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En América Latina y el Caribe, el cambio climático dejó de ser una advertencia lejana. Hoy ya moldea la vida en las ciudades, influye en las decisiones políticas y condiciona el desarrollo de millones de personas. En 2026, elecciones clave, negociaciones internacionales y decisiones locales marcarán el rumbo de la acción climática en una región cada vez más expuesta a eventos extremos. Estos cinco temas ayudan a entender qué está en juego.
El legado de la COP de Brasil seguirá influyendo en la agenda climática
La presidencia de Brasil de la COP en 2025 colocó a América Latina en el centro del debate climático internacional y contribuyó a impulsar la acción climática tanto en el país como en la región. Ese impulso no se diluirá en 2026, aunque la conferencia se traslade a Türkiye.
Las lecciones aprendidas durante la presidencia brasileña, junto con el trabajo de la llamada troika de la COP (que reúne a la presidencia anterior, la actual y la entrante), servirán para dar continuidad a procesos de largo plazo y preparar la siguiente conferencia. Además, las presidencias de la COP suelen dejar huella a través de nuevas formas de diálogo: así como Fiji posicionó los diálogos Talanoa a nivel global, Brasil podría haber logrado que el mutirão se consolide como una práctica colectiva dentro de la comunidad climática internacional.
América Latina gana protagonismo en el liderazgo internacional de la transición justa
En la COP30, 24 países, entre ellos Chile, Colombia, México, Costa Rica, Jamaica y Panamá, presentaron la Declaración de Belém, un compromiso voluntario para avanzar hacia la salida progresiva de los combustibles fósiles. Otros 59 países manifestaron su interés en sumarse a esta coalición, con la intención de generar avances más allá de los ritmos lentos de las negociaciones formales y de acuerdos debilitados por intereses fósiles.
En abril de 2026, los gobiernos de Colombia y los Países Bajos coorganizarán en Colombia la Primera Conferencia Internacional sobre la Transición Justa fuera de los Combustibles Fósiles. El encuentro abre una oportunidad para que el país y la región influyan en este proceso y fortalezcan alianzas con otros países, incluidos los europeos aún entre los grandes emisores, y regiones altamente vulnerables al cambio climático, como los pequeños Estados insulares del Pacífico.

Las ciudades ganan peso en la agenda climática
En noviembre de 2025, autoridades locales y líderes urbanos se reunieron en Río de Janeiro en el Foro de Gobiernos Locales de la COP30 para intercambiar soluciones impulsadas desde las ciudades y fortalecer alianzas en torno a una agenda climática subnacional compartida. Los resultados de ese encuentro llegaron a Belém y alimentarán los debates del Foro Urbano Mundial de 2026, que se celebrará en mayo en Bakú, Azerbaiyán.
La participación latinoamericana fue especialmente destacada, no solo por la ubicación geográfica, sino también por el alto nivel de urbanización de la región, la diversidad de experiencias innovadoras desarrolladas en sus ciudades y el potencial de aprendizaje para otros contextos urbanos. El fortalecimiento de redes de ciudades permite sostener el intercambio, aprender de manera conjunta y vincular la acción climática con mejores condiciones de vida urbanas. De cara a 2026, el hecho de que la presidencia de la COP31 recaiga en el ministro de Medio Ambiente, Urbanización y Cambio Climático de Türkiye abre espacio para que la agenda urbana siga teniendo peso en las negociaciones climáticas.

Los impactos de los desastres siguen intensificándose
Los efectos de los fenómenos meteorológicos extremos continúan aumentando, en parte porque el cambio climático agrava su frecuencia y severidad. En los últimos años, América Latina y, especialmente, el Caribe se han situado entre las regiones más afectadas. De acuerdo con el Índice de Riesgo Climático 2026, Dominica y Honduras figuran entre los tres países más impactados por eventos extremos en las últimas tres décadas, mientras que Haití y Nicaragua se encuentran entre los más golpeados por eventos recurrentes.
El huracán Melissa, que afectó a Jamaica a finales de 2025, mostró que incluso países con amplia experiencia en la gestión de emergencias están llegando al límite de sus capacidades. A esto podría sumarse una nueva fase de El Niño en 2026, que suele intensificar sequías e inundaciones y aumentar la presión sobre sistemas de respuesta y adaptación ya exigidos al máximo en la región.
Las decisiones políticas de 2026 marcarán el rumbo de la acción climática
Las elecciones presidenciales en Colombia, en mayo, y en Brasil, en octubre de 2026, tendrán efectos que irán más allá de las fronteras nacionales. De sus resultados dependerán prioridades clave en temas como la salida de los combustibles fósiles, la adaptación al cambio climático y la gestión del riesgo de desastres en la región.
Al mismo tiempo, un contexto político internacional cada vez más fragmentado, en el que la acción climática ha perdido peso en algunas grandes economías, pondrá a prueba la capacidad de América Latina y el Caribe para sostener el impulso logrado en los últimos años. Aun así, este escenario también ofrece una oportunidad: mostrar que, actuando de manera coordinada, la región puede seguir siendo un espacio de innovación y soluciones climáticas, impulsadas por el liderazgo de juventudes, pueblos indígenas y comunidades locales que empujan por una acción más ambiciosa.

