«El infame muro que hendió esta nación se derrocó junto con el vil imperio que lo erigió, convirtiendo este y oeste en uno. Pero la euforia de este triunfo nos convenció de un peligroso delirio: que habíamos entrado, y cito, ‘el fin de la historia’, que todas las naciones serían democracias liberales, que los lazos atados con el comercio bastarían por sí y sustituirían a la nación, que el orden global -un término del que se abusa- basado en las normas tomaría el lugar de los intereses nacionales y que viviríamos en un mundo sin fronteras donde todos seríamos ciudadanos del mundo. Una idea necia que ignoraba no sólo la naturaleza humana, sino las lecciones aprendidas a lo largo de los más de cinco milenios de historia humana. Y pagamos por ese error».
Marco Rubio subió al escenario del Bayerischer Hof durante la Conferencia de Seguridad de Múnich con un objetivo que, en la atmósfera actual de la alianza atlántica, ya es una misión en sí misma: convencer a Europa de que Washington no está rompiendo con el continente, aun cuando la Casa Blanca insiste en reescribir los términos del vínculo.
A diferencia del vicepresidente JD Vance -cuyo discurso en la misma conferencia, un año atrás, dejó a buena parte del auditorio entre el estupor y el silencio- Rubio eligió el registro de la pertenencia y la genealogía. “En tiempos de titulares que vaticinan el final de la era transatlántica… que se diga alto y claro que este no es ni nuestro objetivo ni nuestro deseo”, dijo. Y remató con la frase que Europa esperaba escuchar: “Siempre seremos hijos de Europa”.
En el contenido, Rubio presentó una versión más pulida, y, por momentos, más ambiciosa, del planteo que Vance había formulado con una retórica de choque: Estados Unidos quiere una Europa distinta, no sólo en presupuestos militares, sino en prioridades políticas y culturales.
Una alianza “histórica”, un diagnóstico de “delirio” y un giro a la derecha del relato

La conferencia nació en 1963, recordó Rubio, cuando el continente estaba dividido, el Muro de Berlín recién levantado y el mundo todavía con el eco de la crisis de los misiles. De allí pasó a un relato central para su argumento: tras la victoria occidental en la Guerra Fría, dijo, Occidente cayó en una “peligrosa ilusión” -el “fin de la historia”- y se convenció de que el comercio y las instituciones globales reemplazarían a la nación, las fronteras y los intereses nacionales.
En su versión, ese “delirio” tuvo consecuencias concretas: desindustrialización, vulnerabilidad en cadenas de suministro, dependencia energética y -un tema que atraviesa el discurso MAGA- una política migratoria que, según él, pone en riesgo la cohesión social. “Abrimos nuestras puertas a una ola nunca antes vista de inmigración masiva que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestra gente”, afirmó.
Y en el capítulo climático fue deliberadamente provocador: “Para apaciguar a una secta climática, nos hemos autoimpuesto políticas energéticas que empobrecen a nuestros pueblos”, dijo, acusando a Occidente de castigarse mientras competidores siguen explotando carbón, petróleo y gas.
La fórmula de Rubio (historia compartida + diagnóstico de decadencia + llamado a “renovar” Occidente) se completó con una definición de identidad que los europeos escucharon con mezcla de reconocimiento y recelo. “Somos parte de una civilización, la occidental (…) unidos por siglos de historia, fe cristiana, cultura, legado, idiomas y linaje compartidos”, sostuvo.
Ese énfasis en herencia, fe y “civilización” marca un corrimiento notable respecto del vocabulario clásico del atlantismo, que solía apoyarse en “valores democráticos”, Estado de derecho y una arquitectura institucional (OTAN, UE, Naciones Unidas) como columna vertebral del orden posterior a 1945. Rubio no renunció del todo a la cooperación institucional, pero la subordinó a la idea de reforma y a una lógica de poder duro: “No tenemos por qué abandonar las instituciones globales; pero tenemos que reformarlas”, dijo, y al hablar de crisis como Gaza, Ucrania e Irán destacó el rol de la acción estadounidense por encima de la diplomacia multilateral.
El corazón del mensaje: “Seriedad y reciprocidad”
Rubio envolvió sus exigencias en un lenguaje afectuoso, pero no suavizó el fondo. “Por eso nuestro presidente exige seriedad y reciprocidad de sus amigos europeos”, advirtió, justificando el estilo áspero de Donald Trump como “directo y urgente”.
La palabra “reciprocidad” opera como síntesis del momento: más gasto en defensa, mayor autonomía europea en capacidades, control migratorio más estricto y una agenda económica menos naíf frente a rivales. Rubio ofreció un futuro compartido -IA, automatización, cadenas de suministro “occidentales” para minerales críticos, competencia por mercados del sur global- pero lo ató a un cambio de rumbo.
En un pasaje que buscó reemplazar la política exterior como administración del statu quo por una épica de reconstrucción, Rubio dijo que Washington no quiere ser “el amable cuidador del declive de Occidente”. “No buscamos separar, sino revitalizar una vieja amistad y renovar la mejor civilización en la historia de la humanidad”, sostuvo.

Ese marco, un Occidente que debe “defender” su modo de vida, controlar fronteras y dejar atrás políticas climáticas, fue leído por varios analistas europeos como una invitación a alinearse con la batalla cultural del trumpismo. Y allí es donde el contraste con Vance se vuelve útil: Vance, en 2025, eligió el método del escándalo; Rubio eligió el método del abrazo. Pero ambos apuntan al mismo blanco.
El año pasado, Vance acusó a Europa de traicionar sus propios principios democráticos y advirtió que “lo que más me preocupa es la amenaza desde dentro”, concentrándose en libertad de expresión, restricciones a partidos de ultraderecha y políticas migratorias.
Rubio evitó el ataque frontal a las democracias europeas y no repitió la idea de que Europa sufre una decadencia moral por “censura” liberal. Pero mantuvo el esqueleto: migración como crisis civilizatoria, clima como “culto” que empobrece, y un Occidente que debe abandonar ilusiones globalistas y volver al interés nacional.
Lo que Europa escuchó… y lo que respondió
El canciller alemán Friedrich Merz pidió “reparar y reavivar” la confianza transatlántica y subrayó que ni siquiera Estados Unidos puede “ir solo” en un mundo donde el orden anterior ya no existe. Pero dejó clara una línea: Europa no cederá en sus valores, incluyendo su enfoque sobre libertad de expresión, clima y libre comercio.
Tras Rubio, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, calificó el discurso como “muy tranquilizador”, aunque advirtió que dentro de la administración estadounidense “algunos” usan un tono más duro. Su propia intervención reforzó la idea de que Europa debe volverse más independiente en defensa y en regulación tecnológica y defendió lo que Bruselas llama “soberanía digital”, incluido el combate al discurso de odio en plataformas.
El primer ministro británico Keir Starmer, por su parte, celebró el alivio sin invitar a la siesta: “No deberíamos meternos en el baño tibio de la complacencia”, dijo, y empujó la idea de reforzar vínculos europeos para “pararnos sobre nuestros propios pies” en defensa, pasando de la “sobredpendencia” a la “interdependencia”.

En los márgenes, funcionarios del Báltico y del norte europeo resumieron el sentimiento dominante: el discurso fue “necesario”, sí; pero no habilita a “descansar sobre almohadas”. Y la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, dejó una frase que funciona como termómetro del momento: aunque la disputa por Groenlandia se haya enfriado, “no, lamentablemente no” ha pasado la crisis; el deseo de Trump “es exactamente el mismo” y “habla muy en serio” del tema, dijo.
Una redefinición de la alianza
En la versión más tradicional del debate atlántico, la fricción se mide en porcentajes de PBI para defensa, en brigadas, municiones y capacidad industrial. Rubio dijo explícitamente que eso no alcanza: “La seguridad nacional… no se reduce a una serie de materias técnicas… La pregunta es qué estamos defendiendo, exactamente”. Y allí movió el eje hacia cultura, nación y civilización: un ejército “no lucha por una abstracción”, lucha “por un pueblo… por un modo de vida”.
Para muchos europeos, esa es la parte más delicada del discurso. Aceptar más gasto militar puede ser políticamente arduo, pero negociable. Aceptar un marco ideológico, una “alianza” definida por herencia cristiana, control migratorio y rechazo a políticas climáticas, amenaza con partir el consenso interno europeo y con chocar contra la identidad cívica que la UE intentó consolidar desde el fin de la Guerra Fría.
Por eso, incluso cuando Rubio dijo “queremos que Europa sea fuerte” y aseguró que Estados Unidos preferiría reconstruir “con ustedes” antes que “por nuestra cuenta”, la letra chica se sintió como un contrato: cooperación sí, pero “en nuestros términos”.
Rubio lo sintetizó así: «No queremos aliados débiles, porque eso nos debilita a todos».

