Si algo se le puede agradecer a la diputada del PRO que organizó un repudiado acto antivacunas en el Congreso es que el grotesco show del “hombre imán” debería hacer reflexionar a gente que no es antivacunas pero que, a partir de ciertos discursos que ganaron protagonismo en el último tiempo, empezó a dudar sobre si estos fármacos son seguros.
La consagración del absurdo fue oportuna para que aquellos indecisos que hoy tienden a coquetear con el “lado salvaje” de la vida, donde virus y bacterias potencialmente letales tienen vía libre para atacar y contagiar, se autoconvoquen a la reflexión para decidir si prefieren nadar en el andarivel de las verdades de la ciencia o en el de las mentiras de un guión.
Si el arma antivacunas se limitara sólo a la demostración de un «hombre imán», su poder sería casi inofensivo. Pero la mayoría de las veces el relato es más sutil y verosímil. Por ejemplo, cuando los efectos adversos dentro de rangos tolerables se presentan como intolerables. O cuando un pediatra no es taxativo en su indicación y da lugar a que algunos padres prioricen sus fantasmas.
Hizo falta llegar a la caricatura en el Congreso para que la reacción política tuviera lugar desde el Ministerio de Salud de la Nación y de las provincias, mediante un documento titulado «Las vacunas son seguras y salvan vidas». Pero en el camino viene habiendo hechos y gestos menos evidentes, generalmente subestimados, aptos para esmerilar con sigilo el broquel sanitario que por décadas logró erradicar enfermedades y frenar pandemias.
Ahí aparece la paradójica empatía oficial con Robert Kennedy Jr., funcionario de Donald Trump que fogonea el vínculo entre la vacunación y el autismo. O el eventual faltante transitorio de vacunas del Covid por motivos solapados como “demora administrativa”. O la estrategia comunicacional de inferir una supuesta mejora de la cobertura vacunal en el país cuando un cambio metodológico en la medición, al menos por ahora, empuja el saldo a la incertidumbre.
Jose Daniel Fabián, el «hombre imán» que se prestó al show en el Congreso. Foto: ReutersA ese escenario se sube ahora una insólita pelea entre la Nación y la provincia de Buenos Aires por el documento que el Ministerio de Salud emitió en defensa de las vacunas como respuesta al acto en el Congreso. Lo firmaron todos los ministros de Salud del país menos el bonaerense y el formoseño. Fuentes de la cartera que conduce Mario Lugones destacaron explícitamente esas ausencias al momento de difundir la noticia.
Comenzó así la segunda función del “show de las vacunas”. Y una política de Estado como el calendario nacional, con el que evidentemente todos los gobernantes argentinos están de acuerdo, quedó subvertida por esa rencilla que tapó el bosque sin reparar en que el discurso marginal de una diputada o de un sujeto que se autopercibe magnético por haberse vacunado seduce más cuanto menos unívoco es el mensaje desde las instituciones.
¿Lugones y Kreplak no podrían haber hablado dos minutos por teléfono para que el ruido político no interfiriera esta vez al tratarse de un tema tan delicado? La tóxica omisión de ese contacto hizo que el resultado fuera un paso para adelante y otro para atrás. Mecánica que, como la matemática atestigua, hace que las cosas que supuestamente se busca cambiar –porque obviamente no están bien– permanezcan en el mismo lugar.
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