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La Sala Cátulo Castillo de la UNLa reabrió con “País que fue será”, una obra que pone a dialogar memoria y futuro

A 50 años del último golpe cívico-militar, la Universidad Nacional de Lanús reinauguró su sala teatral con una experiencia escénica que cruzó música, danza y poesía para interpelar el pasado desde el presente. “No fue un recuerdo, fue un nacimiento”, definió el rector Daniel Bozzani.

No fue un acto. O no fue solamente eso. En la Universidad Nacional de Lanús (UNLa), la conmemoración por los 50 años del último golpe cívico-militar se corrió del formato previsible para convertirse en otra cosa: una escena, un clima, una pregunta abierta. La reinauguración de la Sala Cátulo Castillo —cerrada durante años por limitaciones estructurales— fue también la reapertura de un espacio simbólico donde la memoria no se declama: se encarna.

La obra elegida para ese regreso, País que fue será, no reconstruyó la historia. La rozó. La dejó vibrar.

La propuesta, impulsada por el rector Daniel Bozzani —también director de la Orquesta de la UNLa—, combinó música en vivo, danza contemporánea, imágenes audiovisuales y una narrativa simbólica atravesada por la poesía de Juan Gelman. No hubo relato lineal ni reconstrucción histórica: hubo climas, tensiones y preguntas abiertas.

La Orquesta Sinfónica de la UNLa desplegó piezas como el Adagio de la Segunda Sinfonía de Rachmaninov y El cisne de Saint-Saëns, mientras el Grupo de Experimentación en Artes del Movimiento (GEAM) de la Universidad Nacional de las Artes (UNA) trazaba una coreografía que parecía buscar —y a veces encontrar— los cuerpos ausentes.

No hubo pausas ni aplausos intermedios. La experiencia avanzó como un bloque, sostenida en una tensión constante. Como si salir de ese clima implicara, también, interrumpir algo más.

Un umbral entre pasado y futuro

La figura que organizó la obra fue Jano, el dios romano de los umbrales, capaz de mirar al mismo tiempo hacia atrás y hacia adelante.

“¿Cómo se camina hacia el futuro cuando el horror permanece detrás?” La pregunta no se responde. Se habita.

En ese borde —entre lo que fue y lo que todavía no es— se movió toda la puesta. La memoria no apareció como archivo ni como lección, sino como una presencia incómoda, persistente, que se filtra en los cuerpos, en la música, en los gestos.

“Lo que vimos no fue un recuerdo, fue un nacimiento”, diría más tarde el rector de la UNLa, Daniel Bozzani, al tomar la palabra.

La palabra que no cierra

Bozzani no habló de cifras ni de fechas. Habló desde otro lugar. Desde una lengua que parecía continuar la obra por otros medios.

“Esta tarde la universidad no hizo un acto conmemorativo. Hizo lo que mejor sabe hacer: abrió un espacio para preguntar”, dijo ante un auditorio todavía atravesado por la experiencia.

Y volvió sobre una idea que recorrió toda la jornada: la memoria como resistencia. “La resistencia de la música que sigue sonando, aunque el músico haya desaparecido. La resistencia de la danza que busca un cuerpo, aunque el cuerpo no esté”.

La referencia al Plan Cóndor, a los desaparecidos, a los artistas y trabajadores arrancados de sus lugares no fue una enumeración. Fue un señalamiento: eso no terminó. “No es un capítulo cerrado de la historia, es una herida que atravesó todo el continente”, sostuvo.

El mundo en presente

Pero la intervención del rector no se detuvo en el pasado. Como la obra, también giró hacia el presente.

“El mundo duele. Hay discursos que siembran odio, pero no son solo discursos”, advirtió.

En esa línea, vinculó las luchas históricas con las actuales: “Estamos por la memoria, la verdad y la justicia, pero también por las causas que levantaban quienes hoy no están. Luchamos por los ideales de nuestros hijos, porque los desaparecieron por esos ideales de justicia y por los derechos de toda la humanidad”.

Y aunque reconoció el peso del momento —“a veces dan ganas de rendirse”— dejó una definición que funcionó como cierre y como advertencia: “No estamos acá para eso. Estamos para enfrentar uno de los peores momentos del orden mundial”.

Una sala que vuelve a respirar

La Sala Cátulo Castillo no volvió simplemente a abrir: volvió a ser pensada.

Durante años, el espacio había quedado relegado por una limitación tan concreta como persistente: el paso del tren, a metros del edificio, hacía imposible sostener el silencio. La escena -literalmente- quedaba tapada por el ruido.

El rediseño, impulsado por Esteban Bernal, coordinador de la Licenciatura en Audiovisión, partió de ese problema material. La intervención fue integral: insonorización, mejora acústica, rediseño lumínico y ampliación del escenario.

El resultado es un espacio de 315 metros cuadrados, con capacidad para 200 personas, preparado para albergar desde teatro hasta conciertos sinfónicos.

Pero más allá de lo técnico, lo que se recupera es otra cosa: la posibilidad de la escena. Un lugar donde la música pueda sostenerse, donde el silencio diga, donde un cuerpo pueda aparecer.

“Faltaba un lugar en la universidad donde la orquesta pudiera tocar”, señaló Bozzani. Ese lugar ahora existe.

Presencias

Entre las autoridades presentes además de Bozzani estuvieron la vicerrectora de la UNLa, Georgina Hernández; la rectora de la Universidad Nacional de las Artes (UNA), Sandra Torlucci; la vicerrectora de esa casa de estudios, Diana Piazza; y la decana del Departamento de Artes del Movimiento también de la UNA, María Martha Gigena.

Pero la escena no se organizó en torno a los nombres propios. Se organizó en torno a algo más persistente: una comunidad reunida alrededor de una pregunta.

Redacción

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