Como diría Rajoy, la obra teatral La muerte de un viajante es muy americana y mucho americana. ¿La conocen? La historia de un padre de familia dedicado a vender cosas –da igual qué, se trata de vender– que recorre cada rincón de un vasto país a lomos de un fiel automóvil y que al regresar a casa encuentra una aceptable familia de clase media y un hijo con el que jugar en el jardín a lanzarse una pelota de fútbol americano. ¿Qué más se puede pedir? Claro, que el hijo está en conflicto con el padre. Claro, que el padre tiene un hermano triunfador que acentúa su mediocridad. Claro, que el padre se ha echado una amante. Y claro, que el padre emite discursos motivacionales sobre el éxito, la popularidad, la fuerza y el dinero que no son más que combustible adulterado para que sus dos hijos prosperen en un mundo tan insípido como despiadado, en el que cada cual se afana en identificar unas reglas no escritas, las reglas del mercado. Un mundo que obliga a mirarse todos los días en el espejo con una sonrisa y preguntarse: ¿puedo ayudarle a elegir una aspiradora? Un mundo que le inspira al padre unas cuñadeces que degeneran suavemente en delirio, hasta desembocar en una auténtica tragedia griega. Todo ello mientras el público contempla la obra no como relamidos críticos leninistas encantados del hundimiento de la familia capitalista promedio, sino como parientes que empatizan con el drama, con el drama de ganarse una vida convertida en teatro. ¿Acaso las nuestras no son también eso mismo, una tramoya a punto de derrumbarse? La muerte de un viajante es en definitiva una historia universal y muy americana. Una catarsis capitalista. Tan americana como su autor, Arthur Miller, que estuvo casado con Marilyn Monroe y que de haber vivido hoy quizá hasta habría aparecido en los papeles de Epstein. Tan americana como el gigante de la inversión BlackRock, el mayor viajante de comercio del mundo, el arcano del capital, el gran descifrador de las reglas invisibles del mercado, de este mercado siempre a punto de venirse abajo.
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