Éramos tres personas deseosas de un gustoso café bajo un cielo encapotado y melancólico en la ciudad. Me encuentran los domingos, buscando cada vez con más frecuencia, dónde reposar con una infusión que apacigüe la agitación de la vida cotidiana.
Al llegar a Morfeo, tuve la misma sensación que en ocasiones anteriores: calma. Distintos comensales charlaban por lo bajo, otros leían el diario, y algunos de ellos contemplaban a través de grandes ventanales, el cielo gris que anunciaba definitivamente la llegada del otoño. Ésta vez, dos de nosotros, elegimos sentarnos en un sillón, que se encontraba envuelto en una delicada manta que invitaba a relajarse junto a ella.
Observaba, cómo se desempeñaba el trabajo de los camareros y camareras con el mismo sosiego que ofrecía el lugar. Sobre una pequeña barra, una mujer se encontraba absorta trabajando en su notebook, y junto a ella logré divisar, a un señor de camiseta rosa que inclinaba su cabeza sobre una vitrina que contenía variadas y tentadoras tortas. Parecía haber ido a efectuar su pago, pero el desfile de pastelería captó de lleno su atención. Se reía con su billetera en mano de su propia reacción. Fue justo ahí, al ver el inocente gesto de este comensal, que decidí sacar de mi bolso la pequeña agenda y comenzar a escribir.
La carta citaba lo siguiente:
Era variada y clara, ofrecía platos e infusiones para todos los gustos con sus respectivos valores a la vista. Contenía una sección de «promo del día», lo que me resultó atinado y tentador al mismo tiempo.
Decidí deleitarme con un café latte chico y un croissant con jamón y queso. Todo trascendía en tiempo y forma. Mientras esperaba por el cafecito, miraba cómo los transeúntes que arribaban a Morfeo despeinados por el viento, pedían sus cafés y tortas para llevar a casa y regocijarse junto al clima otoñal. Cada elemento del lugar, parecía seleccionado con una clara intención de brindar serenidad a través de colores, texturas e iluminación.
Un joven barista, se encontraba detrás de la máquina de café, concentrado en la pequeña taza que sostenía con cuidado, dándole forma al copete de crema con una cucharita de mango rojo. Se escapaba con furia de la máquina, el vapor que anunciaba el proceso y posterior llegada del café que se veía así:
El café era suave y espumoso, con la acidez justa en mi opinión. Me resulta incómoda esta pintoresca taza, encuentro que el asa es demasiado pequeña. El croissant estaba tibio y crocante, me pareció muy placentero al morder y realmente apetitoso, lo recomiendo ampliamente.
Considero que este espacio brinda tranquilidad a sus comensales, a través de elementos minimalistas que vuelven más confortable la experiencia.
A unos metros de nuestra mesa, se encontraba una pareja que al comienzo parecía tensa y preocupada. No sé si fue Morfeo, o la propuesta de su establecimiento, pero al cabo de una hora y al finalizado su almuerzo, ellos reían sin ajetreos.
Te veré pronto Morfeo, o me visitarás en sueños.