Yo he conocido una Rambla con prostitutas, chaperos y macarras. Carteristas los ha habido siempre. El paseo ha sido escenario de las evoluciones de todo tipo de friquis que escondían bajo sus disfraces historias personales tan sórdidas como las de los indigentes que dormían en los portales o los heroinómanos que se maltrataban a muy pocos metros de la avenida. En la Rambla, durante décadas, se exponían y vendían de manera vergonzante todo tipo de animales enjaulados y, con mayor o menor fortuna, trataban de ganarse la vida trileros y timadores de diversos pelaje. Sirvan estos recuerdos para refrescar la memoria de aquellos nostálgicos de sus años jóvenes que lamentan que la Rambla hace tiempo que dejó de ser lo que era.

La Rambla ha sido siempre un escaparate de lo mejor y lo peor de Barcelona, un torrente de vida por el que circulan a trompicones los éxitos y los fracasos de una ciudad con un poder de atracción, superior al de muchas capitales de Estado, que la hace única en el mundo. Dentro de menos de un año la nueva Rambla será una realidad. Habrá terminado entonces, por fin, una transformación física que con seguridad no acabará de convencer a todos (más de uno echaremos de menos aquel pavimento ondulado que aportaba personalidad propia al paseo). Y empezará la reforma de verdad, la que ha de dar sentido a la reurbanización, la reforma más difícil de llevar a la práctica, la de los usos, entre ellos los comerciales.
El paseo ha sido siempre un escaparate de lo mejor y de lo peor que acontece en Barcelona
Conseguir que la oferta comercial de la Rambla deje de estar volcada casi en exclusiva hacia el turismo no será nada fácil. Rescatar licencias es prácticamente imposible, nadie va a renunciar al gran negocio de la Rambla. Pero sí está en la mano de la administración velar por el cumplimiento de unos mínimos de calidad que actualmente no se alcanzan en todos los establecimientos ubicados a lado y lado del paseo.
El Consejo Asesor de la Rambla ha entregado esta semana al alcalde Collboni un extenso documento que apunta una serie de medidas concretas para transformar el actual modelo y que bien haría el gobierno municipal en tener muy en cuenta, desde la implantación de un sistema ágil y efectivo de puntuación para la concesión de nuevas licencias que contemple el arraigo en la ciudad, el producto local y artesanal y la calidad hasta una intensificación de las inspecciones, pasando por la negociación con los locales con contratos o licencias a punto de caducar para facilitar su reconversión o impulsar la remodelación de tiendas con un criterio distintivo común y con mejoras en el entorno inmediato en lo que se refiere a la iluminación, el mobiliario urbano, la limpieza o la seguridad.
Conseguir que la Rambla se convierta en un auténtico eje cultural y también comercial es la mejor receta para hacer realidad lo que desde hace décadas vienen prometiendo todos los alcaldes: que los barceloneses vuelvan a sentirla como algo propio.

Periodista catalano-brasileño. Redactor jefe de la sección Vivir. Más de media vida en La Vanguardia



