Tendría unos doce años cuando quise ser monja. Iba a un colegio público y laico. La fe de mis padres renqueaba, pero nos llevaban a misa los domingos por deferencia a mis abuelos. La vulnerabilidad de Jesucristo medio desnudo, clavado en la cruz, despertaba en mí un sentimiento apasionado, entre morboso y compasivo, que era como un secreto entre él y yo. Nadie más llegaba a ese punto de comprensión mutua. Una comprensión que también compartía con los animales, con los árboles, con el mar y con la tierra, y sin embargo me costaba establecer con las personas. Prefería quedarme en casa leyendo y escribiendo, o pasear sola por el campo (y meditar, aunque entonces no supiera lo que era eso), a estar con gente.
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