El pasado jueves la llamada entre Claudia Sheinbaum y el presidente brasilero Lula Da Silva dejo pistas al interior del Gobierno sobre los próximos movimientos en la arena regional, de cara a un año donde habrá elecciones en Colombia y Brasil, los principales socios regionales de la 4T.
El presidente de Brasil está enfocado, según cuentan en la Cancillería mexicana, en evitar otro 2025, donde Donald Trump jugó a fondo en la política electoral de Argentina, Chile, Ecuador y Honduras, en todos los casos en apoyo público de sus candidatos y en todos los casos ganador, con el argumento de que si sus opciones no se imponían habría represalias. El corolario de inicio de año, con el ataque militar sobre Caracas, exhibió que Trump no habla en vano.
El presidente de Brasil aspira a conseguir que Trump no condicione desde sus redes sociales a unos electorados que vieron las imágenes de fuego y estallidos en Venezuela.
No se dirá en voz alta, pero Brasilia, como conocen en CDMX, tuvo que ver con el acercamiento de Gustavo Petro a la Casa Blanca y con la reunión que tendrá lugar en febrero en Washington.
Lula puede ejercer esta suerte de mediación regional no tanto por su peso geopolítico sino, más bien, como dicen cerca del subsecretario Christopher Landau, porque el presidente de Brasil no está señalado, ni él ni su partido, por nexos con el narco. La brecha entre Trump y Lula es, esencialmente, el expresidente Jair Bolsonaro, cuya familia tiene relación personal con el entorno de Trump.
Lula se movió muy rápido en el laberinto caraqueño. Fue el primer presidente de la región en hablar por teléfono con Delcy Rodríguez y a las pocas horas su ministro de Salud anunció un paquete de apoyo sanitario para Venezuela. Al mismo tiempo, el presidente se cuidó mucho de criticar abiertamente a Trump – igual que Claudia Sheinbaum -, y eludió un pedido de Francia de hacer un reclamo por la transición democrática. Obvio: Lula se lleva muy bien con Emmanuel Macron, pero quiere volver a ser presidente en octubre.
Lula se movió muy rápido en el laberinto caraqueño. Fue el primer presidente de la región en hablar por teléfono con Delcy Rodríguez y a las pocas horas su ministro de Salud anunció un paquete de apoyo sanitario para Venezuela.
Una serie de movimientos que tuvieron su recompensa. El viernes Lula vetó una ley del Congreso que favorecía una reducción de penas para Bolsonaro, acorralado por su conducta en las elecciones anteriores. Desde Washington no hubo la menor queja.
Lula, que gobierna un país con 2000 kilómetros de frontera con Venezuela, quiere ser un apoyo regional para Trump a cambio de que el republicano no abrace la candidatura del hijo de Bolsonaro y diga que la economía brasilera mejorará si es electo el senador Flavio Bolsonaro.
Petro sigue la misma música. Después de hablar con Trump comenzó a endurecer su discurso contra la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). El presidente de Colombia pasó de hablar de paz a decir el viernes que a los guerrilleros había que «darles duro».
Con elecciones en el mes de marzo, Petro además le mandó a Trump informes detallados de su política contra las drogas, concretamente indicios de que las plantaciones de coca se están reduciendo. No es un mensaje fácil de enarbolar. El reciente «Informe Mundial sobre las Drogas», publicado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc), señaló que hasta 2023 Colombia concentraba el 67 % de los cultivos mundiales de hoja de coca.
Como sea, hasta hace dos meses Petro decía que la verdadera droga era el petróleo. Un giro entendible: el presidente colombiano viene de decirle al diario El País que sintió miedo cuando vio lo sucedido en Caracas.
¿Y Sheinbaum? La presidenta entiende que, como en varias cuestiones de la vida pública, el gran desafío es interior. La orden de Palacio Nacional es evitar fricciones innecesarias con Washington y no aparecer implicada ni en protestas contra el servicio de migración en Estados Unidos, ni suscribir las marchas contra Trump en la CDMX ni mucho menos, como algún morenista intentó semanas atrás, aparecer cerca del flamante alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, quien apunta a convertirse en la antítesis de Trump y tomó protesta en una estación de metro abandonada, bajo un frio glaciar.
El final del camino es evidente: evitar cualquier tipo de acción electoral al interior de Estados Unidos de cara a las elecciones de medio termino de este año, donde Trump se juega su destino al querer quebrar una norma histórica dado que solo tres expresidentes ganaron esa contienda: Franklin Delano Roosvelt en los años 30, Bill Clinton en los 90 y George W. Bush con un país sumido en la segunda Guerra del Golfo.

