fundamentarse en principios coherentes y en una visión estratégica a largo plazo, y no estar sujeta a cambios abruptos dictados por las preferencias personales del líder de turno.
La volatilidad en las decisiones diplomáticas puede erosionar la credibilidad internacional de una nación, generar desconfianza entre sus aliados y adversarios, y comprometer su capacidad para negociar en el escenario global.
Además, una política exterior errática puede afectar negativamente la economía, disuadir inversiones extranjeras y aislar al país de importantes acuerdos comerciales y políticos, algo que debiera preocupar especialmente a Milei, según su visión del mundo.
Es imperativo que la conducción de las relaciones internacionales de Argentina se base en una institucionalidad sólida, asesorada por expertos en la materia y orientada por los intereses nacionales a largo plazo.