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La unidad continental latinoamericana

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“La población de América Latina es mayor que la de EE. UU. (293.027.771 habitantes), su territorio de 17 millones de Km cuadrados es el doble del estadounidense y posee una de las mayores reservas de agua dulce y biodiversidad del mundo, además de inmensas riquezas minerales, pesqueras y agrícolas. Más aún, la integración del Mercosur, con un PBI de 1.000 millones de dólares, y la Comunidad Andina hacen del futuro Estado continental sudamericano una potencia mundial, con una masa económica mayor que la de Alemania y muy superior a la suma del PBI de México y Canadá.” (Miguel Ángel Barrios, “América del Sur en la Geopolítica Mundial”, en Geosur. Revista especializada de la Asociación Latinoamericana de Estudios Geopolíticos e Internacionales. Montevideo, Uruguay, julio-agosto de 2006).

Es posible y conveniente. No nos vamos a referir a los hechos acontecidos en la última semana que conmovieron al mundo, claramente violatorios del derecho internacional público, propiciados por el presidente de los Estados Unidos en la cabeza del gobierno venezolano (funcionarios de hecho o de derecho según se opine). Sin embargo, esta circunstancia activó dos enunciados de la filosofía de Jorge Bergoglio a los cuales sí queremos referirnos: “El todo es superior a las partes y a la suma de ellas” y “La unidad prevalece sobre el conflicto”, que serán guía de nuestro pensamiento.

Aristóteles llama “todo”, en primer lugar, a aquello en lo cual no falta ninguna de sus partes constitutivas y, en segundo término, a lo que contiene sus partes componentes de manera que formen una unidad. Se le atribuye haber formulado en su Metafísica la expresión “el todo es más que la suma de sus partes”.

Para Husserl, el todo es un conjunto de contenidos envueltos en una fundamentación unitaria con otro contenido; el todo se compone de partes y las partes se distinguen entre sí por su función y también pueden, a su vez, ser todos. “Los términos de fundamentación unitaria significan que, por fundamentación, todo contenido está en conexión directa o indirecta con todo otro contenido”.

Estas parecen ser las fuentes del joven Bergoglio filósofo al enunciarlas, aunque orientado por una mirada teológica donde el todo es concebido como una “trama” cuya arquitectura tiene a Dios en su cima y es Él quien funda y explica nuestra existencia. Bien mirado, el todo sería algo limitado por la nada y, desde una concepción atomista, sería una mera suma de partes y se explicaría a partir de estas.

América Latina es un todo-parte de otro todo: el hemisferio sur, parte de la Tierra, parte del universo (¿parte del multiverso?).

Partimos de considerar que, por razones ancestrales, históricas, geográficas, religiosas y culturales, para los latinoamericanos, Latinoamérica es una unidad integrada por las diversas naciones del subcontinente, que son sus partes.

Dentro del todo hay partes claramente definidas y hay distintas miradas sobre los sectores en que se divide virtualmente la Tierra. A partir de cómo se entiendan estas divisiones, se pueden definir los conflictos de una u otra manera. Una diferente consideración de los hemisferios norte/sur y este/oeste conduce a distintas valoraciones en el orden geopolítico, como es el caso de Groenlandia, que está al noroeste de Europa y al noreste de América del Norte. El papa Francisco siempre habló del diálogo norte/sur (véase encíclica Laudato si’, 2014 y su discurso enviado a la LVIII Jornada Mundial de la Paz, celebrada el 1 de enero de 2025).

En ese plano dejamos de lado las distintas ideologías, que son expresiones diversas en la unidad de los partidos, en democracia. Y en el arrabal son el “alma que canta” (C. Gardel, 3/12/1926):

“La vida fulera, tan mistonga y maula, nos talló rebelde como los gorriones que mueren de rabia dentro de la jaula y llenan las plazas de alegres canciones”.

Las ideologías también son armas de dominación, como la del “libre comercio”, exportada por los ingleses para dominar el mundo después de “patear la escalera” del proteccionismo que habían usado (Ha-Joon Chang, Universidad de Cambridge).

Prevalecer es más que ser superior. Referido a “las plantas y semillas de la tierra”, significa ir creciendo y aumentando poco a poco.

Entre nosotros, el primero que planteó la estrategia de la unidad de las naciones latinoamericanas fue Manuel Baldomero Ugarte, cuando afirmó en 1901 la necesidad de constituir las bases de “los Estados Unidos del Sur” como respuesta al nuevo paradigma reflejado en el Estado continental industrial de los Estados Unidos de Norteamérica.

En el Teatro Municipal de Lima, el 3 de mayo de 1913, Ugarte advirtió: “El siglo nos impone un dilema: coordinarnos o sucumbir”. Lema que, cuarenta años más tarde, Perón recogía al afirmar: “El año 2000 nos hallará unidos o dominados; unidos seremos inconquistables”.

La globalización puede ser la visión de un mundo sin fronteras, gobernado exclusivamente por las fuerzas del mercado fuera del control político y de los actores sociales. Para eso hay que destruir al Estado.

Al mismo tiempo que Ugarte escribía sobre la unidad latinoamericana, el escritor uruguayo José Enrique Rodó publica la obra titulada Ariel (1900). Ariel busca la unidad cultural de América Latina frente a la influencia materialista y utilitarista de las grandes potencias, trascendiendo las fronteras nacionales y resistiendo la dominación cultural externa.

En la actualidad, el arielismo puede sintetizarse –según Podetti– en tres grandes políticas: 1) la democratización, que incluye el respeto de los derechos humanos, el combate a la corrupción y la penetración gansteril de los mercados, que termina con los regímenes oligárquicos o dictatoriales como fue la Argentina del 76, el Chile de Pinochet, la Venezuela de Maduro o la Nicaragua de Ortega, por citar solo algunos ejemplos de la negatividad en el poder; 2) la industrialización, que procura romper con el modelo agro-minero exportador y conducir la transición hacia la sociedad industrial y representa la modernización económica; y 3) la unidad o integración, que revierta el proceso de fragmentación de las naciones latinoamericanas proyectando a la región como sujeto continental por sobre las ideologías.

Precursores de esta política en el siglo pasado fueron Víctor Raúl Haya de la Torre, Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas, Juan Domingo Perón y Rómulo Betancourt, entre otros.

El investigador H. Podetti, quien nos sirve de fuente en este tema, cita a uno de los estrategas contemporáneos más prestigiosos de los Estados Unidos, Henry Kissinger, quien afirma: “La globalización aumenta la brecha entre ricos y pobres. Además, en un mundo donde el capital puede circular libremente, las economías en desarrollo son más vulnerables, al menos en el corto y mediano plazo. Las inversiones se dirigen siempre hacia donde obtienen mejores dividendos. Las economías grandes, como la de EE. UU. y la de Europa, con mercados de capitales sumamente desarrollados, pueden enfrentar esos movimientos sin problemas, pero las economías y estructuras frágiles de la mayoría de los países son muy vulnerables”.

Kissinger advierte sobre “el error de pensar que las fuerzas del mercado van a solucionar todos los problemas provocados por la globalización. El gran desafío es lograr un equilibrio entre los mercados libres y los requisitos del bienestar social. Y es necesario tener en cuenta que, con la globalización de la organización económica creada alrededor del mercado, se constituye una fuerza transnacional que muchas veces es incontrolable políticamente”. Por lo tanto, es fundamental “un control político, ya sea a nivel de Estado-nación, a nivel de Mercosur o de cualquier otro organismo nacional. El problema de base es que hay una brecha entre la complejidad del modelo económico dominante que llamamos globalización y el pensamiento político tradicional, todavía basado en el Estado-nación. Nuestros sistemas no han logrado progresar de la misma manera que lo hizo el sistema económico”.

Por último, deja traslucir su preocupación por la emergencia del Mercosur como bloque regional: “Creo que el Mercosur tendrá una tendencia a organizarse a sí mismo como un bloque y a mí me gustaría que realmente haya un área de libre comercio en todo el hemisferio” (Entrevista a Henry Kissinger. Diario Clarín, Buenos Aires, suplemento del 9/1/2000, citada por Humberto Podetti en “El pensamiento de A. Methol Ferré y el destino de la Patria Grande”).

Por su parte, el historiador y prestigioso académico de la Universidad de Yale (EE. UU.), Paul Kennedy, opina que la estabilidad global no depende de los 30 o 40 Estados prósperos y desarrollados, sino de las sociedades en desarrollo constituidas por los 60 o 70 Estados intermedios, poseedores de grandes desafíos ambientales y sociales, pero que tienen recursos educativos y de infraestructura, además de algo de acceso a capital: “Este grupo comprende al 60% de la población mundial. Hacia donde ellos vayan irá el futuro de la Tierra” (cit. Podetti, op. cit. lug. cit.). Nuevamente, los expertos coinciden en afirmar que, para indicar una estrategia global, es preciso considerar la diversidad de las sociedades en desarrollo para un diagnóstico del futuro.

Edward Luttwak, asesor del Pentágono, también coincide con los análisis anteriores: “El fenómeno importante al que hay que prestar atención es que ellos consideran que hay una sola verdad (financista) y un solo modelo (libre mercado). Dos generaciones atrás, los bolcheviques proponían un único modelo leninista, para todos los países industrializados, de Japón a Bélgica. Los bolcheviques ignoraban todas las diferencias culturales y religiosas y las distintas estructuras sociales, económicas y políticas. Estaban convencidos de que su modelo podía y debía imponerse en todas partes”.

El papa Francisco, como lo hemos señalado en otras notas, dice que la esfera no representa al mundo, ya que si desde el centro surgen haces en distintas direcciones, en la esfera todos los segmentos serán iguales, cuando eso no respeta la desigualdad identitaria de los distintos pueblos y naciones. Por eso propone la figura del poliedro, con tantas caras como culturas hay en la Tierra. Eso sí representa la unidad del todo en la diversidad de cada una de las partes.

Para Luttwak, los nuevos bolcheviques son los nuevos fundamentalistas del mercado, al que denomina turbo-capitalista. El lema “¡Todo el poder a los soviets!” hoy se traduce en “¡Todo el poder a los mercados!”. Así como los viejos bolcheviques ignoraban cualquier diferencia entre países en su insistencia de que solo si el Estado era propietario de todo podría eliminarse la desigualdad económica (y no fue así), los turbo-capitalistas actuales hacen lo mismo cuando afirman que las barreras comerciales son ineficaces (verdad), que una economía esférica sería mucho más productiva (verdad) y que, por lo tanto, habría que abolir todo lo que obstaculizara la libertad de comercio (error). Es una conclusión errónea, ya que tales obstáculos (controles) pueden ampararnos no solo de la ineficacia sino también defender las culturas y las sociedades.

Samuel Huntington, uno de los politólogos (de la Universidad de Harvard, EE. UU.) más influyentes del siglo XX, sostiene que nos dirigimos hacia un mundo donde “la época de los imperios abarcadores de múltiples civilizaciones ha terminado” (cit. Podetti, op. cit. lug. cit.).

El continentalismo sudamericano se transforma en el verdadero camino de una política latinoamericana al priorizar una alianza estratégica argentino-brasileña para la conformación de los Estados Unidos del Sur. Una prueba de ello es la aprobación del acuerdo comercial del Mercosur con la Unión Europea.

La crisis de los paradigmas neoliberales extremos obliga a nuestro país y a nuestro continente a afirmar con urgencia un nuevo camino basado en el pragmatismo político. No pasa solo por lograr equilibrio fiscal y obtener la eliminación de aranceles a determinados productos, como cítricos, u otros a Estados Unidos. Es necesario fundar sobre bases solidarias la amistad política continental, y esto se logra cuando todas las partes estén en el mismo barco, compartiendo un rumbo común, haciendo esfuerzos parejos según las posibilidades de cada uno y aguardando, sin fundamentalismos que atrasan, el viento en popa, como en la actual coyuntura del comercio internacional con la Unión Europea u otros mercados.

Celebramos que las negociaciones entre la Unión Europea y el Mercosur (Uruguay, Paraguay, Brasil y Argentina) hayan culminado en un acuerdo comercial histórico de trascendental importancia. Resta que lo voten los parlamentos de la mayoría de los intervinientes. Esta decisión de la Unión Europea fue consecuencia de la actual coyuntura internacional producida por la política arancelaria proteccionista y contraria al libre comercio de la Casa Blanca, lo que perjudica la producción y el comercio del Viejo Continente. Así lo afirma The New York Times y no deja de señalar una de las contradicciones ideológicas del presidente argentino, quien, no obstante ser un incondicional aliado de las acciones contra el mandatario Donald Trump, firmará el acuerdo comercial antinorteamericano decidido por Bruselas.

El reciente acuerdo del Mercosur y la Unión Europea es el resultado de 25 años de diálogo y negociación. Desde luego, impondrá la necesidad de mayores controles fitosanitarios y de agrotóxicos por parte de los países del Mercosur para que los productos del agro no violen las leyes y convenios internacionales, como los de Rotterdam y Estocolmo, entre otros.

Un bloque continental latinoamericano dará lugar a un espacio en el comercio internacional más importante aún, en la cara del poliedro que le corresponda al mismo y permita un diálogo extendido y enriquecedor con el mundo globalizado.

Redacción

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