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Nagori: por qué las estaciones también se comen, según Ryoko Sekiguchi

En Nagori. La nostalgia por la estación que termina (Periférica) la escritora y crítica gastronómica Ryoko Sekiguchi realiza una fenomenología impresionista del gusto al mismo tiempo que una denuncia del destino irremediable al cual la lógica estacional nos condena a sentir y comer de determinado modo.

Ryoko Sekiguchi es la autora de Nagori. La nostalgia por la estación que termina (Periférica).  Foto. gentileza.Ryoko Sekiguchi es la autora de Nagori. La nostalgia por la estación que termina (Periférica). Foto. gentileza.

La autora japonesa afirma que “la estación no es en absoluto ni un metrónomo ni un batallón; la idea de generar una línea recta, sin perturbaciones, le es totalmente ajena”. De esta manera, en la sucesión del verano, primavera, otoño e invierno hay algo de engañoso en relación a los productos que degustamos como sus hijos naturales dilectos; a tal punto sucede esto que Sekiguchi sostiene que “la relación entre producto y temporada es aleatoria y extremadamente simbólica. Es como si ciertos productos tuvieran el honor de recibir un tratamiento conforme a las leyes de una estacionalidad inquebrantable”.

Veinticuatro estaciones

El abordaje de lo estacional, sin embargo, requiere precisiones ya que de acuerdo al calendario japonés el año se divide en veinticuatro estaciones, una herencia recibida de China. De este modo, la rueda de la temporalidad de forma inevitable conduce al rastro, al resto, a lo que se resiste a abandonar nuestra memoria desde la dulzura del idilio.

La palabra japonesa de la cual se sirve Sekiguchi para nombrar la huella, la presencia de algo pasado, la intrusión de la ausencia latente, la insistencia de algo que ya no está pero también las secuelas de un acontecimiento, es nagori. Subsiguientemente, nagori es “lo que queda”, que paradójicamente también implica lo que nos abandona o bien que nosotros abandonamos.

Nagori es de cierta manera la saudade japonesa que parte de la idea de un destino que no se puede modificar. Nagori nos ayuda a enunciar la añoranza de la estación que se va, que pasa y que con ella también pasa algo de nosotros.

La temporalidad cíclica de las estaciones que nacen y mueren se da la mano con la expansión de los métodos de conservación de los alimentos más allá de su estación originaria; esta articulación para Sekiguchi constituye una forma de perseguir la inmortalidad; por ello afirma que “las técnicas de momificación son bastante similares a los procesos de preparación de los tomates secos”.

Una muestra de esta pluralidad de tiempos será la cocina contemporánea que, según la autora, permite la convivencia entre todo tipo de temporalidades enraizadas en alimentos de las más diversas procedencias.

Así como hay una poética de la estacionalidad, para Sekiguchi también existe una política de lo estacional que, según su perspectiva, se verifica en la forma del haiku. La imposición del deber de cada estación es una manera autoritaria de aceptar el dominio cíclico que gobierna el mundo y el haiku, en su brevedad, parte de esta determinación conservadora a la cual todo ser vivo debe someterse.

Anunciadas por elementos

De acuerdo a la óptica de Sekiguchi las estaciones no existen de modo absoluto, de un modo independiente, estas son anunciadas por elementos que las dejan intuir como las flores, la fruta y la verdura. A pesar de ello, la autora sostiene que no necesitamos de la especificidad de las estaciones para detectar las sensibilidades que portan alegría o melancolía, vale decir, la afectividad no está enlazada con la estacionalidad de modo irreductible.

Mujeres jóvenes que usan kimono tradicional japonés en el templo Daigo-ji con coloridos árboles de arce en otoño. Foto ShutterstockMujeres jóvenes que usan kimono tradicional japonés en el templo Daigo-ji con coloridos árboles de arce en otoño. Foto Shutterstock

“Las estaciones son emociones”, dice Sekiguchi, esta es la razón del simbolismo que llevan; los alimentos encarnan está dinámica afectiva en el plano del gusto permitiéndonos definir la reflexión gastronómica de la autora japonesa como una curiosa versión zen de Fisiología del gusto de Brillat-Savarin.

El nagori también se observa en el deseo de permanecer en determinada estación, por ejemplo, los franceses han cultivado una relación fascinada con el verano que al mismo tiempo enuncia una poética peculiar y una regla existencial propia del joie de vivre. Por su parte, los habitantes de Kioto, señala Sekiguchi, han desarrollado un vínculo único con el otoño al cual califica como “la estación del nagori por excelencia”. La ceremonia del té, por caso, manifiesta toda la dimensión otoñal de este acontecimiento.

En este hermoso libro Ryoko Sekiguchi parecería mostrarnos que el retrogusto, el recuerdo de las texturas, olores y sabores se resiste a disiparse en la inmensidad de la nada, la palabra nagori nos permite asignarle una entidad a esta experiencia de placer y nostalgia que trasunta belleza.

Nagori. La nostalgia por la estación que termina, de Ryoko Sekiguchi (Periférica).

Redacción

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