Los poemas de Miquel Marti i Pol, Espriu, Maragall o mosén Cinto Verdaguer son frecuentes en los recordatorios entregados a los asistentes de muchos funerales favoreciendo al recogimiento que exige el momento. Pero hay un rincón del país, las tierras ampurdanesas, donde la poesía oficial es la Oració al Crist de la Tramuntana de Carles Fages de Climent. Se popularizó en los sesenta cuando mosén Pont, director de Radio Popular de Figueres, emisora que cubría prácticamente toda la provincia, hizo que el poema sustituyera al tradicional Ángelus . En cinco versos tocaba todos los palos y rogaba a Cristo: “mesureu la tramuntana justa”. Este concepto recoge las contradicciones de la versión local de un viento del norte que ha configurado aspectos geográficos como el Cap de Creus, la vida campesina y los legendarios equilibrios de comportamiento entre los que entran en colapso y los que ven aumentada la creatividad.

Esta Semana Santa hemos tenido la tramontana como protagonista. La habitual socarronería de los habitantes de la comarca ha saludado a los visitantes quejumbrosos por la molesta convivencia con el viento recordándoles un popular dicho: “quan arriba la tramuntana, s’entaula quinze dies”. Así ha sido exactamente en esta ocasión.
La tramontana ha soplado con rachas que han derribado árboles y han hecho inviables las excursiones propias de estos días de descanso porque en el norte de la comarca alto ampurdanesa resultaban muy pesadas cosas tanto sencillas como andar. Ha sido una racha extraordinaria en su versión ampliada, cuando abarca la ciudad de Girona y todo el sur de de la Costa Brava. Además, combinada con un mistral muy frío que viene del noroeste y baja hasta las tierras del Ebro. Josep Pla describía este momento como una especie de fuerza cósmica superior a cualquier iniciativa humana que deja el país “en un estado de desgraciada convalecencia”.
Se alternan los que dicen que la tramontana desaparece con los que observan la aceleración de su velocidad
“Si quieres mentir, habla del tiempo” proclamaba Ángel un legendario pescador menorquín. Así, en los últimos tiempos se alternan los que consideran que la tramontana está desapareciendo por los efectos de la tropicalización del clima mediterráneo con los que observan la aceleración de su velocidad. Siempre buscando la llegada de la tramontana justa. Una manera de entender también la actuación correcta, el equilibrio entre el seny y la rauxa que, dicen, caracteriza al público local. García Márquez, cuando vivía en Barcelona, fue invitado por sus amigos de la gauche divine a pasar una semana en Cadaqués. No dejó de soplar ni un solo día y en un relato el premio Nobel dejó escrito que nunca más volvería al pueblo donde el viento lo enloqueció y no salía a la calle. Todo lo contrario de un amigo de Figueres residente en Barcelona. Cuando soplaba una buena tramontana, con la excusa de ir a saludar a los padres, paseaba por las solitarios calles de su ciudad natal para disfrutar de los embates del viento que “eixugui l’herba i no ens espoli el blat”.



