Un cirujano plástico del hospital Monte Sinaí suturó con 35 puntos la herida en la cabeza de una joven sobre la mesa del comedor de Jeffrey Epstein.
Un médico internista del centro de salud de West Palm Beach solicitó un análisis de sangre de otra mujer y luego le informó los resultados anormales a Epstein.
Un dentista de la Universidad de Columbia le preguntó a Epstein cuántos trabajos quería que le hiciera a una «chica» con deterioro dental severo.
Todos estos proveedores formaban parte de un calificado grupito de especialistas en el campo de la salud, leales, cultivados y recompensados por Jeffrey Epstein, el delincuente sexual y financiero convicto que murió en prisión en 2019. Epstein recurría con frecuencia a la pericia profesional de esta gente para sus propias dolencias, haciéndoles consultas sobre su dolor de espalda, su colesterol alto y medicamentos para disfunción eréctil. A veces conectaba a tales especialistas con sus poderosas amistades en los negocios y la política e incluso a cierta abogada le organizó una mamografía.
Pero Epstein también utilizaba a su plantel médico para manipular a jóvenes extranjeras que tenían relaciones sexuales con él, según una serie de documentos que lo involucran publicados por el gobierno en enero.
Les indicaba a sus mujeres que se hicieran exámenes pélvicos, liposucción, extirpación de lunares, y pagó toda una variedad de tratamientos especializados, desde terapia psiquiátrica de 800 dólares la hora hasta tratamientos de conducto. En ocasiones interrumpía abruptamente la atención médica de las mujeres: cierta vez, un asistente suyo le envió la solicitud de una de ellas que pedía 600 dólares para renovar su receta de medicamentos para el acné. «Ignorar», respondió Epstein.
No sorprende que alguien con la riqueza y las conexiones de élite de Epstein reciba atención de primera clase de profesionales de confianza y trato VIP en importantes hospitales. Pero los nuevos documentos revelan que parte de su elenco de servicios médicos vulneró o rompió normas éticas de la profesión.
Un médico cercano envió parejas sexuales de Epstein a otras instituciones para que las trataran contra la gonorrea de modo que, cuando sus casos se informaran a las autoridades de salud pública, no se las vinculara con él. También hubo quienes compartieron con el multimillonario información médica privada de sus pacientes, revelaciones que incomodaron al menos a una mujer.
«Toda la gente a la que le pagás directamente te mantiene bien informado sobre mis ‘tratamientos'», le escribió la mujer a Epstein. No quería que le pasara lo mismo con un psiquiatra al que pensaba acudir.
Epstein restó importancia a la preocupación de la afectada. «Se ocupan de asegurarse de que yo esté conforme», le dijo.
El magnate recompensaba a sus profesionales preferidos con pagos cuantiosos, relojes Apple, presentaciones a gente famosa y vacaciones en su isla privada y en su estancia de Nuevo México. Un dermatólogo con problemas económicos le pidió que fuese aval del contrato de leasing de su auto.
Epstein emitió cheques sustanciosos para proyectos de investigación y obras benéficas de diferentes especialistas. Donó más de 375.000 dólares al Monte Sinaí, gran parte de ellos a un centro de cáncer de mama fundado en ese hospital por la doctora Eva Andersson Dubin, que en la década de 1980 había salido con él durante muchos años.
La doctora Dubin se convirtió en el enlace de Epstein con el Monte Sinaí para ponerlos en contacto a él, sus amistades y a las mujeres de su entorno con los médicos del hospital. Además consiguió puestos allí para por lo menos dos chicas jóvenes a pedido de Epstein.
En su declaración a The New York Times, un representante de la doctora Dubin afirmó que a lo largo de su carrera ella había derivado a cientos de amistades y otras relaciones e inclusive a Epstein a especialistas colegas. “Cada derivación se llevó a cabo de buena fe y sin tener conocimiento de ninguna irregularidad”, indicaba el comunicado. Ella “nunca presenció, sospechó ni tuvo conocimiento de la conducta delictiva de Epstein”, concluía.
Una portavoz del Monte Sinaí no aceptó hacer comentarios sobre casos individuales de pacientes pero afirmó que el hospital ha formado un comité para investigar los vínculos con Epstein. «Seguiremos adoptando todas las medidas pertinentes», enfatizó.

Conexión con el Monte Sinaí
The New York Times revisó más de 15.000 documentos de los archivos de Epstein —mensajes de texto, correos electrónicos, resultados de laboratorio y registros financieros, entre otros— que muestran interacciones suyas con más de una docena de médicos y médicas entre 2009 y 2019. Aunque los nombres de las mujeres involucradas están en gran parte tachados, el Times contactó a aquellas que pudieron ser identificadas.
La médica más cercana a Epstein fue Eva Andersson Dubin, fundadora del Centro Mamario Dubin en el Monte Sinaí. Ex Miss Suecia, había salido con Epstein mientras estudiaba medicina y siguió siendo su confidente íntima después de casarse con el multimillonario de los fondos de inversión de riesgo Glenn Dubin.
A través de largos años el notorio abusador recurrió a su amiga, que tenía buenos contactos, para solicitudes médicas de todo tipo.
En 2012 una joven rusa le escribió a Epstein para preguntarle si a él le importaría que ella tuviera relaciones sexuales con otro hombre si usaban preservativo. «Primero tenés que ir al ginecólogo», le contestó Epstein, y le dijo que la iba a llamar la doctora Dubin.
En un mensaje posterior agregaría que la doctora Dubin iba a coordinar la derivación: «Eva organizará lo del médico de conchitas». (La doctora Dubin no aparecía en los correos electrónicos.) La mujer informaría luego que Dubin le había dado los números de teléfono de dos médicos.
Alrededor de esa misma época, Eva Dubin también consiguió que la joven, identificada en correos electrónicos como estudiante de pregrado, obtuviera un puesto de voluntaria en la recepción del Centro Mamario Dubin. Aunque el sindicato del hospital se opuso a contratar a una trabajadora no remunerada, el puesto fue acordado después de que Dubin apelara al director del hospital.
«Les dije que simplemente estaría sentada en la recepción y causaría una linda impresión», le contó Eva Dubin a Epstein cuando el trabajo se hizo oficial.
Varios meses más tarde Epstein le mandó un mail a Eva con un problema urgente: él y la estudiante rusa estaban en vuelo a Nueva York desde la isla privada en las Islas Vírgenes estadounidenses. La chica se había caído de un cuatriciclo, escribía Epstein, y se había hecho una gran herida en la frente que requería atención. «Podés organizarlo gracias», le ponía.
Dubin respondió que estaba disponible uno de los cirujanos plásticos del Monte Sinaí, el doctor Jess Ting, y añadió que ella misma se uniría al grupo. Al día siguiente Epstein le contó a un asistente que el doctor Ting le había dado 35 puntos de sutura a la mujer mientras esta estaba tendida en la mesa del comedor.
En la publicación inicial de los archivos de Epstein por parte del gobierno se incorporó una foto que parecía capturar esa escena, con los rostros bloqueados. Tras algunas consultas del Times, el Departamento de Justicia de EE.UU. publicó una versión diferente de la fotografía que al parecer muestra al doctor Ting.
Un correo electrónico enviado dos días después del incidente menciona los antibióticos que la doctora Dubin suministró a la mujer la noche de la intervención.
Margaret Moon, doctora experta en ética médica de la Universidad Johns Hopkins, opinó ante el Times que el incidente fue «impresionante». Con una herida tan grave, sostuvo, la mujer debería haber sido atendida en una sala de urgencias con capacidad para atender todo tipo de complicaciones.
Suturarla en la mesa del comedor de Epstein fue «una decisión tomada no por el bien de la paciente, sino, me parece, por el bien de alguien amigo», declaró la doctora Moon. «Es muy difícil de justificar.»
Meses después el doctor Ting consiguió una donación de 50.000 dólares de Epstein para su investigación sobre cáncer de mama. Poco más adelante, Ting, su novia y los hijos de ésta visitaron la isla de Epstein.
El cirujano plástico efectuó más visitas a domicilio por encargo de Jeffrey Epstein, asesoró a una mujer sobre una rinoplastia y practicó la extirpación de un quiste graso del hombro de Epstein. Ting comentó que, antes de la cita para extraer el quiste, el jefe de su departamento en el hospital le había advertido que no realizara el procedimiento en casa de ningún paciente.
El jefe había dicho que «¡si lo hacía en una casa me sancionarían! ¡Ridículo!», manifestó el cirujano, de acuerdo con un mensaje que le envió a uno de los asistentes de Epstein.
En declaraciones al New York Times, Ting aseguró: «En mi tratamiento de estos pacientes adultos, nunca supe, presencié ni tuve conocimiento de ninguna actividad ilegal ni potencialmente ilegal».
Inicialmente el cirujano aseveró a The Times que no era él quien aparecía en la fotografía censurada de una intervención médica en el comedor de Epstein. En cuanto a la nueva versión de la foto publicada en el sitio web del gobierno, que parece mostrarlo, se negó a formular comentarios.
«Epstein representa lo peor de la naturaleza humana y lamento profundamente haber tenido alguna relación con él», había expresado el médico en su declaración inicial.
Epstein hacía donaciones frecuentes al Monte Sinaí, que le ofrecía acceso 24/7 a los servicios VIP del hospital, según consta en correos electrónicos. En 2013 la doctora Dubin le propuso un nuevo proyecto de 5 millones de dólares: una planta oncológica postoperatoria para mujeres que proporcionaría práctica de yoga, cuidado capilar y servicios de salud mental.
Si Epstein aportaba apoyo financiero, le hizo saber, podía presentarse una oportunidad para llamarla “‘Planta Epstein para Mujeres’, si se quiere». Los documentos disponibles no mencionan ninguna respuesta.
La doctora Dubin también conectaba al plantel médico con poderosos amigos de Epstein.
En marzo de 2015, a petición de él, ella concertó una cita en el Centro Mamario Dubin para Kathryn Ruemmler, ex abogada de la Casa Blanca de Obama. Al mes siguiente Epstein le preguntó a su doctora amiga los resultados de la señora Ruemmler. (Eva Dubin le respondió que hacía falta el permiso de la paciente para compartir esa información.)
Dos años después Epstein les escribió a la doctora Dubin y a la señora Ruemmler con un recordatorio: «Kathy, hora de la mamografía».
Un representante de Kathryn Ruemmler declaró a The Times que «varias personas la derivaron a médicos de la ciudad de Nueva York». Ella renunció en el transcurso de febrero a su función de asesora jurídica general de Goldman Sachs luego de que la publicación de documentos del gobierno revelara su estrecha relación con Epstein.
Enfermedades de transmisión sexual en secreto
En Palm Beach, Florida, donde tenía una mansión, Epstein contaba con su médico personal de toda la vida, el doctor Bruce Moskowitz, a quien alguna vez se refirió como «el internista de los ricos del mundo».
Durante sus viajes con mujeres por todo el mundo, Epstein recurría al doctor Moskowitz para obtener derivaciones rápidas a ginecólogos en Nuevo México, Gran Bretaña y Polonia.
En su casa de Florida, Epstein consultaba a su médico sobre la salud de las chicas jóvenes. En 2018, por ejemplo, a través de una serie de correos electrónicos ambos hombres se refieren al recuento anormal de glóbulos blancos y a la aptitud de una mujer con respecto a un tratamiento estrictamente regulado para el acné.

También en 2018 el doctor Moskowitz ayudó a Epstein y a dos mujeres a tratarse por gonorrea, infección bacteriana de transmisión sexual que se combate con un antibiótico inyectable.
“Para estar seguros creo que tendrías que darles una inyección mañana a mis dos amigas o mandarlas a algún lugar cercano”, escribía Epstein por entonces.
Moskowitz le respondió con un mensaje de texto ofreciéndole tratarlo a él pero recomendando que las mujeres fueran a una sala de urgencias en West Palm Beach. “Así no tengo que informar los casos al departamento de salud, incluyendo a los contactos”, aclaraba. (El Departamento de Salud de Florida exige que todo profesional médico que trata casos de gonorrea informe los nombres de las personas que den positivo.)
Al día siguiente Epstein le envió un mensaje de texto a Moskowitz preguntándole si las mujeres habían revelado el origen de sus infecciones.
Moskowitz le aseguró que no. «Dijeron un amigo en el extranjero», escribió. No está claro cómo supo lo que las mujeres habían revelado en la sala de emergencias.
El doctor Moskowitz no respondió ninguno de nuestros correos electrónicos, mensajes de texto ni llamadas a su celular ni a su consultorio destinados a obtener comentarios suyos para este artículo.
Según consta en los documentos, de 2014 a 2017 Epstein donó cuando menos 225.000 dólares a fundaciones vinculadas al doctor Moskowitz y a su esposa Marsha. También acordó invertir “un par de millones” en una empresa del hijo del matrimonio y alojó al médico en su estancia de Nuevo México.
Moskowitz, a su vez, se mantuvo fiel a Epstein, aun cuando las investigaciones del diario The Miami Herald revelaron el alcance de sus abusos a menores una década antes.
En noviembre de 2018, luego de la publicación de uno de los artículos, Moskowitz le envió un mail a Epstein con el asunto «Aquí estamos para vos Marsha y yo». La esposa, en sus palabras, «se enfureció con la prensa, casi le da un puñetazo a su iPad!».
Epstein cliente
A juzgar por el nuevo lote de documentos, Epstein se inmiscuye una y otra vez en decisiones médicas de chicas jóvenes. No está claro si le dieron permiso para hacerlo. De acuerdo a la ley federal está prohibido divulgar información médica privada a terceros sin el consentimiento de cada paciente.
Cuando el Times indagó acerca de algunas situaciones descriptas en los correos electrónicos, un experto puso en duda que las mujeres hubieran podido dar su consentimiento legal, considerando el poder que tenía Epstein sobre ellas.

«Se ven obligadas a aceptar este tratamiento por un médico que no han elegido», puntualizó Barry R. Furrow, director del Programa de Derechos de la Salud de la Universidad Drexel. «No creo que se pueda siquiera hablar de consentimiento en este caso.»
En muchas ocasiones en el staff médico afín se actuaba como si Jeffrey Epstein, y no las mujeres, fuera su principal interés.
En 2013 alguien de su equipo le transmitió a Epstein un mensaje de un dentista docente de la Universidad de Columbia, el doctor Thomas Magnani. Magnani había examinado a una paciente enviada por Epstein y había descubierto que tenía graves problemas, entre ellos dos «dientes negros» en la parte frontal de la boca y un hueco en un incisivo. Había que hacerle un tratamiento de conducto, 11 empastes y colocarle ortodoncia, le comunicó su asistente al señor Epstein. Pero el dentista no estaba seguro de qué servicios estaría dispuesto a pagar él.
«No sabe cuántos trabajos quiere usted que le hagan a esta chica», planteó el asistente. Los registros muestran que Epstein aceptó pagar un tratamiento de conducto.
El doctor Magnani no respondió a nuestras solicitudes de hacer comentarios. El 16 de febrero la Universidad de Columbia rescindió su cargo de profesor, cuando otros archivos revelaron que había ayudado a la novia de Epstein a eludir el proceso normal de admisión a la facultad de odontología. Muestran los registros que Epstein entregó a la facultad de odontología de Columbia al menos 50.000 dólares en respuesta a súplicas del doctor Magnani.
En oportunidad de inscribir a varias mujeres en una sala de urgencias de Nueva York exclusiva para socios en 2016, Epstein ni siquiera tuvo que dar los nombres.
El cofundador de esa sala de urgencias privada era el doctor Bernard Kruger, médico de Epstein de larga trayectoria. El personal de Epstein y Kruger acordaron una tarifa de 15.000 dólares por un año de acceso para Epstein y cinco «chicas».
Posteriormente un contador envió un mail para confirmar a Epstein que el equipo del doctor Kruger no le había exigido que mencionara los nombres de las mujeres cubiertas por el plan. Figurarían nada más que como «asistentes 1 a 5 sin usar nombres», decía el mail, «lo que creo que le da a usted más flexibilidad». Una vocera de la sala de emergencias, ahora llamada Sollis Health, informó que los nombres de las mujeres se habían añadido a las cuentas tiempo después.
En por lo menos un caso, tampoco en el consultorio particular del doctor Kruger de Manhattan se usaron los nombres de mujeres relacionadas con Epstein al programar sus turnos. En 2018 desde allí se contactaron con el staff de Epstein para informar que la «asistente de Jeffrey» necesitaba reprogramar su turno, pero en la oficina de Epstein no pudieron identificar de quién se trataba. (Correos electrónicos posteriores muestran que la cita era en realidad para la ex abogada de la Casa Blanca, Kathryn Ruemmler.)
Mark Botnick, portavoz del doctor Kruger, afirmó que éste no recordaba aquel incidente y creía que debía de tratarse de un error administrativo.
“El hecho de que posteriormente se revelase que Epstein era abusador serial no incrimina a los médicos que lo atendieron”, sostuvo Botnick.
Otro médico prestó a mujeres servicios que parecían formar parte de un complejo acuerdo financiero con Epstein.
El dermatólogo Steven Victor solía realizar extirpaciones de lunares y otros procedimientos a mujeres derivadas por Epstein en Manhattan. Según los registros, en 2006 Epstein prestó 100.000 dólares a una empresa de productos de belleza del doctor Victor.
Pero para 2009 Victor se había hartado del financista. En una nota cargada de enojo le recordaba que a sus «novias» no les había cobrado nada por atención médica. Y que había sido «leal», destacaba, al negarse a hablar con los numerosos periodistas que lo habían interrogado sobre él.
«Yo cumplí con mi parte como lo prometí», escribió el doctor Victor. Pero Epstein se negó repetidamente a invertir en negocios del médico y le había mandado demasiadas pacientes para que las atendiera sin cobrarles. «Usted no puede enviarme amigas como si nada y esperar que yo cubra los costos», señalaba Victor.
Epstein respondió que Victor todavía no le había devuelto lo que le debía por transacciones anteriores. También mencionaba que si alguna vez Víctor hubiera hablado con periodistas, eso sería “algo que yo nunca habría perdonado”.
Radicado actualmente en Dubái, el doctor Victor declaró en una entrevista telefónica que Epstein era uno más de los muchos pacientes adinerados a quienes les había solicitado préstamos o inversiones: «No es un caso aislado. Básicamente, no era una relación importante».
El dermatólogo afirmó que nunca había sentido que Epstein tuviera influencia sobre él y que siempre priorizaba a sus pacientes. Aseguró que no había notado ningún signo de coacción en las mujeres que Epstein le mandaba. «La mayoría eran jóvenes, pero mayores de edad», comentó. «Nadie se quejó. Todas quedaron conformes.”
Después del irritado intercambio de correos electrónicos el doctor Victor siguió atendiendo a mujeres que le mandaba Epstein. «Llamalo y consultale al doctor Victor lo de tus senos», le ordenaba Epstein a una mujer en un mail. Al preguntarle ella qué clase de médico era, Epstein respondía «Te va a mandar a su socio, que te saca grasa del culo y te la pone en los pechos».
Y el médico siguió pidiéndole dinero a Epstein, a veces en términos desesperados. «Me van a desalojar del consultorio y demás si no consigo los fondos. ¡SOCORRO!», le puso a fines de 2009. Al año siguiente le pidió a Epstein que le avalara el contrato de leasing de un coche.
«Envíeme toda la documentación por correo electrónico», escribió Epstein. (Victor afirma que Epstein no avaló el contrato de leasing.) Ese mismo año Epstein retomó la misma cadena de mails y le pidió a Victor que viera a otra mujer.
Colaboraron para este reportaje Julie Tate y Urvashi Uberoy.
David A. Fahrenthold es periodista de investigación del New York Times y escribe sobre organizaciones sin fines de lucro. Hace dos décadas que se desempeña como periodista.
Azeen Ghorayshi es periodista de ciencia del Times.
Maggie Astor cubre para el Times la intersección entre salud y política.
Traducción: Román García Azcárate

