Por Pavla Ochoa /
Como no contar que la primer historietista mujer en Argentina, nació y se crío en su niñez, en Moreno. Martha Barnes, comenzó a soñar con dibujar historias en cuadritos en esta tierra. Tomé dimensión de este dato, en febrero de 2018, en la Casa de Mendoza en Buenos Aires, en la muestra del dibujante José Massaroli. Obviamente la noticia me sorprendió y me atrapó la idea de imaginar a una persona que vivió y creció desde 1931 hasta 1941, queriendo ser historietista, mientras jugaba en la zona céntrica de nuestra ciudad.
En lo personal, solía leer muchos de sus trabajos en las revistas de historietas, en el galpón de la casa de mí abuela materna, Antonia Astolfo, en el barrio Los Nogales. Por eso, cuando me enteré que Martha trabajó para la Editorial Columba y colaboró para DC cómics, la casa editorial de Batman y Superman, lleva en su espalda el rótulo de «primera mujer historietista de la Argentina», y además es morenense, fue toda una revelación y orgullo porque no debe haber sido fácil ser profesional en oficio donde el patriarcado marcaba las pulsaciones del hacer aventuras a cuadritos en el país.

Martha Barnes siempre fue muy cuidadosa con esa etiqueta: «No sé si soy la primer mujer historietista de la historia de la Argentina. Lo que si puedo asegurar es que soy la más antigua en este oficio que siempre estuvo relacionado estrechamente con los hombres».
En su andar como profesional del dibujo nunca olvidó su origen morenense. Porque su historia familiar tiene fuerte vínculo con nuestro distrito. Incluso, antes de que ella naciera en estas tierras el 28 de diciembre de 1931. La familia materna se mudó a Moreno, luego que el negocio de joyería de su abuelo cerrará y la enfermedad de su abuela determinará la necesidad de cambiar de lugar para vivir. Al llegar sus abuelxs con sus cuatro hijxs intentaron tener un criadero de aves, en un chalet ubicado cerca del centro de la ciudad. Al tiempo la madre de Martha se casó y se fue a su propia casa. Cuando nació la futura dibujante, a los meses se divorció y decidió regresar con sus padres. Al mismo tiempo, el emprendimiento avícola cerró, la familia alquiló una casa al lado de la Catedral Nuestra Señora del Rosario y su abuelo instaló un negocio en el que arregló relojes y afinó instrumentos musicales. En ese lugar y ese contexto creció la historietista.

Martha Barnes recordó en su propio blogspot esos años que vivió en Moreno: “Viví en ese lugar hasta los diez años, y fui muy feliz. Mí casa estaba al lado de la iglesia y frente a la plaza. En ese tiempo era un lugar mágico donde podíamos jugar los chicos del barrio, sin peligro alguno».

Cuando describe su hogar, siento que habla de la casa de mí abuela o de mí tía abuela Cata, porque en el Moreno de época solía ser común la descripción. Recuerda Marha: «Mí casa era un lugar maravilloso. Era antigua, muy antigua, con grandes patios. El primero, lleno de macetas con plantas; el segundo, tenía un enrejado con hermosas glicinas y como techo, una parra que daba uvas moradas. Un gran jaulón sin pájaros, con una diminuta puertita, por la que alguna vez me introduje en la jaula y que tuvieron que romper para sacarme. Un árbol de mandarinas al cual me subía para jugar. Y luego, venía un alambrado lleno de campanillas y malvones y por último, estaba el terreno con árboles frutales y al final, el gallinero. Toda casa que se preciara de completa tenía, en aquel entonces, un gallinero. En esa zona había una pared que daba a los fondos de la iglesia que yo exploraba concienzudamente y, les cuento, un día logré treparme a la torre del campanario por el lado de afuera ja ja¿Traviesa yo?».
Martha era libre, vivía la aventura en Moreno. Aún tiene viejas cicatrices de esas andanzas morenenses; caídas de paredes, de bicicleta, de árboles. Siempre jugaba a que era algún personaje creado por su imaginación. Era de ir al Cine Teatro París, lugar donde actualmente funciona el Teatro Municipal Leopoldo Marechal, y ahí la dejaban entrar gratis por ser vecinx. Y cuando salía de la proyección, reproducía lo que había visto en la pantalla mientras jugaba en la Plaza Mariano Moreno que estaba en frente de su casa.

En esos días comenzó a dibujar. Su abuelo la sentaba en una silla en la que le ponía un almohadón y ellx, con una hoja y lápiz, dibujaba. Esto derivó a que le dijera a la familia que quería ser historietista. No tenía dudas de eso. Con esa postura inamovible convenció a su mamá para que la anotaran en Mendoza en la Academia Nacional de Bellas Artes. Ahí acentuó su convicción de «hacer historietas», pese al menosprecio académico que le decía que «no era arte y tampoco un trabajo para una mujer».
Estuvo tres años en la provincia cuyana hasta que regresó a Buenos Aires. Y comenzó a trabajar profesionalmente en la editorial Muchnik. Dos años más tarde empezó a dibujar para Editorial Columba.
Continuará…



