A estas alturas ni siquiera un conflicto internacional de consecuencias todavía no reveladas del todo, como el que tiene por escenario el Oriente Medio, es capaz de alterar el pulso del Mobile World Congress (MWC) hasta el extremo de provocarle el colapso. Esta vez el gran encuentro tecnológico se ha encontrado apenas 48 horas antes de su inauguración con un obstáculo imprevisto en el camino que, es cierto, ha deslucido en parte su normal desarrollo pero que no le ha impedido, un año más, salir razonablemente airoso de la prueba. Este parece ser el sino del MWC desde que un prometedor congreso de telefonía móvil aterrizó en Barcelona en 2006 huyendo de las limitaciones de espacio de Cannes.

El Mobile ha superado decenas de movilizaciones en contra, muchas más amenazas de huelga en los días previos que paros efectivos durante su celebración. Ha sido el escaparate reivindicativo de trabajadores del transporte público; de maquinistas de trenes en vísperas de esta edición; de Tito , el autoproclamado emperador del taxi, y sus legiones en innumerables ocasiones; de las VTCs molestas por el proteccionismo rayano en la pleitesía que las administraciones catalanas dispensan al susodicho Tito …
Superar un obstáculo tras otro es el sino del congreso que que aterrizó en Barcelona en 2006
En los últimos tiempos el Mobile ha tenido que mirar hacia otro lado y silbar disimuladamente para no tener que bajar al barro y afrontar el malestar que a una parte de la ciudadanía le provoca la presencia israelí en el recinto ferial. Mucho antes había tenido que negociar acuerdos nada fáciles con el sector hotelero para frenar la escalada de precios de las habitaciones. Tuvo que plegar velas en 2020 con una suspensión que anticipó el encierro global por pandemia y que por aquel entonces a más de un sabiondo con vocación o profesión de tertuliano le pareció una precipitada exageración. Se recuperó a medias al año siguiente y casi totalmente en el 2022 cuando aquel cargante mantra del “ha venido para quedarse” se aplicaba sistemáticamente a los encuentros virtuales al tiempo que se entonaba precipitadamente el réquiem por la presencialidad.
El Mobile sobrevivió en Barcelona al procés , a los furibundos enemigos del procés y a los intentos torticeros y de muy mala fe de determinadas autoridades mesetarias de aprovechar el procés –y la pandemia y las fake news y todo lo susceptible de convertirse en arma arrojadiza contra la capital catalana– para arrebatarle la joya de los congresos y trasladarla a Madrid. Puestos a sobrevivir y a demostrar que tiene más vidas que un gato e incluso que Pedro Sánchez, sobrevivió ocho años a un gobierno municipal que, si bien acabó aceptando que el Mobile y el negocio que en él se genera no tiene porqué ser un invento diabólico, empezó su singladura sembrando serias dudas sobre la continuidad de la feria tecnológica en Barcelona y poco menos que invitándola a hacer las maletas.

Periodista catalano-brasileño. Redactor jefe de la sección Vivir. Más de media vida en La Vanguardia



