En los primeros años del siglo pasado el carnaval, un acontecimiento anual único de gran repercusión, era una fiesta esperada por una escasa población sin muchas oportunidades de diversión, aprovechada en especial por los jóvenes, chicas y muchachos, que durante el día se concentraban en grupos en distintas casas de familia, enfrentándose sin tregua en un marco de alegría en una lucha de agua.
Por la noche se realizaba el corso alrededor de la bien iluminada plaza Mariano Moreno, con excepción -por respeto- de la calle frente a la iglesia, donde llegaban jinetes, carros, sulkys y carruajes familiares adornados con flores y cintas dispuestos a una verdadera fiesta arrojándose serpentinas que formaban un fabuloso enredo de cintas de papel. No faltaban grandes carros con comparsas disfrazadas que animaban el lugar con música y cantos.
La municipalidad organizaba todos los años la llamada Comisión del Corso, integrada por vecinos distinguidos, encargados de ultimar los detalles para cuidar las buenas costumbres y evitar posibles desordenes y desmanes debido a que los festejos de Momo, donde se producían ciertos descontroles, coincidían con el veraneo de adineradas familias porteñas en las quintas y estancias de la localidad, por lo que era una doble preocupación de las autoridades, cuidar el orden y que los visitantes se llevaran una buena impresión.
Con la pavimentación en 1930 de la ruta 7, los corsos se trasladaron al lado norte, donde ahora se concentraba el comercio, ocupando la avenida Bartolomé Mitre entre Belgrano y Nemesio Álvarez.
Allí, en medio del bullicio se desplegaba todo un conjunto de fantasías, caretas, pomos, papel picado, serpentinas, lanza perfumes, etc. mientras desfilaban mosqueteros, gauchos, toreros, bailarinas españolas, marineros y piratas entre muchos otros disfraces.
Para el corso de 1936 se instaló una ornamentación de luces, «con acertado buen gusto» aseguraba el periódico Para Ud. además un equipo de música y mediante altavoces colocados a lo largo de todo el recorrido, se ordenó el paso de las comparsas.
Con los años surgieron los bailes de carnaval organizados por los tres grandes clubes locales, entre ellos seguramente los más famosos fueron los del Club Recreativo Los Indios, se deben agregar los clubes barriales, destacándose el Club Atlético El Fogonazo, que contaba con una alegre comparsa identificada con los colores verde y blanco de la entidad.
En febrero de 1942 la policía dispuso severas disposiciones que se debían cumplir en los corsos de ese año. La siguiente es una síntesis.
«Se declara totalmente prohibido, a las personas de cualquier sexo, el uso en la vía pública, corsos o bailes públicos, de careta, antifaz, pinturas u otras dicciones que desfiguren el rostro. Solo se permitirá el uso de disfraces de fantasía que no empleen en su indumentaria el uso de vestiduras sacerdotales, uniformes militares, banderas o insignias que puedan herir en lo más mínimo los sentimientos nacionales de cualquier país, uniformes policiales o boy-scouts y la insignia de la cruz roja. Las comparsas deberán inscribirse en la comisaria y entregarán una nómina de sus componentes, con especificación de su profesión y domicilio. No se permitirá que las comparsas incorporen en su tránsito personal o grupos que no formen parte de las mismas. La infracción será penada como desorden. Prohíbase durante los días de carnaval arrojar agua o cualquier otro liquido, bolas de papel, bombitas u otras análogas. Se tolerará únicamente el uso de papel picado o cortado, flores o serpentinas. Quienes recogieren del suelo papel picado o cortado, para volverlo a arrojar serán pasibles de sanciones. Todos los disfrazados deberán llevar prendidos en lugar visible el permiso policial».
Durante años jugar con agua continuó siendo la principal atracción del carnaval, hasta perderse con el paso del tiempo.



