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Mundos íntimos. Filmé una película de una familia que se peleaba por dinero. Nunca pensé que luego viviría el mismo drama.

En la casa de mis abuelos siempre se almorzó tarde. Los domingos al mediodía, con mis hermanos, entrábamos corriendo por más que tuviéramos mínimo dos horas de espera para comer. Yo agarraba el diario y me ponía a leer el suplemento de espectáculos; ellos jugaban por toda la casa. Mi abuela amasaba los fideos. Cuando llegaba el momento de usar la Pastalinda, hacíamos cola. Todos queríamos girar la manivela. Mi abuela nos mandaba a lavarnos las manos. Ella limpiaba todo con alcohol antes de cocinar; su cocina era impecable. Hoy, si cocino sobre una mesada sucia, siento que ella me criticaría.

Hace diez años filmé una película en esa casa. Trataba sobre primos distanciados por peleas familiares. En ese entonces, ante las preguntas del público, negaba que fuera una historia personal. Hoy podría responder que lo es.

Siempre me gustaron las películas sobre relaciones, vínculos y familias disfuncionales. Por eso, cuando empecé a escribir, elegí esas historias. Lo peligroso de hacer películas realistas es que se piensa que estamos trabajando con nuestra propia historia, y no siempre es así. Uno toma detalles, frases o situaciones, pero a mí me gusta convertir todo eso en ficción.

Cuando falleció mi abuelo, mucha gente se preguntaba qué iban a hacer con la casa, con mi abuela viviendo sola en un lugar tan grande. Es verdad: la casa es grande y cara de mantener, pero a mí siempre me intrigó y me gustó por partes iguales. Por un lado, me parecía ridículo que preguntaran algo tan material mientras velábamos a mi abuelo y, por otro, pensaba que tenía que filmar la casa antes de que algo pasara. La casa no se vendió, pero hoy no tendría permiso para filmarla.

Voy a decir la verdad, algunos conflictos sí eran reales, pero no pertenecían a mi familia directa. Hubo una empresa familiar, hubo una quiebra y hubo broncas. Eso pasó hace más de treinta años; yo lo escuché, lo tomé e inventé una empresa vinculada al mármol ónix, una excusa para poder filmar el pueblo natal de mi abuelo, La Toma, donde hay canteras de ese mármol. La película se llama Ónix y la dediqué a mis abuelos. Mi abuela viajó cuando la presentamos en el Festival de Mar del Plata; pudo ver su casa en pantalla grande. De los abuelos a los que la película está dedicada, ella fue la única que pudo verla. Cuando terminó la proyección, me dijo que la película le había gustado, pero que tendría que haber tenido más cuidado con la estética, le molestaba que había filmado las grietas de las paredes.

Nicolás Teté (gorro rojo, buzo azul, mirando por la cámara) mientras filmaba “Ónix” en la casa de sus abuelos. Hoy no podría.

“Ónix se está volviendo realidad”, dice mi hermano para desdramatizar mientras conversamos sobre dónde pasaremos las fiestas. Vamos con mi mamá a visitar a mi abuela. Nos recibe en la cocina, se queja de dolores de estómago, conversamos trivialidades. En un momento abre la puerta mi tío; va a entrar, se asoma, pero ve que estamos con mi mamá, cierra rápido y se va. No me veía hace dos años y no le interesó saludarme. Nació su hija y la familia ya está desmembrada, pero mi mamá insiste en que vaya a conocer a la beba. La acompaño; no quiero cruzarme con mi tío. Mi mamá ya me contó que, algunas veces que fue, él no la saludó. Mis primos de 10 y 6 años me saludan, conversamos y jugamos un rato. Noto que mi mamá está triste.

En la película, las hermanas se distancian principalmente por culpar al marido de una de ellas de haber tomado malas decisiones en la empresa. En la vida real, la pelea tiene un origen parecido. Hace unos años, mi mamá me contó que mis tíos habían cuestionado unas decisiones que tomó mi papá durante la quiebra; querían explicaciones y les fueron dadas, pero no fueron bien recibidas. Un abogado amigo de mi tío les dio su visión del asunto y, de ahí en más, mi familia quedó envuelta en un capítulo berreta de Succession. Nos convertimos en lo que siempre criticamos: una familia peleada por plata.

Por unos meses mi abuela se mantuvo imparcial. No hablaba del tema, no daba su opinión y mantenía un buen vínculo con mi papá, a quien conoce de toda la vida. Por supuesto, lo que empieza con reproches sobre documentos comienza a expandirse y aparecen otros rencores, otras peleas, frases hirientes. Ese año mi abuela hace dos festejos de cumpleaños: uno con mis padres, otro con mis tíos. Después algo pasa; mi abuela comienza a comportarse distinto. Cuando está de visita en la casa de mis papás y la llaman mis tíos, miente, no dice dónde está. Lo notamos y se lo cuestionamos. Dice que prefiere no hablar tanto.

Nicolás Teté en la pileta de la casa de sus abuelos cuando era chico e ir de visita significaba pura alegría.

Cuando llegan las fiestas, por primera vez no pasamos ninguna con mi abuela. Con mis hermanos decidimos ir a hablar con ella, pero cuando llegamos a la casa vemos la camioneta de mi tía estacionada y nos vamos. No tenemos ganas de cruzarnos. Somos de una ciudad chica: un conocido de mi papá le cuenta que el hijo de mi tío dijo que “estaba todo mal” con mi padre.

Termino yendo solo a hablar con mi abuela. Le pregunto qué está pasando; me dice que ella no tiene ningún problema. Siento que hablo con una pared. Me niega todo. No entiendo por qué está pasando lo que está pasando, por qué no pasamos las fiestas con ella, por qué no comemos más sus pastas o por qué no me manda más pastafrolas a Buenos Aires como antes. Me enojo, estoy triste, la situación me desespera. Hablo mal de mi tío, le digo que estoy enojado y que voy a defender siempre a mi papá. “¿Qué es esa pavada de que mi papá se quiere quedar con cosas de ustedes? ¿Vos creés eso, abuela?”. No responde.

Al día siguiente, mi abuela va por última vez a la casa de mis papás. Está molesta por lo que yo dije de mi tío. Mi papá intenta que el enojo no me salpique y dice que yo solo reproduje cosas que me dijo él. Mi abuela no acepta disculpas. Desde ese momento ya no hay cumpleaños doble. Al año siguiente, mi abuela hace un solo cumpleaños; mi papá no es invitado y mi mamá no va. Yo la llamo por teléfono; ella está claramente enojada conmigo y se nota. Yo también estoy enojado. Discutimos. ¿Vos querés que mis papás se separen?. No. ¿Vos querés que tu hija siga en pareja con alguien que planeó todo eso que dicen? No responde.

Hay un momento en las peleas familiares en el que parece que no hay vuelta atrás. La última vez que hablé con mi abuela de algo que estaba escribiendo había otros familiares en la mesa. Ellos me preguntaron: ¿Qué estás escribiendo?. No llegué a responder y mi abuela dijo: ¿De quién vas a hablar ahora? ¿A quién le toca? Ahí contó que, varias veces, gracias a que pasaban la película Ónix en un canal de cable, hubo gente que la vio y, al encontrársela, le decía: Vi la película sobre tu familia. Ella tenia que aclarar que no, que no era sobre la familia, que la hizo su nieto y nada más. Eso le molestaba.

Hace tres años que perdí el vínculo fluido que tenía con mi abuela; hace dos que ella no me saluda por mi cumpleaños y hace un año que no hablamos.

La última vez que estuve en la ciudad, fuimos a merendar con mi hermano, mi mamá y mi abuela, los cuatro fingiendo demencia. Pero es difícil, ella llega tarde, el café está por cerrar, la conversación no fluye. Nosotros no sabemos qué decir, ella tampoco; no nos pregunta nada de nuestras vidas y nosotros no sabemos qué contar. Dos días después, me manda un video de Facebook sobre el dolor de las palabras. Me dice que está enojada conmigo por lo que dije de mi tío, que quiere hablar. Dejo de hacer la valija y voy a su casa. Le pido perdón, pero también le digo que tiene que entender que están hiriendo, ya hace varios años, a las dos personas que más quiero: mi mamá y mi papá. ¿Por qué ellos pueden decir lo que quieran de mi papá y yo no puedo decir lo que quiera de mi tío?. No logramos ponernos de acuerdo. Yo digo lo que sé; ella niega lo que me dijeron mis padres. Hacen sentir a mi madre expulsada de la familia. Qué nos queda a los nietos.

Desde que sucede esto, siento que estamos más unidos que nunca con mis hermanos y mis padres. Tuvimos que reafirmar cierto amor y confianza; a mi mamá, de alguna forma, la hicieron elegir nuevamente a mi papá. ¿Qué lleva a mis tíos a actuar como están actuando? ¿Es de verdad eso o hay otras cosas bajo la alfombra? Mi abuela, que no soportaba una mancha en la mesada, ahora convive con un conflicto que ensucia a toda la familia.

Me da bronca y tristeza tener a mi abuela viva y que esté enojada conmigo. Cada uno de mis hermanos, a su tiempo, fue dejando de visitarla. No sabemos de qué hablar, no entendemos si se alegra o no por nuestros logros o si le interesa algo de nuestras vidas. Tal vez no; en otro caso nos llamaría, nos mandaría un mensaje, sabría separar… como nosotros lo intentamos hasta que nos quedamos sin agua en la pileta. Las relaciones se tienen que seguir construyendo de ambas partes toda la vida, incluso las familiares. Por toda esta pelea nos estamos perdiendo de disfrutar un montón de cosas, le digo la última vez que la veo. Me dice que tengo razón. Me promete intentar mejorar el vínculo con mi mamá, responder a sus llamadas, compartir con ella. Le agradezco, cambiamos de tema y, como antes, nos ponemos a hablar de comidas, recetas que vio en Instagram, las clases de italiano y un viaje que le gustaría hacer.

Pasó un año y nada mejoró. Hoy intento recordarla sin estos últimos años. Cada vez que como pastas pienso en mi abuela; cada vez que alguien habla de su abuela, me lamento por lo que pasa con la mía; cada vez que escucho música italiana, pienso en ella. Me dan ganas de mandarle un mensaje: Abuela, mirá esta película de Netflix. Lo pienso, pero no lo hago. Me quedo ahí detenido, sin saber qué hacer. Tal vez esta situación nos hizo conocer a la familia de verdad. Cuando escribo ficción me gustan los finales felices; en la película, el abrazo se salta una generación y la abuela se mantiene al margen: abraza a sus nietos. Ese es el plano final.

Redacción

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