La ciudad de San Cristóbal, en el corazón de Santa Fe, se despertó este lunes sumergida en un silencio que solo el dolor más profundo puede generar. Lo que debía ser una jornada habitual de estudio en la Escuela N°40 “Mariano Moreno” se transformó, en un abrir y cerrar de ojos, en La ciudad de San Cristóbal, en el corazón de Santa Fe, se despertó este lunes sumergida en un silencio que solo el dolor más profundo puede generar.
Lo que debía ser una jornada habitual de estudio en la Escuela N°40 “Mariano Moreno” se transformó, en un abrir y cerrar de ojos, en un escenario de guerra y espanto. Entre el caos de las corridas y el estruendo de una escopeta calibre 12/70, emergió la figura de Fabio Barreto, un asistente escolar que, sin buscarlo, terminó siendo el muro que separó la tragedia de una masacre aún mayor.
Eran pasadas las siete de la mañana cuando el horror se hizo presente en los pasillos. Un alumno de 15 años, que según sus compañeros parecía actuar bajo un trance indescifrable, abrió fuego contra sus pares.
El saldo fue devastador: Ian Cabrera, un adolescente de apenas 13 años, perdió la vida, y otros ocho estudiantes resultaron heridos. En medio de ese torbellino de pánico, Fabio no dudó. El hombre, que trabaja diariamente cuidando el bienestar de los chicos, se convirtió en el protagonista de un acto de arrojo total.

«Si no hubiese intervenido hubiese sido peor… el chico estaba en estado de shock y podía haber matado a más alumnos…», recordó Fabio con la voz todavía quebrada por la adrenalina y la angustia en diálogo con TN.
Y siguió: «En ese momento se escuchó una explosión. Nosotros pensamos que se había caído algo, por el ruido y después se volvió a escuchar y en ese momento reaccioné y vi que los chicos empezaron a correr hacia afuera y ahí lo veo que el alumno tenía un arma y estaba tirando… la reacción fue encararlo y sacarle el arma».
La reconstrucción de los hechos que hizo Barreto frente a las cámaras remarcó la crudeza de la realidad santafesina. El asistente escolar detalló cómo fue el cara a cara con el menor y al ser consultado sobre cuántos disparos percibió, fue tajante: «Cuatro disparos. Cuatro disparos y ya había cargado para tirarme, digamos. Cuando yo salí corriendo, se frenó, me apuntó, pero no alcanzó a gatillar porque le reduje y saqué el arma. Después mis compañeros, una vez que lo reduje, vinieron, sacaron el arma y yo lo mantuve al alumno para que no siga haciendo daño».

El riesgo fue extremo. La vida de Fabio pendió de un hilo durante los segundos que le tomó abalanzarse sobre el menor. «Me apuntó cuando lo saco corriendo. No alcanzó a gatillar. No le di tiempo», afirmó con la seguridad de quien actuó por puro instinto de preservación ajena.
Lo más estremecedor del relato de Barreto no fue solo el enfrentamiento físico, sino el estado mental en el que encontró al joven agresor tras reducirlo.
Lejos de encontrar una actitud desafiante o violenta en sus palabras, se topó con una desconexión total de la realidad. «No se resistió. Me dijo que había salido a cazar el fin de semana. Eso nomás. Pero el chico no me no reconocía nada», explicó el asistente, dejando en evidencia el vacío en la mirada del adolescente.
El diálogo, breve pero impactante, continuó acerca de lo que pasó mientras esperaban la llegada de las fuerzas de seguridad. Según Fabio, el chico «no sabía nada, no sabía dónde estaba, qué había hecho. Lo lo reduje y lo contuve hasta que llegó la policía». El hombre describió al atacante como alguien que estaba fuera de sí: «No sé. Estaba desorientado, no sabía lo que hacía». Incluso, aseguró que el joven «no sabía tampoco que había matado a un chico».

Detrás del «héroe de San Cristóbal», hay un padre que sintió el miedo en carne propia. Fabio confesó que su motor fue, en gran parte, su propia familia. Al preguntársele por qué tomó semejante riesgo, su respuesta fue simple: «No sé. La reacción de ese momento al ver el chico disparando me salió. No sé».
Sin embargo, la motivación profunda apareció al mencionar a los suyos. «Sí, tengo un nene de 9 años», dijo conmovido, y admitió que la imagen de su hijo se le cruzó en aquel instante de peligro: «Sí, también pensé. Se me pasaron muchas cosas por la cabeza».
Hoy, mientras la justicia investiga el origen de la escopeta y el entorno familiar del tirador —cuya madre se dijo es una docente con licencia psiquiátrica y su padre un camionero ausente—, Fabio Barreto intenta procesar lo vivido.
Su intervención evitó que la lista de víctimas fuera interminable, transformándolo en un símbolo de valentía en medio de una comunidad que hoy solo llora y pide respuestas por la salud mental de sus jóvenes.

