El tópico “secreto mejor guardado de la literatura”, aunque trillado, es efectivo para definir la figura de la escritora Sara Gallardo (1931-1988). Hay que aclarar que la condición de “secreto guardado” no fue por propia decisión, sino por cierto desdén de “la academia”, ese grupo nebuloso de intelectuales que decide si un escritor es parte del canon o no. Sin embargo, tras varias décadas de olvido su obra empezó a ser revisada y puesta por lo más alto.
Según Lucía De Leone, doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, e investigadora de la obra de Gallardo, “me gusta la imagen de literatura camaleónica. También me gusta pensarla como un gran rompecabezas, porque en cada obra Gallardo trae una propuesta distinta. Esto implica justamente no poder encorsetarla, encasillarla en constelaciones críticas prefijadas o en paradigmas interpretativos”, señaló al portal cultura.gob.ar con motivo de una muestra realizada en Museo del Libro y de la Lengua en 2019.
Gallardo fue escritora y periodista entre los años 50 y 70 cuando la mujer empezaba a cobrar un rol importante en el mundo masculino de las letras. Nombres como Beatriz Guido, Martha Lynch y Silvina Bullrich eran muy reconocidas y sus libros se vendían como pan caliente. Además, participaban en debates televisivos sobre temas políticos y sociales. Gallardo también formaba parte de ese universo, pero tras su muerte no fue motivo de ningún estudio universitario, ni mención especial. Ese destino fue algo que unió a esas escritoras.


La pregunta es si influyó un prejuicio de clase para desconocer su obra. Sara Gallardo fue tataranieta del presidente Bartolomé Mitre, bisnieta del escritor Miguel Cané y nieta del científico Ángel Gallado. Su alcurnia era indiscutible, pero eso no le impidió romper ciertas estructuras e ir contracorriente. Tuvo dos matrimonios y cuatro hijos: tres con Luis Pico Estrada y uno con el escritor Héctor Murena.
“A Silvina y Victoria Ocampo no les costó la clase como sí le costó a Sara Gallardo. Entonces, me parece que es importante continuar revisando esos modos de ordenar la literatura argentina”, afirmó De Leone.
Sara Gallardo en acción
Cada vez que entraba a una redacción, no pasaba desapercibida; porque sus finas facciones y su prestancia al andar despertaban admiración. Escribió crónicas de viaje en “La Nación”, el diario fundado por su tatarabuelo, y publicó en revistas como “Atlántida” o “Confirmado” de Jacobo Timerman . Llegó a tener una columna propia con foto y firma, cosa poco habitual en la época y más para una mujer.
Su primera novela fue “Enero” de 1958 y es la historia de Nefer, una adolescente de 16 años que trabaja en el tambo de una estancia argentina. La joven sufre una violación y cae en la angustia y soledad, en un entorno rural opresivo y desolado. La novela fue resaltada por María Elena Walsh y la revista “Sur”, por ejemplo.
En 1968, Gallardo da a conocer “Los galgos, los galgos”, y reafirmó su capacidad como escritora. El personaje principal se llama Julián, que hereda una estancia y se va a vivir con su novia. A la pareja la cuidan dos galgos llamados Corsario y Chispa. Viven felices, pero desconocen que el mal que marchita el amor está dentro de uno y no viene de afuera. Para la crítica fue el punto más alto de su creatividad. Gallardo escribió e hizo lo que quiso.
Publicó libros para los niños, a partir de su experiencia como madre y viajó por todo el mundo; vivió en constante desplazamiento. Prueba de ello es “Vivir de viaje”, libro que recopila sus crónicas desde distintas partes del mundo y sus columnas sobre distintos temas. Murió de un ataque de asma con poco más de cincuenta años.
De un tiempo a esta parte sus libros empezaron a reeditarse, y los lectores están felices por volver a leer o descubrir esta gema que conserva un brillo incesante.





