Gestora cultural e ineludible personalidad del arte, este jueves murió Teresa Anchorena (78), de profusa trayectoria en el ámbito público y privado. En los últimos tiempos ocupaba un lugar en la mesa directiva del Fondo Nacional de las Artes, donde la encontró una recaída de un cáncer de ovarios.
Apellido patricio y una década viviendo en París: ése era el curriculum con el que Teresa Anchorena volvió al país para impulsar la cultura desde el ámbito gubernamental, en 1983, plena recuperación de la democracia. Le propusieron ser secretaria de Cultura de la Nación del entrante gobierno de Raúl Alfonsín y ella aceptó. «Acá está todo por hacer», fue la frase con la que comenzó su carrera.
Muchos años después se excusaría: «No tuve el peso del apellido, pero entre la alcurnia y los sectores tradicionales el pasado pesa. Hay un estilo, un nosotros».
Seguía dedicada a la gestión cultural en su casa de Villa Crespo, recuperándose de un cáncer de ovarios. Este jueves finalmente murió por una recaída de su cuadro, que anteriormente había superado. Trabajaba en un taller de restauración de muebles y llevaba adelante una galería de arte.

«Los Anchorena no somos de mirar atrás», aseguró años antes, en una entrevista, pero el camino fue notable: luego del gobierno alfonsinista, dirigió el Centro Cultural Recoleta (CCR) y la Comisión Nacional de Monumentos Históricos. En esa área estuvo a cargo de una tarea en un símbolo cultural nacional: puso en valor al Teatro Colón. El último gran trabajo de Anchorena fue la dirección del Fondo Nacional de las Artes.
En 1973 se fue a vivir a París junto con Rolando Paiva, su segundo marido, a quien había conocido mientras desfilaba en un evento que había organizado una amiga suya dueña de una boutique. Paiva, fotógrafo de profesión, le pidió posar para unas fotos. Ella se enamoró de Paiva y, mientras tanto, un año después se separó de su primer marido, otro integrante de una familia patricia bonaerense, Jorge Santamarina. Tenía 23 cuando empezó a salir con Paiva, con quien se fue a vivir a la capital francesa. Definía esa etapa como un exilio.
«Él trabajaba de fotógrafo y yo vendía quillangos (mantas de piel) en peleterías, y puerta a puerta. Esa fue una de mis mejores escuelas. Aprendí a vender, que no es fácil. La clave es no sentirse rechazado y seguir adelante. Para la función pública me vino muy bien esa experiencia», rememoraría en diálogo con La Nación, muchos años más tarde.
Una década vivió en Francia, hasta 1983, cuando le llegó la propuesta del gabinete alfonsinista.
«Lo que primero pensé cuando llegué fue: acá está todo por hacer. Esta es una ciudad y ésta es una función muy estimulantes para tratar de mejorar un poco las cosas. Cuando me propusieron actuar en la Secretaría de Cultura de la Nación, en la época de Alfonsín, yo enseguida dije que sí. Me gustó. Me parece que desde la función pública se pueden hacer muchas cosas. El poder muchas veces es poder hacer. A mí me da satisfacción hacer cosas. Me gusta la actuación privada también, pero en lo público se pueden hacer muchas cosas», declaró sobre su rol durante el primer gobierno posdictatorial.

Años más tarde, ejercería un rol similar aunque en la Ciudad y buscaría llevar adelante proyectos innovadores para la época. En el 2000, cuando era subsecretaria de Cultura de la Ciudad, decía: «Tenemos un proyecto que se llama Cultura y Trabajo, donde vamos a armar en los centros un entrenamiento en los oficios. Por ejemplo, un electricista del Colón hará cursos en los barrios. Hay oferta y es importante compartirlo con más gente. Van a haber escenógrafos y carpinteros de la cultura, por ejemplo, haciendo cursos».
Así se la conocía en el ámbito de la cultura: una revulsiva, una mujer que proponía movimiento y renovación. En la Ciudad fue además directora del CCR y a Nación volvió para ocupar un lugar en la Comisión de Monumentos Históricos, primero como directora y luego, cuando su salud se deterioró, como integrante del directorio. Antes de eso, en ese 2000 convulsionado en el que la sociedad miraba la jugada diaria, Anchorena monitoreaba otros cambios que habrían de producirse en el pais.
«La Casa Rosada tenía un proyecto de restauración de esa fachada, y de hecho va a continuar. Una empresa española ha hecho una muy buena labor. No me gusta el color, pero eso es responsabilidad de los que aceptaron ese tono. La restauración y tratamiento de fachada están bien: subí por los andamios con dos expertos que lo hallaron muy bien hecho. Pero es evidente que hay que terminarlo», declaró a Página/12.
Casi 20 años más tarde volvió a tomar posición sobre otra reforma en la Casa de Gobierno. En esa oportunidad se opusó a la remoción de la escalera Balcarce 50, de mármol de Carrara y de construcción original en 1890.
«En el caso de estos edificios con un uso tan intensivo, la Comisión siempre se enfrenta a decisiones difíciles y comprometidas. Nosotros dijimos no, porque la escalera tenía un valor. Tenemos que pensar que en la Casa Rosada hasta las canillas están protegidas», dijo entonces Anchorena, desde la Comisión Nacional de Monumentos Históricos. Finalmente, la escalera fue desmontada a inicios de 2019 y reemplazada por una escalera presurizada.
En 2008, ya en la Comisión, había alzado la voz contra una renovación que Mauricio Macri, jefe de Gobierno porteño, llevaba a cabo en el Teatro Colón, por la elección de unos textiles para reinstalar en la Sala Principal del teatro, al considerarlos caros. Anchorena dijo que no se podrían gastar más de cuatro millones de dólares en nuevos telones para renovar los telones, y que debían restaurárselos por el costo de un millón.
Discusiones de alto vuelo: salió a respaldarla nada más y nada menos que el tenor y barítono español Plácido Domingo. «El telón es parte integral y esencial del ambiente y la historia de uno de los grandes teatros líricos del mundo y como tal, debe ser preservado si existe la posibilidad», bregó Domingo. En cuestión de años le tocó a Anchorena ser quien dirigiría la renovación del icónico teatro porteño.
También con los años, tomó la función en el Fondo Nacional de las Artes (FNA), un organismo gubernamental más que importante para el arte nacional, que además de difundir financia diversos proyectos de artistas emergentes. Era una orgullosa defensora del FNA, sobre todo durante el gobierno de Javier Milei.
«Espero que entre tanta incertidumbre y desafíos salgamos a flote. Tenemos un país con una diversidad y naturaleza extraordinarias. E instituciones que nos diferencian. El patrimonio que tenemos es muy valioso, corresponde al sueño del destino de un país y aún no lo llegamos a alcanzar. Es clave conservarlo, conocerlo, cuidarlo y quererlo, ya que es el reflejo de lo que somos», aseguró Anchorena en febrero de 2024.
Había sido condecorada en diciembre pasado como Personalidad Destacada de la Cultura, en la Legislatura porteña. Allí, según precisó este jueves a Clarín Pablo Garzonio, subsecretario de Relaciones y Cooperación internacional de ese órgano legislativo, será velada Anchorena este viernes desde el mediodía, en el Salón Presidente Perón.
DS